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El Acordeón

Cincuenta años después


Es un texto breve, escrito al margen de todo pesimismo, vacuidad y miedo, escrito en una terca espera de la dicha y la ventura sentidas como algo más fuerte e intenso que el dolor y el horror.

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Quisiera presentar algunas ideas, que no es que sean novedosas ni, mucho menos, originales, aunque sí que pueden tener algo de sorprendentes; lo más probable es que, en mi caso, al menos sean inevitables, dado que la Universidad de San Carlos casi ha llegado a ser mi segunda casa: allí estudié de joven y allí trabajo de viejo.

La verdad es que una universidad tan vieja, con tanta historia y con tanta gente da para mucho, seguro que mucho de lo bueno, de lo malo y, también, de lo que puede ser entendido, o bien como bueno, o bien como malo; y de eso mismo se trata, justamente.

No quiero que esta declaración vaya adquiriendo un tono confesional, porque eso rara vez es conveniente, sobre todo si no se es San Agustín o Jean-Jacques Rousseau; pese a lo cual debo decir que experimento o, más bien, siento una distancia entre el estado de cosas del antes al ahora; lo cual, aparte de ser obvio, también es asombroso.

Es, a lo que esta diferencia marca, a lo que llamamos un contraste o, incluso una paradoja visible entre lo que éramos y lo que somos o, más bien dicho, entre lo que éramos nosotros (los ahora viejos) cuando fuimos jóvenes, y lo que son los jóvenes de hoy, nuestros alumnos de ahora.

Cosas que, como pueden ser buenas, pueden ser malas, y diferencias que pueden crear contrastes o paradojas, eso es de lo que interesa hablar, se decía.

A instancias de mi colega entrañable Jorge Arriaga, recientemente, se develó un monumento en la plaza más importante de la ciudad universitaria de la Universidad de San Carlos de Guatemala, dedicada a los mártires caídos en el conflicto que vivió Guatemala durante la segunda mitad del siglo pasado; desde luego, para que esto sucediese el actual Rector y Consejo Superior debieron dar su aprobación y beneplácito.

Este es un acto, es decir algo proveniente de la voluntad de algunas personas y de una institución, pero sin restar importancia a esta voluntad, por lo demás, autónoma y legítima; este es un acto que da en qué pensar, por ejemplo, en algo tan simple y tan veraz como lo siguiente: ser estudiante en la década de los setenta del siglo XX, es diferente a ser estudiante cincuenta años después.

No es que hace cincuenta años todos hayan sido de izquierda, revolucionarios o hippies, pero ciertamente que había un ambiente, una suerte de clima, que mezclaba y aderezaba ciertas cosas como el mayo parisino, el Woodstock neoyorquino, el romanticismo revolucionario, el rock ’n’ roll, las minifaldas, Vietnam war; por decirlo de una forma sencilla: entonces, era fácil pensar y sentir que el mito moderno de la revolución era posible.

¿Significa esto ser ingenuo…? ¿Es la ingenuidad algo bueno o algo malo…? O ¿acaso tiene un poco de bueno y un poco de malo…?

Cinco décadas después el escenario es otro, no es que sea totalmente diferente, pero sí que hay sus diferencias, por ejemplo: es muy común encontrar entre los jóvenes de hoy a verdaderos fanáticos de algo que podría llamarse arqueología musical, al escuchar con fervor a Pink Floyd, King Crimson, Yes o Jimmy Hendrix, por no decir Janis Joplin, quizá porque debe ser desolador, ser joven y tener que oír banda max, reguetón o Justin Bieber; pero más allá de la música, que parece (sólo parece) cosa de broma, los jóvenes de hoy aparentan estar muy lejos de la ilusión por buscar colectivamente un mundo mejor, más justo y más equilibrado, no se diga de algo, como sentir que la revolución es una posibilidad; seguramente, que las cosas sean así (para bien o para mal) es del todo responsabilidad de nosotros, los mayores, y del mundo que les estamos heredando.

Total, que los jóvenes de hoy, en su mayoría, son muy, muy, muy individualistas, como quien dice: salvándome yo, qué me importa que el mundo gire o no.

¿Significa esto, que ya no son ingenuos…? ¿lo cual, los hace más listos…? O ¿acaso esto los convierte en todo lo contrario…?

Responder a estas preguntas y a las anteriores es entrar de lleno en el contraste y la paradoja, en la ambigüedad y la polémica, y no es que esto sea malo ni algo que haya que rehuir, pero a esta nota sólo le interesa mostrar y no demostrar.

Lo que sí es cierto es que las crisis muy agudas siempre convirtieron al hombre en individualista y decadente, eso les pasó a los griegos después de la guerra del Peloponeso, con el helenismo; y a la Europa barroca después de la Guerra de los treinta años, con la ética de las obras sobre la ética de la gracia, por citar sólo dos casos, porque hay muchos más.

…Un texto hermoso, que le debemos al poeta italiano Giacomo Leopardi reproduce un diálogo entre un transeúnte y un vendedor de calendarios, quien, haciendo gala de un sobrecogedor orgullo, espera, cada año, un año mejor que los anteriores; cada navidad renueva su espera de la felicidad…

…Es un texto breve, escrito al margen de todo pesimismo, vacuidad y miedo, escrito en una terca espera de la dicha y la ventura sentidas como algo más fuerte e intenso que el dolor y el horror…

…El evento del pasado treinta de octubre en la Universidad de San Carlos, me hizo recordar el diálogo de Leopardi…, porque la historia no termina.

 

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