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El Acordeón

El premio postergado


Luis Eduardo Rivera recibirá el Premio Nacional de Literatura 2019 el próximo martes 22 de octubre, a las 10:00 horas, en el Salón de Recepciones del Palacio Nacional de la Cultura

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Alguien podría conjeturar que escribo estas líneas celebrativas porque soy un amigo cercano de Luis Eduardo Rivera. Puedo objetar, a tal conjetura, que no hay tal conjetura, sino que responde a la verdad: escribo estas líneas celebrativas porque soy un amigo cercano de Luis Eduardo Rivera. Como suele suceder con amistades que llevan una vida, esto no quiere decir que nos pasemos el tiempo tejiendo panegíricos uno del otro. Con frecuencia, reconocemos lealmente los defectos del amigo. Estoy seguro que Luis Eduardo ha compilado una larga lista de mis carencias visibles e invisibles, así como yo tengo también la mía. Digamos una: el poeta es bravo, en el sentido guatemalteco. Cascarrabias y peleón, se ha edificado una no indiferente legión de adversarios. Es una de las razones por las que recibe, tan tarde, el Premio Nacional de Literatura. Parécese, en eso, al otro amigo de esos que se suelen encasillar bajo el vago adjetivo de entrañables. Hablo de Enrique Noriega, llamado Quique, para distinguirlo de su egregio progenitor. Quique es peor, pues su severo juicio estético no contempla la humana virtud de la compasión. Cuanto Quique considera desnivelado, adquiere adjetivos fecales, sentenciosos y definitivos. Y como, bíblicamente, son muchos los llamados y pocos los escogidos, el machete de Quique ciega a cuanto alumbrado aparece por allí.

Debo a ambos amigos una defensa enérgica durante los años de la juventud, cuando estudiábamos todos en la Universidad de San Carlos, y ambos amigos despotricaban contra profesores y alumnos. En cierto sentido, tenían razón, pues quien quisiera mejorar su calidad literaria estudiando Letras en la universidad equivocaba flecha y blanco. ¿Por qué nadie nos explicó que en la Universidad no hay cabida para los creadores, porque es nido de estudiosos? Y aquellos, que querían ser poetas y nada más que poetas, encabronábanse máximamente cuando escuchaban largas clases de análisis estilístico y, en el mejor de los casos, disecciones estructuralistas. He dicho que debo a Quique y Luis Eduardo una generosa defensa: en el grupo del Bolo Flores se hablaba muy mal de los académicos, y puesto que yo estudiaba con disciplina y ahínco, el anatema floreal había caído sobre mi persona. Como Pepe Estrada, mis amigos trataban de explicar un hecho bastante sencillo. A mí me gustaba estudiar porque me gustaba saber. ¿Hay cosa más lineal en el mundo? No en Guatemala, donde el cerrero machismo calificaba a los buenos estudiantes como maricones, porque los verdaderos hombres no estudiaban. Era la herencia del liberacionismo, del triunfo de la mentalidad militar sobre la mentalidad civil, en 1954, y algunos intelectuales de izquierda la habían adoptado inconscientemente. ¿Qué diferencia podía haber entre un poeta peleón, borrachín y desmadrado con un militar peleón, borrachín y desmadrado? 

Al Bolo Flores, Luis Eduardo debe una enseñanza: el deseo de ser poeta por sobre todas la cosas. Según esa mentalidad un poeta puede ser plomero, carpintero, guachimán o cuidador de carros, pero ninguna de esas profesiones supera la verdadera a la que ha consagrado la vida: ser un poeta. Y así lo hizo Luis Eduardo. Se largó de Guatemala en cuanto pudo, porque ser poeta a tiempo completo en Guatemala es condenarse al oprobio, la miseria y el escarnio. Como todos, Luis Eduardo quería vivir en París, que soñábamos (con tanta equivocación) como la patria del arte. Ya el mismo Bolo advertía: “Si vas a ir a París a morirte de hambre, a ver qué desperdicios hay en la basura para poder comer, mejor quedate en tu casa”. Decidió pasar por México, en donde se quedó diez años. Allí, siguió escribiendo poesía, mientras escribía reseñas alimenticias o traducciones de sobrevivencia. 

¿Debo decir lo ya dicho en otras páginas? En su poesía guatemalteca y en la poesía mexicana, Luis Eduardo Rivera le da caravuelta a la tradición poética guatemalteca, junto con sus compinches Ana María Rodas y el mentado Quique. Rivera explora la poesía erótica e intimista cuando la moda imponía la poesía social. Nada había de malo en escribir la necesaria poesía comprometida, hay quien lo hizo magistralmente. Pero la exploración del universo íntimo de los amantes, las hipocresías, la desolación de los cuartos de hoteles de paso, la herida del abandono, el cinismo del puro sexo, está dicho con palabras nítidas, nuevas, meridianas, lejos del nerudianismo declamatorio o de la fisionomía vallejiana. Hay originalidad en esa voz sincera y angustiada, como complejos eran los avatares amorosos del poeta. Por esa poesía de rompimiento e inauguración, Rivera hubiera merecido el Premio Nacional de Literatura hace ya muchos años. No nos rebajemos a considerar la razones de ese lapsus deseado y deliberado. 

Lo cierto es que hoy podemos celebrar un Premio Nacional justamente otorgado, a un poeta que no ha transigido en su obsesión de ser poeta y nada más. Con una cierta cursilería, que no les faltaba, los modernistas se llamaban a sí mismos “poetísimos”. Y bueno, cómo llamar a uno que se ha fajado toda la vida con las palabras y con la literatura, un hombre de infinitas lecturas, y que no se ha sentido disminuido si para mantener esa pasión ha ejercido oficios que un burgués no aceptaría. De su oficio de portero de noche en un hotel ha escrito una joya narrativa: Velador de noche, nunca bien celebrada. Y de su reprobable vagabundez ha atesorado una cultura exquisita, maniática, obsesiva, de comprador y lector compulsivo de volúmenes, de rastreador de librerías de viejo, de coleccionista de obras perdidas. 

Que Luis Eduardo Rivera se merece el Premio Nacional de Literatura lo sabemos todos. Que es una gran injusticia haber tardado tanto en dárselo, también lo sabemos. Que vamos a celebrar como se debe ese tardío reconocimiento, no lo dude nadie. Y eso a pesar de que somos amigos, y lo que es peor, amigos guatemaltecos.

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