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El Acordeón

Conocer a Pablo Neruda


Acompañando a mi padre y a Jaime Barrios Archila fui, en 1950, a conocer a Pablo Neruda. No tuvimos que salir de Guatemala porque nuestro país fue uno de los que visitó por segunda vez, imagino que venía o iba a México, durante su exilio, que comenzó en 1949. La cita fue en un hotel del centro de la ciudad, pero ya reunidos, tomamos camino del parque Centenario. Era una tarde maravillosa.

“Se presenta entre nosotros, después de un largo peregrinar por el mundo el gran poeta chileno Pablo Neruda. A los dos años justos vuelve a tierra nuestra para compartir con nosotros las bellezas y el romanticismo de nuestra patria”.

Con esas palabras de escasa tesitura periodística comenzaba la nota principal del primer ejemplar de una revista semanal de poca vida: Centro. Recuerdo bien esa revista, que fue fundada por Jaime y por mi padre con la intención de abrir un espacio cultural entre la prensa guatemalteca de aquellos años.

Y recuerdo las palabras, que copié en uno de mis diarios –siempre he llevado diarios a lo largo de mi vida– porque me parecieron, entonces, absolutamente lejanas a mi lenguaje de todos los días. Me eran extrañas.

Allí, en Centro, tuve un trabajo como redactora, porque esa tarea no interfería con mi trabajo en el Diario de Centro América. Papá y yo éramos periodistas. Jaime no lo era; era más inclinado hacia las artes y lo había conocido porque, cosa que no me explicaba entonces, era el Administrador del diario. Ahora le dirían Gerente o a lo mejor le ensartarían las tres letritas infames: CEO. (Qué gusto por meter como cuña en nuestro lenguaje los vocablos en inglés gringo).

Su tarea era manejar la parte económica del diario, que entonces –no lo sé– habría tenido un financiamiento del gobierno. No como cuando, años más tarde, en este siglo, regresé a ese medio tan querido, ya instalado entonces en el edificio de la 7ª. avenida y 18 calle, que el director del diario y de la Tipografía Nacional, con su equipo, tenían que conseguir los fondos para mantener a todo el personal de ambas empresas.

Dejemos las digresiones. La cuestión es que tanto papá como Jaime querían que conociera al gran poeta. Pensaban tal vez que se me iba a contagiar el gusto por la poesía, en esa época muy alejado de mí, por cierto.

Debo reconocer que Pablo Neruda –solo más tarde supe que era un seudónimo– fue sumamente gentil conmigo. Y con su acento chileno, marcado ya por su estancia en varios países europeos donde mayormente había transcurrido su exilio, en vez de hablar con los mayores se dirigió a mí durante esa plática que no he olvidado.

Preguntó si leía poesía y cuando le dije que no, que leía muchas novelas e historia, respondió “No importa, ya te llegará el tiempo”. 

En aquellos días aparecían en los periódicos de Guatemala muy malos poemas de guatemaltecos que surgieron y desaparecieron, afortunadamente. No había llegado el tiempo de Julio Fausto Aguilera, Isabel de los Ángeles Ruano, Quique Noriega, Aída Toledo, Luz Méndez de la Vega, Luis Eduardo Rivera…Y desconocía a los autores de las primeras décadas del siglo XX. Me encandilaba con las novelas de Asturias y desconocía a Cardoza. Mea culpa.

Neruda entonces se dio a la tarea de hablarme de poetas de todas partes del mundo. Por él, aunque parezca mentira, escuché el nombre de Huidobro, con quien no tuvo una gran amistad, por cierto. Pero no mencionó a Pablo de Rokha. Me hizo una lista, en una hoja cualquiera, de aquellos poetas de habla española, inglesa, francesa o italiana, de siglos pasados los que, a su juicio, debía leer en su lengua original.

Aquello me pareció interesante. En ese año luchaba con libros en inglés, diccionario al lado, para aprender el idioma. Y si Neruda, cuya fama lo precedía, me aconsejaba, la cosa era distinta.

Tengo deseos de ir a la Hemeroteca a ver si hay ejemplares de aquella revista. Alrededor del año 2007, el hijo de Jaime Barrios me dio una copia del recorte de la revista Centro con una fotografía en la que aparecemos mi padre, Neruda, Jaime Barrios y yo, que guardo con todo cariño.

 

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