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El Acordeón

Quino a fondo


Murió el más entrañable de los humoristas gráficos de América Latina, un artista que desde una discreción ejemplar acompañó las revueltas y las batallas de varias generaciones. Joaquín Salvador Lavado (Argentina, 1932-2020), universalmente conocido como Quino. Saltó a la fama por sus tiras cómicas y por su personaje más difundido a nivel global: Mafalda. Para celebrar su memoria, en esta edición recuperamos fragmentos de una memorable y exhaustiva entrevista que Joaquín Soler Serrano le realizó en 1976 para la célebre emisión A Fondo de Televisión Española.

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Parece ser que Quino de niño tenía en ocasiones muy diversas inclinaciones pero no estaba muy seguro de lo que iba a hacer en el futuro. Algunas personas cuentan que la vocación estuvo determinada por un hecho accidental: parece ser que cuando los padres de Quino se iban al cine dejaban a sus hijos al cuidado de su tío Joaquín Tejón, que era publicitario, entretenía a los niños constantemente dibujando historietas, monigotes, y eso lo sedujo.

– Sí, una cosa que no olvido. Tenía unos cuatro años. Me acuerdo que dibujaba con un lápiz azul. Quedé maravillado. Supongo que fue descubrir un mundo que jamás se me había ocurrido a mí. Cosa extraña, porque todos los niños se supone que tienden a dibujar.

¿Tienes idea de cómo eran tus primeros dibujos de niño?

– Tengo ideas muy confusas. Claro, ya después uno lee revistas infantiles y copia los dibujos y se echa a perder la fantasía que uno tiene de niño.

Quino perdió muy tempranamente a sus padres. Su madre murió cuando él tenía apenas 13 años y su padre desapareció del mundo de los vivos dos años después. De manera que a los 15 años Quino se quedó en una orfandad que debió ser traumática en ese momento.

– Sí, bastante. Pero mi familia, mis hermanos mayores, me tuvieron siempre mucha paciencia. Cuando dije que quería dibujar historietas aguantaron que no estudiara otra cosa que eso, que para mucha gente no es una profesión, porque hay gente que dice “usted, además de ese hobby, ¿en qué trabaja?” Esto es un trabajo, sí, pero si uno no tiene un empleo, no (risas).

La vida del dibujante, del dibujante que trabaja por libre, es muy arriesgada, muy a salto de mata durante cierto tiempo.

– Lo que pasa es que siempre tengo miedo de que un día no se me ocurra más nada, después de haber hecho durante tantos años estos dibujos. Muy a menudo se me ocurren cosas pero no son graciosas o no me gustan. Me pongo muy mal porque pienso que ya estoy acabado.

El dibujante está sometido a unas presiones terroríficas, presiones sobre todo de tiempo porque la historieta diaria o semanal obliga a un sacrificio incesante.

– Cuando Mafalda se publicaba diario, siempre llegaba corriendo con la lengua afuera entregando a las diez de la noche y el diario salía a la calle a la una de la madrugada. Pero eso lo extraño.

Si vemos a un escritor, generalmente un escritor le da vueltas a la idea de un libro o novela durante meses, y luego pasa otros meses o años para escribirla. El dibujante tiene que resolver el problema sobre la marcha en un día y ese problema acaba y empieza uno nuevo.

– Sí, aunque he tratado siempre de no hacer una actualidad rigurosa porque hay gente muy buena en Argentina que ya lo hace. Pero claro, es un trabajo perdido porque hablan por ejemplo de un ministro que a los dos meses no está más y ese chiste no se entiende. O sobre algún accidente o algo que ha pasado en el mundo. Yo prefiero que mis cosas sean temas permanentes, por eso siempre mis temas son un señor detrás de un escritorio y un señor bajito delante, esa relación entre poderosos y débiles. Eso me gusta mucho.

Hay que mirar un poco a la cara a Quino: yo les aconsejo ese ejercicio porque nos da muchísimas de las claves de la personalidad que hemos conocido a través de sus dibujos. La cara de Quino tiene una sonrisa enormemente seductora, bondadosa. Y luego una mirada que está llena de brillo, de intención, de quietud, de inteligente diría yo. Este aire que tiene de hombre muy tímido, y lo es, le cuesta muchísimo trabajo acceder a cosas como esta porque no le gusta hablar de sí ni exponerse ni exhibirse.

