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El Acordeón

Crónica de una epidemia


Dante Liano, escritor guatemalteco, Premio Nacional de Literatura, residente en la ciudad de Milan, Italia, nos ofrece esta crónica sobre el Covid-19 desde uno de los territorios más devastados por la epidemia. “Mientras escribo –nos dice-, de la calle no llega un solo ruido. Y lo que podría ser agradable en circunstancias normales, contribuye a dar una sensación de amenaza, de inminente peligro, de anunciada desgracia”.

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El 21 de febrero de 2020, un muchacho de 38 años entró por segunda vez a la emergencia del hospital de Codogno, situado en la provincia de Lodi, una próspera región de la Lombardía italiana, cuya capital es Milán. Codogno es una de esas pequeñas ciudades europeas, que por poco uno no llamaría un pueblo. Próspera, rica, vive de la agricultura y también de los oficios que sus habitantes ejercen en la metrópoli, a pocos kilómetros de allí. El muchacho se llama Matías y había estado dos días antes en la emergencia porque la gripe se le había complicado y sentía mucha fiebre, mucha tos y un poco de afán al respirar. Los médicos lo examinaron, le hicieron una radiografía de los pulmones y constataron que tenía una leve pulmonía viral. Lo mandaron de regreso a casa, con fuertes antibióticos y la recomendación de descansar. Los remedios no hicieron efecto y, al contrario, la situación de Matías empeoró. Por eso, regresó a las emergencias y con asombro, los médicos constataron que su situación había pasado, en poquísimo tiempo, de benigna a gravísima. Tanto que lo ingresaron al intensivo y lo tuvieron que entubar, pues ya no respiraba por sí mismo. Una de las anestesistas que lo recibió dice: “Entonces tuve una intuición. Pensé en lo imposible. Imaginé que el paciente tenía una enfermedad que se estaba difundiendo en China, pero que en Italia no había dado señales de vida: la epidemia del coronavirus”. Esa intuición motivó a los otros para hacerle el tampón faríngeo que dio resultado positivo. Era el primer caso de Covid-19 en Italia. Alarmados, los médicos sometieron a examen a todos los que habían estado en la emergencia mientras Matías había transitado por allí. Esa misma noche encontraron a 15 casos positivos. Al día siguiente, al buscar entre los amigos y parientes de Matías, los contagiados eran 100. Una semana después, eran mil. Con esa progresión, un mes después, los afectados por el virus eran 50 mil, con un diez por ciento de casos mortales. Lo que había comenzado como un evento casual se había convertido en una epidemia imparable, con consecuencias catastróficas.

Las primeras medidas tomadas por el gobierno italiano seguían, en su mayor parte, la del gobierno chino, que por esa época combatía con vigor la epidemia en la ciudad de Wuhan, situada en la región de Hubei. Consistían en poner en cuarentena los focos de la infección, con la prohibición a los habitantes de las “zonas rojas”, de salir de su casa, si no para ir a la farmacia o al supermercado. El resto de tiendas fueron obligadas a cerrar. Naturalmente, hubo algunos listos que, aprovechando el laberinto de carreteras, caminos de terracería e incluso de senderos que la policía no podía controlar, violaron la prohibición. Hubo quien se tomó vacaciones y se fue a esquiar, llevando consigo el virus de la epidemia. Uno de los grandes problemas que las autoridades sanitarias han encontrado es que una gran cantidad de personas se contagian, pero no sienten ningún síntoma, y andan por ahí contagiando a los demás. De todas formas, las severas medidas restrictivas dieron resultado y el cierre total del sistema productivo contuvo la catástrofe en Codogno y zonas limítrofes.

Sin embargo, los pocos casos en que alguno salió de ese foco fueron fatales. El contagio se extendió a toda Lombardía, especialmente a la ciudad de Milán y, en particular, a la provincia de Bérgamo y Brescia. En estas dos zonas, uno de los motores de la riqueza de toda Italia, se concentra un número impresionante de fábricas y empresas. Los patronos de esas fábricas se opusieron rotundamente a las políticas sanitarias aplicadas en la ciudad de Codogno, y al poco tiempo, esa ceguera fue causa de una auténtica hecatombe. En el momento de escribir estas líneas, la provincia de Bérgamo sigue siendo el lugar en donde más contagios se producen y en donde no se logra detener su difusión. Ya no hay tumbas en los cementerios; ya no hay ataúdes para los muertos. Como en una fábula negra, la avidez de dinero ha sido castigada severamente.

El contagio

También ha contribuido el miedo de los políticos a la clase empresarial y la conducta despreocupada de una parte de la población. Está claro que cualquier lugar en donde la gente se aglomera es un potencial foco de contagio de la epidemia. Por tanto, un paso obligado era cerrar las fábricas de productos no indispensables, además de prohibir el uso de los parques, las funciones religiosas, las actividades deportivas, el funcionamiento de escuelas y universidades. La vigorosa oposición de la Confindustria, equivalente del Cacif en Italia, evitó que esa medida se tomara, con consecuencias desastrosas. Al fin, luego de extenuantes tratativas, el gobierno autorizó el funcionamiento de algunas fábricas cuya actividad se considera indispensable. Entre paréntesis, no se ve por qué las fábricas de armas tengan que ser consideradas de tal manera. 

