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El Acordeón

Un nuevo humanismo


No contradice ningún credo, ninguna religión y ninguna ideología el respeto por los árboles, por los ríos, por los animales. La sociedad humana ya no se puede dar el lujo de vivir contra la naturaleza, porque entonces se estará condenando estúpidamente a la propia extinción.

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Alguien me recordó, hace algunos días, la fábula de la rana y el escorpión, que podríamos atribuir a Esopo. Una rana está por atravesar un río. En eso, aparece un escorpión que quiere pasar a la otra orilla y pide a la rana que lo lleve a cuestas, pues él no sabe nadar. La rana le responde que no, porque la va a picar. El escorpión rebate que sería una tontería, porque si él la picara, ambos se hundirían y se ahogarían. Con tal razonamiento, la rana acepta y, cuando van a mitad del río, el escorpión la pica. “¿Por qué lo has hecho?”, le pregunta la rana, “Ahora nos vamos a morir los dos”. El escorpión responde: “Porque soy un escorpión y hago mi oficio de escorpión”.

Los poderosos, los economistas, los industriales, los grandes propietarios que piden que se regrese inmediatamente al trabajo porque, si no, la economía se hunde, recuerdan al escorpión. Todo el resto, todos nosotros, somos las ranas. Hasta ahora, nos han dominado con la ideología de la modernidad: la vida de los seres humanos depende del progreso, social e individual. El progreso de la sociedad equivale al progreso económico: una economía exitosa se mide con los grandes números. El producto interno bruto de cada país tiene que crecer, es el progreso. No importa cómo ese progreso se reparta en el interior de la sociedad, lo que importa es que crezca. Hay países con una economía pujante y, al mismo tiempo, con la mitad de sus niños desnutridos. No importa: según las reglas del Fondo Monetario Internacional, ese país está bien. El progreso individual se mide con el éxito económico de cada persona: si alguien acumula riquezas, ha tenido éxito en la vida. Si no, es un marginado, un perdedor, un frustrado. La consecuencia se revierte sobre millones de personas que trabajan como desesperados, llenos de stress y ansia, de feroz espíritu competitivo, con tal de poseer los bienes de consumo que le propinan los mismos que los explotan. La ideología moderna del progreso ha producido desigualdad, exclusión, injusticia, y, sustancialmente, tribulación.

En realidad, ese modelo ya estaba en crisis desde hace muchos años. Necesitaba de una catástrofe planetaria para derrumbarse definitivamente. Pudo haber ocurrido muchas veces antes: si, en 1962, los soviéticos no se hubieran asustado con el bloqueo militar a Cuba; si Chernobyl no hubiese sido apagado y se hubiera convertido en una bomba atómica contra Europa; si algún líder desconsiderado hubiese usado masivamente armas prohibidas en las numerosas guerras que se han combatido últimamente. No ocurrió. Ocurrió, en cambio, la pavorosa pandemia del coronavirus, que se ha extendido por todo el planeta y ha obligado a muchos seres humanos a recluirse en sus casas. Y, en esa reclusión, darse cuenta que la vida que estaban llevando hasta ese momento era una vida falsa, una insensata carrera que terminaba con una muerte también insensata.

De esta experiencia que todos estamos viviendo o nace una nueva sociedad, o al cabo de un par de años estamos en las mismas. Solo que una segunda oportunidad no hay. O aprovechamos esta lección, ahora mismo, o nos preparamos a una gradual extinción de la especie humana. Tanto, el globo terrestre seguirá girando, una mínima partícula en un universo inmenso, ignorante de la desaparición de una especie más en un planeta que es un grano de polvo en la galaxia.