– Es cierto, sí. Es que creo que las entrevistas hay que hacérselas, por ejemplo, a actores, que siempre están interpretando otros roles, entonces uno nunca sabe cómo son ellos. Creo que un dibujante como yo, por ejemplo, lo que tengo que decirle a la gente se lo digo con mis dibujos. A mí me gusta muchísimo The Beatles y jamás me interesó saber si a John Lennon le interesa la mermelada de naranja más que las otras. Pero entiendo que hay gente que sí quiere saber: “bueno, si este tío hace esto, ¿cómo es?”

Volviendo a la cronología, recordemos que Quino estudió en la Escuela de Bellas Artes de Mendoza durante unos años.

– Sí, dos nada más, porque era aquello de dibujar jarrones con un trapo detrás y una guitarra. Era muy aburrido. Pese a que tenía un profesor que era yugoslavo, excelentísimo, con sentido del humor. Él también me dijo que me dedicara un poco a esto.

Cuelga entonces la escuela teórica y se marcha a los 18 años a Buenos Aires, a la conquista de la gran ciudad, donde estaban naturalmente todas las grandes revistas, todos los grandes magazines, semanarios, las revistas humorísticas… y parece que esa primera experiencia es desalentadora.

– Lógicamente desalentadora porque yo dibujaba muy mal e iba con unos dibujos horrorosos que hoy a nadie se los aceptarían. Entrevisté a los dibujantes que más me gustaban y admiraba y me dijeron que las ideas estaban bastante bien, pero que me faltaba muchísimo, que tuviera paciencia. Y seguí así. Regreso a Mendoza y hago el servicio militar, período en que no agarré un lápiz para nada. Después de eso (el servicio militar), para sorpresa mía, agarré el lápiz y dibujaba de una manera que no tenía nada que ver a cómo dibujaba antes. Esa vez, en lugar de ir a Buenos Aires, mandé por correo, que era más barato. Entonces uno de ellos, Divito, me alentó, me dijo que podía ir a Buenos Aires, que con un tiempo más de práctica podía. Pero no conseguí inmediatamente trabajo, estuve seis meses como todo el que llega a una gran ciudad: viviendo en pensiones con cuatro personas en una misma habitación.

Y pasándolo mal.

– Y pasándolo mal. Aunque en esto mis hermanos como siempre me ayudaron. Pero en las revista de humor… pasaba lo de siempre, era una época en que había escasez de papel, no sé si mundial o en Argentina, no sé, y el problema era también ese, no se podía tomar mucha gente nueva. Entonces empecé a colaborar en una revista de actualidad general y así, que no tenía nada que ver con el humorismo. Me acuerdo que mis primeros dibujos me los pagaron a 30 pesos cada uno, lo cual era poquísimo pero bueno.

El estilo de Quino en esos momentos… no era el estilo de ahora.

– No. Recibí un impacto terrible cuando vi los primeros dibujos de Bosc, de Chaval (Yvan Le Louarn), de Sempé, que eran dibujantes franceses… Y entonces, claro, como uno tiene que arrancar de algún maestro, los tomé…Lo que sí me llamó la atención es que Chaval se suicidó y yo espero no tener que hacerlo (risas).

Esto que nos cuenta Quino sobre el suicidio de Chaval y Bosc nos lleva un poco a esa preocupación que ha existido siempre sobre los problemas internos del humorista. El humorista parece ser un ser mucho más frágil que tiene una labilidad psicológica que le hace conocer con un ojo más crítico y agudo cuáles son las cosas desagradables del contorno de la vida, del hombre y de su circunstancia. ¿Tiende el humorista a ser un hombre pesimista en lugar de divertido?

– Sí, muy pesimista o… depresivo. A mí la realidad me angustia mucho. Supongo que uno por el lado del humor trata de más o menos sobrellevar la vida. Que es un poco la función que cumple el humor para los lectores.

Exactamente. Pero el humor en caso vuestro está haciendo muchas más cosas, está retratando un poco la sociedad en que vivimos…

– Sí, pero creo que no sirve para más que eso. Porque hay gente que dice que el humor puede hacer pensar a la gente… no sé. Hace poco se hizo una feria de la historieta y estaba reportando un dibujante norteamericano al que le preguntaron justamente esto… “¿usted cree que la historieta, el humor, puede cambiar o crear consciencia en la gente?” Y él dijo “los aliados no echamos a Hitler con tinta china” (risas). Una respuesta excelente.

