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El Acordeón

Los pormenores de un mundo extraño


“En el confinamiento sueño a menudo a mi papá, y nos veo platicando juntos en su casa, en donde le cuento los pormenores de un mundo extraño. Vivo en París desde hace más de tres décadas, pero no pasa un día sin que yo no despierte con alguna parte de la mente en Guatemala”, nos cuenta el músico y escritor Marlon Meza Teni, desde su aislamiento en Francia.

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Estamos lejos de la vida de antes. El planeta entero está confinado. Y estar de pronto confinado a mí me provoca una intranquilidad que me envía a los años de adolescencia. A una época que me recuerda el virus del fascismo y la violencia de las dictaduras cuando salía de casa para estudiar una clase retrasada de matemáticas, o recibir una de piano, y miraba a mis viejos y a mis hermanos sin saber si regresaría en la noche, o si amanecería engrosando la lista de secuestrados y asesinados que a diario llenaban las páginas de los diarios. En el encierro me topo con una serie de emociones pestilentes. Las dictaduras, como las pestes van dejando heridas profundas que vuelvo a sentir cuando cierro la puerta y bajo sin prisa las gradas para salir por una baguete y descubro a la poca gente con la cara cubierta cambiando de acera para no cruzar a nadie que venga en sentido contrario. Los canales transmiten día y noche cifras, y muchísimas imágenes de muerte y de guerra contra el virus en los hospitales. Hay que verlas para creerlas. Al cabo de unos días por fin puedo leer algunas novelas, aunque en realidad no logro concentrarme en nada salvo en la escritura durante la madrugada, y en el piano por las tardes. Los días de primavera son tibios. El nivel de ruido bajó de cuatro decibeles en toda la ciudad. A las 20:00 horas en todo el país salimos a las ventanas para aplaudir a los médicos, enfermeras y asistentes sanitarios que están luchando por la vida a contrarreloj. Antes de la cena tomo notas y escribo durante la noche cuando todo el mundo duerme, aunque ya no escribo lo habitual. Todo parece ser un ejercicio por donde van surgiendo recuerdos de infancia que en situaciones normales nunca hubiera podido escribir. El virus arrasa sin distinción de clases, pero en París de nuevo se pueden ver las estrellas que habían desaparecido detrás de la sombra permanente de la contaminación ambiental fabricada por el hombre. Hace un año un incendio consumía la catedral de Nôtre Dame de París frente a los ojos del mundo entero, mientras que en las calles, el movimiento de los chalecos amarillos protagonizaba una serie de manifestaciones sin tregua para exigir mejoras económicas durante la vejez. La vejez es una palabra singular en donde a menudo se esconde el temor a la muerte. Después de la herida abierta de Nôtre Dame en medio de la isla llegó el verano con una canícula que rompió los récords de calor registrados hasta entonces en el hexágono, obligando a la población a confinarse en establecimientos públicos con aire acondicionado. El otoño y el invierno llegaron repletos de huelgas y el sinsabor de un paro general de transportes contra una reforma de pensiones hoy olvidada. Meses después estamos de nuevo en primavera y como en todo el planeta no morir contaminados por una pandemia se ha convertido en el primer objetivo individual y colectivo… La tendencia a hacer de la salud el valor supremo ya existe desde hace tiempo, y ya no de la libertad, de la justicia, y del amor… asegura el filósofo André Comte-Sponville.

En el confinamiento sueño a menudo a mi papá, y nos veo platicando juntos en su casa, en donde le cuento los pormenores de un mundo extraño. Vivo en París desde hace más de tres décadas, pero no pasa un día sin que yo no despierte con alguna parte de la mente en Guatemala. Los escritores somos fabricantes de vidas imaginarias y nada nos atemoriza tanto como pensarnos al final de una sola. Inertes, con los ojos cerrados y sin más oxígeno en la sangre y los pulmones. Mi único contacto con el mundo exterior aparte de la panadería siguen siendo las redes sociales y las ventanas que se abren sobre el jardín que cuidaba todo el año con esmero Monsieur Bouaziz. Afuera las calles están desiertas.

¿Cuándo empezó todo? 