Por otro lado, hasta que la situación no se volvió evidentemente catastrófica, muchos ciudadanos se comportaron en forma egoísta e irresponsable. En Milán, una semana después de declarada la emergencia, todos los restaurantes, cafés y bares estaban llenos de gente que bebía el aperitivo.  Otros, con la excusa de que sacar a pasear al perro era necesario, hacían largos paseos por la ciudad. Hubo quienes no renunciaron a su jogging cotidiano. El colmo fue cuando se filtró la noticia de que iban a obligar a los habitantes de la Lombardía a la cuarentena. La noche antes de que entrara en vigor el decreto, los trenes con dirección al sur se abarrotaron de gente que regresaba a su lugar de origen, sin importarles si llevaban consigo el virus para infectar a sus familiares. Por suerte para ellos, hasta ahora la epidemia sigue concentrada en el norte de Italia. 

La epidemia estalló también en la región del Véneto, al parecer por algunos que habían estado en Lombardía y habían transportado el virus hasta allí. En particular, el foco se desarrolló en una pequeñísima ciudad llamada Vo’ Euganei, cuyos habitantes de inmediato fueron puestos en “zona roja”. Esa vigorosa reacción del gobernador de la región circunscribió la epidemia, con óptimos resultados hasta ahora. Pues siendo un virus nuevo, la desgracia es que no hay medicamentos para curarlo, y tiene que ser el paciente, con su reserva de anticuerpos, el que lo logre debelar. Y hay quienes lo logran (un 80 por ciento) y quienes necesitan hospitalización. Ese 20 por ciento puede parecer poco, pero si se infectan muchos miles de personas, los hospitales comienzan a no darse a basto, como está sucediendo en Lombardía. Con lágrimas en los ojos, muchos médicos han declarado que tienen que escoger entre quién necesita más ser entubado para salvar la vida y quién debe ser dejado a su suerte, es decir, a la segura defunción. Los pacientes necesitados de atención son tantos que no hay suficientes médicos ni enfermeros para atenderlos. Por eso, ha causado impresión la llegada de 50 médicos cubanos, enviados por su gobierno para dar una mano a los italianos. Cuando hay necesidad, los prejuicios ideológicos se toman un descanso.

El silencio

Vivir en cuarentena es una experiencia inédita y difícil de comunicar. Lo más impresionante es el profundo silencio de una metrópoli en donde a cualquier hora se podían oír los motores de los automóviles y autobuses que circulaban por la ciudad. Mientras escribo, de la calle no llega un solo ruido. Y lo que podría ser agradable en circunstancias normales, contribuye a dar una sensación de amenaza, de inminente peligro, de anunciada desgracia. Cada día que uno se levanta, comprueba que no ha sido contagiado; lo mismo, cada noche que se acuesta. Un día más ha pasado sin malas noticias. Pero eso no garantiza el día siguiente. Subterráneo, el miedo corre por los caminos del cerebro y se libera por las noches, mientras el sueño agitado desvela monstruos e íncubos.

Si hay necesidad de hacer la compra en el supermercado, hay que prepararse a esperar de una hora a dos, separado de las otras gentes al menos dos metros. Hay quien mantiene una distancia de cinco metros. Al entrar, no todo lo que uno esperaba comprar se encuentra. El símbolo de todo es la escasez de papel higiénico. Algunos estantes han sido arrasados por los primeros compradores. Y es difícil, en el interior del recinto, guardar los dos metros entre persona y persona. La mayor parte circula con guantes y mascarilla. No todos, porque las mascarillas han desaparecido hasta en los hospitales. Y se pueden comprar en línea, sí, a 80 euros cada una. Hay también ventas de alimentos en línea, con precios quintuplicados.  Y cada salida de casa inicia otra cuarentena de 15 días. Porque nunca se sabe.

La cuarentena obliga que se sigan las actividades cotidianas por vía telemática. Así, las clases se imparten en línea, a través de plataformas digitales de cada escuela y universidad. Puesto que no hay estudiante que soporte una hora de clase por video, el acuerdo es que cada 20 minutos de video equivalen a una hora de clase. Todas las reuniones son telemáticas, cada quien en su casa. Y así, se sigue fingiendo una normalidad que no existe. Porque nadie sabe cuándo va a terminar esta emergencia y cómo va a terminar. ¿Podremos salir a la calle libremente a finales de abril? No se sabe. ¿A finales de mayo? El semestre de clases se perdió. ¿Cómo hacer los exámenes?

Salir a la calle es salir al desierto. De vez en cuando, un repartidor de comida o alimentos pasa veloz y toca el timbre de una casa. Alguien saca a su perro a dar una vuelta. No hay automóviles ni autobuses. Como en las películas apocalípticas, parece que uno estuviera caminando por una ciudad en la que todos están muertos, después de una silenciosa bomba nuclear. Y, sí, están muertos, pero de miedo. En espera del más popular programa de radio y televisión de todo el país: el boletín de la Protección Civil, que todas las tardes, a las 6 enumera contagiados, muertos y recuperados. Y en espera de la noche, con sus trasgos y aparecidos.

*Los subtitulares son de la redacción de este suplemento. La más reciente novela de Dante Liano es Requiem por Teresa, publicada por el Fondo de Cultura Económica de México en 2019. 

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