Vamos a hablar del primer libro que aparece en 1963 que se llama Mundo Quino, un poco jugando con una película famosa de entonces. Es una recolección de dibujos…

– De dibujos publicados en distintas revistas, sí. Y bueno, de ese libro tengo dos recuerdos muy diversos: uno, la alegría del primer libro; y otro, la frustración de que era una gente que se juntó para sacar una serie de libros, les fue muy mal y se fundieron y nunca se cobró nada… pero bueno. No me importó porque lo lindo era tener el primer libro.

Aunque el negocio no fuera bueno… Allí empiezan los trabajos de Quino, a la vez que está dibujando con revistas, con agencias de publicidad. Y precisamente de una agencia de publicidad sale la idea de una historieta con una niña, ¿no?

– Con una familia. Tenía que ser lo que se llama allí “una familia tipo”, que era un matrimonio con dos hijos. Para electrodomésticos… y bueno, la idea de esta agencia era que esta familia usaba electrodomésticos y que se viera más o menos que eran los de la marca de ellos. Esa idea fracasó porque los diarios dijeron que eso era publicidad y que había que pagarla. Entonces quedó esta historieta dos años en un cajón… y un amigo periodista, que trabajaba en una revista también me dijo si tenía algo que no fuera la página de humor y así… Le llevé eso y empezó a publicarse ahí. Le empezó a gustar a la gente. Se empezó a ver que uno iba a una oficina y estaba la historieta recortadita ahí pegada.

Ese es el nacimiento de Mafalda.

– Sí… hasta que entonces un editor, que también se fundió (risas), me dijo que ya interesaba tanto que podíamos sacar un libro. Y se hicieron 5,000 ejemplares para probar y se agotaron en dos días. Y ahí empezó todo.

Allí empezó el boom de Mafalda, de Quino, porque en muy pocos años se publicaron como once libros de Mafalda. El primero apareció en 1966 y contenía 250 tiras de las aparecidas en “Primera Plana” y más tarde en otras publicaciones…y lleva ya tantos años de éxito mundial.

– Con lo de mundial yo me resisto un poco, porque nosotros los latinoamericanos solemos decir “es famoso en el mundo”, porque lo conocen un poco acá en Europa y otro poco, no sé, en Nueva York, y nos olvidamos de África, de Asia…

Vamos a hablar un poco de lo que significa esta experiencia tremenda y agotadora de estos 10 años consecutivos dibujando historietas de Mafalda, que plantean no solo esos problemas de los que hablábamos antes de imaginación, de observación, de concentración, de estar muy atento de lo que pasa en derredor, de detectar la sensibilidad del momento y la gente en esa ocasión… sino que por otra parte significa un esfuerzo físico de estar pegado al tablero durante horas, ¿no?

– Sí, es un trabajo para el que… hay gente que me dice “¿pero cómo puedes estar así? Yo no tendría paciencia”, porque como decía antes, no es que uno se sienta ahí y se le empiezan a ocurrir cosas. Una noche invité a cenar a un dibujante muy amigo mío, argentino, que me aceptó la invitación… pero tenía que entregar una página al día siguiente y nos quedamos hasta las tres de la mañana y se fue angustiadísimo. Cuando ya nos despedíamos en la calle, él me dice “un señor va por la calle y ¿qué?, un señor va por la calle y ¿qué?…” porque es por donde empezamos a pensar todos. Uno se pone con el bloc en blanco… y un señor va por la calle y ¿qué?… y bueno, por qué no una señora que se cruza con un perro… y uno se queda pensando en los perros… y termina saliendo una idea que no tenía nada que ver con lo que uno empezó. Y hay días en que uno está lógico para pensar y se te ocurren cosas que no tienen ninguna gracia.

Es una maceración del cerebro.

– Sí. Agota bastante… pero claro, no es que sea un esfuerzo así… trabajar en una mina supongo que es mucho peor.

¿Cuántas horas pasa Quino sobre un tablero?

– No tengo idea, pero digamos… contando un día de mi vida… Me levanto a las 8 de la mañana, o sea que a las 9 y media ya estoy sentado en el tablero hasta que se almuerza a la una y después vuelvo. Y sigo hasta la noche… a la cama me llevo también siempre un bloc, porque a mí me cuesta mucho dormirme además. Y me quedo trabajando en la cama hasta las dos o tres de la mañana.