Imagino, o quizás espero, que algunos hechos se hayan consumado o se estén consumando. Uno de ellos es la lenta y segura decadencia del imperio norteamericano. Como Nerón incendió a Roma y Calígula nombró cónsul a su caballo, los Estados Unidos gozan de un Presidente indigno de la gran cultura de sus intelectuales y artistas. Empeñados en verse el ombligo y recitar todos los días que son una gran nación, pierden terreno e iniciativa en todas partes del mundo. Y su lugar está siendo ocupado por otra empresa imperialista, la China. Otro hecho patente es el fin de la dictadura de la ideología economicista. La letanía de que el Estado debe desaparecer y que la buena salud de las sociedades estaba en la libertad de los mercados se extinguió bajo las imploraciones de auxilio que piden la urgente intervención estatal para combatir la pandemia. Lo único que hizo el mercado fue demostrar su perversión, alzando el precio de las mascarillas. Otro mito que, paradójicamente, se tambalea, es el mito de la ciencia como sucedáneo de una divinidad infalible. Al lado del heroísmo de muchos médicos y enfermeros que expusieron y sacrificaron su vida por ayudar a los enfermos, estaba la falta de una medicina conocida, la lentitud en la elaboración de una vacuna, las contradicciones entre virólogos y científicos. También la decantada globalización demostró sus fallos, primero como responsable de la difusión del virus; segundo, con el cierre de las fronteras de todos los países. Pero el mito más importante que se vino al suelo con la pandemia fue el mito de que el ser humano solo puede progresar y alcanzar la felicidad si domina y doblega a la naturaleza. No es verdad. La progresiva destrucción del ambiente ha llevado a toda la humanidad a la misma situación de los obreros de una fábrica de acero en el sur de Italia. La fábrica se llama “Ilva” y, además de ser el primer productor de acero de Italia, es la principal fuente de cáncer para los habitantes de Taranto. Ellos tienen que escoger entre tener trabajo o tener cáncer. La mayoría escogen tener trabajo y morir seguramente de manera atroz. La producción del aceite de palma es otro ejemplo. Produce inmensas riquezas para los propietarios de las fincas, pero destruye la tierra donde se siembra y esclaviza a los campesinos. ¿Es esto el progreso? ¿Vale la pena vivir así?

Por eso, el día después del fin de la pandemia no vamos a regresar a los errores de antes. El primer paso es el planteamiento de políticas de convivencia con la naturaleza y el ambiente. La palabra clave es “respeto”. No contradice ningún credo, ninguna religión y ninguna ideología el respeto por los árboles, por los ríos, por los animales. La sociedad humana ya no se puede dar el lujo de vivir contra la naturaleza, porque entonces se estará condenando estúpidamente a la propia extinción. Por supuesto, es de todos sabido que cada quien tiene derecho a que se le garantice alimentación, techo, educación y salud. En lugar de políticas de competitividad y acumulación, políticas de bienestar para todos. El ser humano no es competitivo por naturaleza. Lo es por educación. Y, aquí, la palabra clave es “solidaridad”. La conciencia de que la vida humana no puede evitar el dolor ni el sufrimiento: solo puede paliarlo con la ayuda de quien esté a su lado. ¿Y si los políticos, en lugar de construir carreteras infinitas que van clavándose como un cuchillo de asfalto en medio de grandes reservas naturales, en lugar de erigir faraónicos rascacielos con jardines colgantes solo para privilegiados, en lugar de seguir erigiendo fábricas de armas para que los pobres se maten entre sí, si en lugar de todo eso, invirtieran en crear espacios urbanos o pequeños pueblos en el campo en donde la gente pudiera vivir de energía sostenible? ¿Con-vivir con la naturaleza en modo natural, sin lujos, sin excesos, pero con la garantía de una vida digna para todos?

Se trataría de una revolución cultural, que son las verdaderas revoluciones. El llamado Renacimiento fue, sobre todo, un profundo cambio cultural: el antropocentrismo. Arrastró consigo revoluciones en todos los campos, pero el principal fue en el terreno de la cultura. Además de una nueva relación con el ambiente, el otro cambio indispensable es el final del patriarcado. Hasta ahora, hemos vivido en un mundo gobernado por los varones y por la mentalidad viril. No ha sido la gran cosa. Ese modelo también se ha agotado. Está llegando la hora de las mujeres. Nótese, por ejemplo, cómo se impone el estilo maternal de Angela Merkel. Alguno objetará que es una dura mujer. ¿Y por qué no? La mujer dulce y etérea es una invención de los hombres. Solo una poderosa entrada de las mujeres en la organización de las sociedades puede cambiar decididamente la mentalidad de todos. Ese es el próximo, irrefrenable cambio cultural.

Imaginemos un mundo sin grandes potencias imperialistas; imaginemos un mundo en donde el ambiente es respetado y amado; imaginemos un mundo en donde, a la dictadura de la economía, se sustituye el consuelo de la cultura; imaginemos un mundo en donde ciencia y técnica están al servicio del hombre y no al revés; imaginemos un mundo sin consumismo, sin competitividad, sin falsas esperanzas de efímeras felicidades. Imaginemos un mundo de solidaridad, en donde, lo expresó mejor Vallejo: “¡Se amarán todos los hombres / y comerán tomados de las puntas de vuestros pañuelos tristes / y beberán en nombre de vuestras gargantas infaustas!” Respeto, solidaridad, femineidad: tres palabras claves para un nuevo humanismo.

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