[theme-my-login default_action="register" show_links="0"]

¿Perdiste tu contrseña? Ingresa tu correo electrónico. Recibirás un correo para crear una nueva contrseña.

[theme-my-login default_action="lostpassword" show_links="0"]

Regresar

Cerrar

Publicidad

El Acordeón

Allí querría estar


La Telenovela

Por estos días, si el clima que hemos construido de tan mala manera no ordena otra cosa, el otoño debe estar aposentándose en una ciudad alemana de la región de Baviera, pequeña y situada a la orilla de un río, como debe ser. Ordenada y limpia era cuando la conocí, tal si fuera parte de un nacimiento navideño confeccionado en mazapán. Una ciudad que pertenece al mundo católico, en medio del país donde Lutero sentó sus reales hace ya tiempo.

El bus me dejó en las calles de Eichstätt hará diez u once años, y aún me conmueve el asombro que sentí en la Plaza del Domo, es decir, en el parque central de esa ciudad que se afianza a ambos lados del río Altmühl. Era una tarde de cuarto creciente y la luna iba empinándose por encima del techo de la Catedral, cortejada por los puñados de estrellas que la acompañan noche a noche.

Durante la semana siguiente llegué a conocer bastante bien la Catedral que me recibió aquella tarde y que me impresionó, no más que la primera vez que vi la Catedral de Colonia, pero de una manera diferente, más íntima, más pegada a los huesos y a la carne. Juro que no se puede pensar en intimidad al menos frente a tres iglesias europeas: la Catedral de Colonia; San Esteban, en el centro de Viena y por supuesto, Nuestra Señora de París, cuyo estado luego del feroz incendio, desconozco.

Arrastré mi maleta por el empedrado y hallé un taxi que me llevó al hospedaje asignado, al otro lado del río. En una colina, apenas a 50 metros del Altmühl, estaba la especie de claustro donde por unos días íbamos a vivir escritores y académicos centroamericanos y alemanes invitados por la Universidad Católica de Eichsttät a unas jornadas literarias.

Fue una alegría inmensa escuchar, mientras descendía al piso donde estaban nuestras habitaciones, las voces de Dante Liano y Franz Galich. Tenía tiempo de no ver a ninguno de los dos y por un momento la ciudad de dulce masa se esfumó de mi mente. En esa época veía a Dante cuando menos una vez al año. En cambio me reunía poco con Franz, ya desaparecido. Ese viaje fue quizá el último que compartimos fuera de América Central y me parece estarlo viendo aún, sentado en un puesto del mercado del domingo comiendo un plato de salchichas y bebiendo un tarro de cerveza así de grande.

Ir todos los días desde el hotel hasta la universidad era laborioso para mí. Primero me paraba sobre el puente para observar las mansas aguas escurriéndose corriente abajo, luego atravesaba la Catedral y dedicaba buen rato a descubrir sus calidades, sus altorrelieves, las piedras talladas de la estructura. Y tenía que irme, salir de allí, llegar al lugar donde se hablaba de escritores, de libros.

En la calle que conduce a la universidad hay un lugar pecaminoso como solo puede haberlos en el centro de Europa: un café que mostraba en sus vitrinas pasteles de frutas, de cremas, de especias, de hojaldres, de masas amantequilladas. Y adentro, a esas horas de la mañana, personas tomando café o algún té maravilloso para protegerse del frío de la época.

Cierta tarde, aprovechando un descuido de los organizadores, me escurrí con unas amigas alemanas hacia el castillo que domina la ciudad. Al lado del castillo, construido quién sabe cuántos siglos atrás para proteger a los habitantes del lugar, se instaló un jardín botánico, también con varios siglos de vida. Es famoso ese jardín y algunos de los mejores ilustradores y dibujantes de los siglos XVII, XVIII y XIX se encargaron de ir formando uno de los más delicados catálogos de plantas con detalles sobre los tallos, las hojas, las flores. Un amigo querido me regaló poco tiempo después un libro inmenso, extraordinario, con dibujos y gráficas del jardín.

A veces me dan deseos de irme de Guatemala. Porque, olvidemos la pandemia. No importa lo que suceda, lo que se haga, lo que se diga, no importan los muertos ni su sangre derramada. Parecería que estamos apenas dando las vueltas a una noria y regresamos, después de empujar y tirar trabajosamente, al mismo punto.

Y he abierto mi libro sobre el jardín botánico de Eichsttät, y pienso en lo maravilloso de andar por aquellas calles, con los ateridos huesos tropicales atenazados por el frío de un otoño cualquiera y es en esa ciudad pequeña, tranquila, de mazapán, donde quisiera estar ahora. Allí el confinamiento sería más amable.

 

Publicidad


Esto te puede interesar

noticia Comunidad
La inspiración está conectada con el crecimiento de marca

Tomado de Marketers by Adlatina

noticia Luisa Paredes / elPeriódico
“Yo nunca me relacioné con corruptos” dice Estuardo Galdámez

Exdiputado y expresidenciable de FCN-Nación, Estuardo Galdámez llegó a Tribunales para audiencia de primera declaración. El MP lo señala de cometer los delitos de tráfico de influencias y asociación ilícita.

noticia Lionel Toriello
El último cartucho…

La tradición democrática de la primera gran República moderna empezará a restablecerse en el período que se iniciará, mal que le pese a Trump, el próximo 20 de enero de este joven 2021…



Más en esta sección

Parlamento nicaragüense aprueba adición de la prisión perpetua al Código Penal

otras-noticias

Gobierno de El Salvador ratifica a EE. UU. como socio confiable

otras-noticias

Presidente de Honduras destaca investidura de Biden

otras-noticias

Publicidad