Las ideas vienen mejor de una manera que otra… o eso es…

– Hay días que me pongo a dibujar sin saber qué me va a salir, a ver si se me ocurre algo… y hay días que eso no me sirve para nada, porque si no tengo algo en la cabeza previamente no sé qué dibujar. Así que eso no lo sé. Pero leyendo un libro de Freud, él decía que el trabajo de este tipo, el de creación, es un poco como irse a la cama queriendo saber lo que uno va a soñar esa noche. Y es cierto. Uno tampoco sabe el detalle final, la chispa… uno no sabe cómo le viene. A veces lo que hago es guardar material sin terminar y no le encuentro finales, y cada tanto agarro y lo miro y se me ocurre un final cambiando un detalle que antes no me había dado cuenta que había que cambiar. Pero yo mismo no me controlo. Es como si una fuera el operario de alguien de adentro que dice “hoy no tengo ganas de que se me ocurra nada”, y no se me ocurre nada.

Es decir, durante 10 años, viviendo con esa angustia permanente, con esa espada de Damocles de que hay que hacer la historieta ya.

– Sí, además de la historieta yo trabajaba 4 páginas en otras revistas y hacía en otro diario un dibujito diario también.

Y sin embargo Mafalda a pesar de que supone una carga muy pesada para su creador, Mafalda es la que hace a Quino conocido.

– A mí no me gusta eso, porque llevo ya 11 años haciendo otras cosas (risas)… Entonces me parece un poco una injusticia.

De modo que Quino no es bueno solo por Mafalda.

– Pues “bueno” no diría (risas). Sé que no me gusta como yo dibujo, pero lamentablemente no dibujo como quiero sino como puedo. Y sé, sí, que tengo buenas ideas. Pero, como dije, tampoco las considero mías porque me salen cuando quieren.

Quino, ¿el problema de los últimos tiempos cuál era… que tenías un poco la sensación de que esto ya era terrible?

– Me estaba empezando a repetir. Y eso me pareció deshonesto. No quería que mi historieta fuera como esas que tienen ya 40 años y que uno las lee por costumbre y ya sabe cómo van a terminar… Eso no me gusta.

¿Hay unas reglas de oro, por decirlo así, en la historieta? Podríamos decir que tiene que haber siempre una arquitectura, una línea de la que no se puede apartar, que debe ser la sorpresa, quizá de la última viñeta…

– Sí, eso es lo que a mí me gusta. Yo no sabía dibujar historietas, a mí cuando me la encargaron para esta agencia de publicidad me dijeron “queremos que se parezca a Charlie Brown” y bueno, mucha gente me dice “hey, vos has copiado a Charlie Brown”. Y bueno, sí, lo copié, porque yo no sabía cómo se hacía una historieta. Y tuve que ir aprendiendo. La gente me pregunta por qué puse a tantos personajes y bueno, al principio era Mafalda y sus padres, entonces el juego era “papá, ¿por qué tal cosa?” Al mes ya estaba harto de hacer eso, entonces le inventé un amigo… como Mafalda era tan así con la realidad, le inventé a Felipe, que era uno que sueña y no entiende nada de lo que pasa. Después salió Manolito, y así… Se fueron agregando como contra personajes. Pero no es un trabajo que supiera hacerlo, tuve que aprender.

Vamos a hablar un poco de esta serie de personajes de Mafalda. Mafalda, dice Quino, que aunque algunas personas la critican porque es aburguesada, él defiende que hay que describir solo lo que se conoce. Mafalda vive con sus padres ni ricos ni pobres en un barrio ni rico ni pobre en la ciudad de Buenos Aires. Mafalda tiene libros de cuentos y una radio para escuchar a The Beatles y los noticiarios, un globo terráqueo que le preocupa mucho, una tortuga a la que lleva a pasear como si fuera un perro… es una niña como cualquier otra que odia la sopa y las injusticias. Ahí tenemos descrita a Mafalda. Luego las opiniones que han generado muchos personajes importantes están muy divididas, hay discrepancias tremendas con respecto a Mafalda. Hay quienes dicen “lo que nos gusta de Mafalda es todo lo demás”, y hay quienes dicen “lo que nos gusta es solo Mafalda”. Hay quien dice “Mafalda es una niña encantadora, y es como deben ser las niñas”, y otros dicen “es una niña muy repipi”. ¿Cuál es la impresión que tiene realmente sobre su hija el dibujante?

– Como personaje, me parece que sí, que Mafalda no es el mejor de los personajes de la historieta, porque caí en una cosa así de que Mafalda predica la justicia y no es así. Además, con el único personaje que yo me reía, porque nunca me río de mis cosas salvo contadísimas excepciones, era Manolito. Cuando se me ocurrían ideas de Manolito me reía muchísimo.

