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El Acordeón

Esquipulas


La Telenovela

Tuve una nana que me malcrió todo lo que pudo y le agradezco al cielo haber tenido a la Yaya cerca de mí tan maravillosas décadas, hasta el momento en que ella escogió irse de este mundo y entrar en otro mejor. Y aunque mamá cocinaba normalmente a la española, lo que es una delicia, la Yaya me fue haciendo entrar en el mundo de la cocina del Oriente del país. Había nacido en Sanarate, a donde fuimos infinidad de veces ella y yo, en tren. Cuando el tren funcionaba y era una aventura atravesar los túneles que encontrábamos en el camino.

Regresemos: cuando cumplí poco más del año me dio una tifoidea de campeonato. En aquel tiempo Fleming ya había descubierto la penicilina desde hacía tiempo. Pero no se comercializaba. Por lo tanto, pasé cuarenta días con fiebres de más de 40 grados, que me bajaban sumergiéndome en agua con hielo. El método resultó en el caso de la tifoidea, pero con una coda no deseada: me dio neumonía. Fueron tres meses los que estuve muy enferma. Entre la vida y la muerte decía mamá. 

Mamá pasó ese tiempo durmiendo en mi habitación en un sofá. La Yaya llevó un colchón a los pies de mi cama y ambas mujeres hicieron guardia para que no se escurriera entre ellas, y su cariño por mí, la muerte. Al final, hecha un fideo, aprendí a caminar nuevamente, y mi madre y la Yaya me sacaban al jardín muy bien cubierta, con camisetas de lana que el médico había ordenado.

Cuando acababa de cumplir los cuatro años, la Yaya le soltó a la familia de mamá –reunida en la casa de los abuelos, recién estrenada en Tívoli– que le había hecho una promesa al Señor de Esquipulas: que iríamos en peregrinación a visitarlo por haberme concedido el milagro de seguir con vida.

La Navidad recién había pasado, y el tiempo era frío, ir al calor era atractivo. Mi abuelo Aurelio dijo: “No se hable más. ¿Quiénes se apuntan a la peregrinación?”. 

Mis padres, los abuelos, la Yaya y yo, en el primer taxi, el del chofer a quien el abuelo llamaba Guerrita. Aquellos taxis antiguos, con butacas abatibles entre la primera y segunda fila de asientos normales. Mis tíos y sus novias –los abuelos se habían hecho responsables por ellas ante sus padres– en el taxi del cuñado de Guerrita.

No estoy segura de cuánto tiempo se invierte en estos días en ir por carretera a Esquipulas. Pero en los años cuarenta, aquello era una verdadera expedición. Se salía temprano en la mañana, se hacía un alto al anochecer en Chiquimula. Aquella vez, cenamos y pasamos la noche en el único hotel de la ciudad. Ahí, por primera y única vez, comí una tortilla de pescado seco. Jamás olvidaré ese sabor y aunque innumerables veces he pedido a algunos amigos orientales que me consigan la receta, jamás he vuelto a comer una parecida.

Muy temprano en la mañana del día siguiente seguimos aquel camino de tierra, con las curvas y los ganchos que poseen todas las carreteras del país que aún conservan el trazo de los antiguos caminos de mulas. Mi abuelo nos ilustraba sobre cómo había sido el Corregimiento de Chiquimula de la Sierra. Todo el mundo se quejaba de las curvas y ganchos del camino. Esa carretera me curó de espanto. No me mareo en artefacto alguno.

Habíamos atravesado Quezaltepeque, donde el abuelo cambió su exposición sobre los chortís para contarnos que esa población estaba equidistante de Copán, en Honduras, y Mitlán, en México. De pronto el abuelo calló y Guerrita paró el automóvil. Estábamos en lo más alto de una montaña. De la cumbre, largo y estirado como culebra bajo el sol, se abría un camino entre dos filas idénticas de ranchos de adobe y techos pajizos.

Al final de esa senda que seguía la trayectoria de una flecha, se alzaba inmensa y señorial la iglesia de Esquipulas, la basílica de Esquipulas, con sus altas torres y fachada cubiertas de estuco. Brillaba, aquel edificio, como si hubiera estado formado por lenguas de fuego. Jamás he visto algo semejante. Nadie se atrevió a romper el silencio del lugar, hasta que el otro automóvil nos obligó a bajar por el sendero prodigioso. Para la niña de cuatro años Esquipulas fue un centro mágico.

De la Esquipulas de nuestros días, a la que se entra por un costado, plagada de comercios, hoteles, casas de lenocinio y más turistas que peregrinos, no vale la pena hablar. Aquí en mi corazón y mi memoria hay un inmenso templo al final de un camino de tierra donde espera un crucificado moreno que otorgó el milagro de la vida a la niña de un año que fui hace largo tiempo.

 

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