El 14 de febrero se registra el primer deceso en Francia, de tres casos registrados de coronavirus. Se trata de un turista chino de ochenta años. El gobierno logra identificar 12 casos más que mantiene aislados y bajo control, pero el 17 de febrero da inicio una asamblea evangélica internacional de la megaiglesia pentecostal Puerta Abierta Cristiana en la ciudad de Mulhouse, muy cerca de la frontera de Francia con Alemania y Suiza, en donde se reúnen alrededor de 2 mil 500 personas que se abrazan, saludan, cantan, y oran de la mano durante una semana, y en donde un solo portador del virus desata el contagio que se multiplica en toda la congregación. Una fiesta de oración que carece de un registro de nombres, de donde saldrán más de mil personas contaminadas de vuelta hacia distintas ciudades, provocando la explosión de la epidemia y la pérdida del control de casos registrados por los sistemas de salud de Francia. De vuelta a sus hogares todos empiezan a padecer malestares que despiertan sospechas. Los asistentes del congreso evangélico anual lo ignoran, pero en menos de 48 horas han multiplicado la epidemia por ocho en todo el territorio. Una enfermera evangélica de la ciudad de Estrasburgo contaminará de esta forma a 250 de sus colegas en un hospital, tres jubilados de la isla de Córcega contaminarán la ciudad de Ajaccio, algunos devotos contaminarán el departamento de Guyana francesa, fronterizo con Brasil. Otros fieles de la iglesia fundada en 1966 por Jean Peterschmitt, llevarán el virus a Burkina Faso, en África, otros a Suiza y a una central nuclear francesa, y sin saberlo a los talleres de uno de los mayores fabricantes de automóviles de Europa. Los operadores en los servicios médicos de urgencia de Mulhouse empiezan a estar saturados de llamadas con miles de personas que presentan los mismos síntomas, pero no será sino hasta el 2 de marzo, cuando un residente en la ciudad de Nîmes menciona haber asistido al congreso evangelista, que las autoridades sanitarias harán el vínculo y descubrirán el origen de la propagación acelerada de la epidemia. Demasiado tarde. El director de la agencia regional de la salud, Christophe Lannelongue, declara: “Los enfermos empiezan a llegarnos en estado grave”, y agrega: “En un mundo ideal, hubiera sido necesario aplicar un confinamiento masivo desde el primer aviso”. El país pasa a la fase de alerta 3, y el confinamiento nacional será finalmente declarado el 17 de marzo, convirtiendo a Mulhouse en el foco principal de coronavirus en Francia, y sumando al país a la lista europea considerada como epicentro del Covid-19.

El presente paso a paso

Monsieur Bouziz murió hace algunos años de forma inesperada dejando el jardín a la deriva. En el encierro los días se van volando de manera distinta, y con algunos vecinos del edificio hemos decidido ocuparnos de las flores, los higueros, y del árbol de albaricoques. Por las tardes veo desde el piano a los vecinos del edificio en la calle de enfrente fumando en las ventanas y pienso en esa extraña forma de vida invisible que abofetea al sistema financiero mundial, y que ha detenido guerras, bloqueado al fútbol, y dejado al Papa hablando solo en la plaza vacía del Vaticano.

Es lunes, y en Francia el confinamiento acaba de prolongarse de nuevo. Esta vez hasta el 11 de mayo. Los sitios en donde se reúne al público: restaurantes, cafés, hoteles, cines, teatros, salas de espectáculos y museos permanecerán cerrados, y los grandes festivales y eventos no podrán celebrarse al menos hasta mediados de julio próximo… anuncia el presidente Emmanuel Macron. La noticia es un golpe, y el Gobierno ha activado ahora centros de asistencia psicológica a distancia.

Nunca París ha estado más bella. Vacía, despojada de gente, envuelta en un silencio irreal. La avenida de los Campos Elíseos amaneció una mañana llena de ardillas. La naturaleza retoma posesión. El aire inesperadamente es más respirable mientras la ciudad desierta se viste a solas de primavera. En estos días mi abuela hubiera cumplido más de un siglo, mi abuela, que a su vez vivió toda su vida en un confinamiento social y salvaje por haber nacido mujer en Guatemala, un país contaminado por un machismo patológico. Vivimos en un mundo de plagas. Sin haberlo imaginado nos encontramos en la frontera entre un antes y un después en donde cada quien debiera implicarse en un nuevo modelo de sociedad que no sacrifique más ni lo humano ni la biodiversidad. Durante el confinamiento el planeta sigue funcionando gracias a seres con vocación humanista, médicos, enfermeras, asistentes sanitarios, y en paralelo gracias a todas aquellas personas que siempre han ganado menos dinero y pasado

desapercibidas cuando el mundo avanza al ritmo desquiciado de las finanzas y con los ojos puestos en lo rentable, lo provechoso, lo remunerador, lo lucrativo. No son los banqueros, ni las ideologías, ni los ejércitos, ni las ametralladoras más sofisticadas, ni el Vaticano, ni ningún gobierno o monarquía petrolera terrorista, sino la gente con vocación humanista y la gente de menos recursos económicos quienes hacen que todo siga funcionando. La idea misma del fin del mundo ahora solo parece ser un síntoma colectivo de nuestro estado anímico ante la existencia cuando algo funciona o no, de tal forma que no estaría de más considerar un nuevo orden social con algo más esperanzador que no sea la amenaza y el miedo.

El mundo es un horizonte personal que cada quien se fija. Éramos mortales antes del coronavirus, y lo seremos después.

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