Felipe es un muchacho al que le gusta leer tebeos, jugar a cualquier cosa que despierte su fantasía, al ajedrez, los vuelos espaciales, estar sentado sin hacer nada, atormentado cuando sabe que tiene que hacer los deberes, es un niño tímido y bondadoso, y junto al póster del Llanero solitario que es su héroe predilecto, tiene otro que dice “no dejes hacer para mañana lo que puedes hacer hoy”. Este es Felipe.

– Bastante yo.

Es un poco autorretrato de Quino.

– Sí. Lo de la sopa también, porque cuando era niño odiaba la sopa. No me gustaba para nada. De grande me encanta, pero bueno, la como cuando me da la gana, si todos los días tuviera que comer sopa…

Susanita, que quiere ser una gran señora y una buena madre. Su corazón está lleno de sueños rosados y para su propio futuro, y de irracionales envidias para el presente de los demás. No sabe cómo será el hombre con el que se casará, pero tiene decidido desde hace tiempo que no será pobre. Tendrá muchos hijos y uno será un famoso médico, y cuando pase por la calle la gente dirá “allá va la señora Susanita, la madre del doctor”.

– Ese es otro de los personajes que me han dicho “por qué es tan mala Susanita…”. Bueno, lo de tener hijitos no tiene nada que ver conmigo porque yo no los he querido tener y mi mujer tampoco pero… sobre todo yo, porque pienso que trae más locos al manicomio… Pero bueno, Susanita por ejemplo… en una historieta propone que en vez de acabar con la pobreza basta con esconder a los pobres. Es una idea muy mala pero se me ha ocurrido a mí también, o sea que yo también tengo ideas así (risas). Será muy graciosa como chiste, pero…

Manolito sabe perfectamente lo va a hacer de mayor: él sueña con tener una gran cadena de supermercados. Su héroe es el multimillonario americano Rockefeller. Cree que el Everest es un río, no sabe cuándo debe poner la “v” o la “b”, no entiende nada salvo sus cuentas aritméticas tan útiles en la lucha por la vida. Esa historieta del Everest la recuerdo muy bien… era una historia acerca de los nombres de los ríos que había que aprenderse en la escuela, ¿no?

– Sí, esta costumbre de ponerle nombre al agua por todos lados (risas). Terminaba diciendo eso…Y bueno, ese personaje es un poco común en las Américas, de gente que pudo hacer dinero fácilmente sin tener ninguna cultura…

Libertad, insiste en que es simple y solo le gusta la gente simple. Sus padres son intelectuales de vanguardia, su madre traduce a Jean Paul Sartre. Entre lo que hay en casa y su desfachatez hace que los mayores la consideren más peligrosa aun que Mafalda

– Sí, bueno, la libertad siempre se le considera más peligrosa que cualquier otra cosa (risas)… Por eso la hice tan pequeñita porque la libertad siempre es pequeñita en todas partes.

Aquí tenemos a Miguelito, que se ama profundamente a sí mismo, se enfada si cuando le ven los demás no se dan cuenta de lo bueno que es, de lo importante que es, de lo guapo que es… Es tan bueno que cuando juega en el parque se niega a hacer el papel de bandido. Está decidido a ser siempre el bueno y a ganar siempre. Dicen los otros niños “increíble cómo hace para vivir sin darse cuenta”. Y el último personaje aunque hay otros accesorios es Guille, que si continuara creciendo sería más terrible que todos los demás. A los tres años hacía entrar el chupete con cubos de hielo como el whisky de los mayores, y cuando el papá volvía a casa y daba un beso a la mamá, él gritaba “eta e mi mujer”. Quino, ¿qué es lo que crees que has hecho con Mafalda y otras cosas? ¿Una crítica del sistema o una crítica del hombre?

– Creo que una crítica del hombre. El hombre me parece un ser, digamos, mal terminado. Ya que Dios nos hizo inteligentes por qué no nos hizo más inteligentes. Esto me da un poco de rabia (risas). Y me parece que como está contaminando el mundo y terminando con la naturaleza… Es algo que me hace sufrir mucho. Bueno, creo que toda crítica lleva implícita una fe porque de lo contrario uno no se tomaría el trabajo de criticar ni siquiera.

*Eshttps://www.youtube.com/watch?v=3vUjXtQkoDYta entrevista tuvo lugar en el programa “A fondo” de RTE en 1977. Puede verse completa en YouTube: 

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