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El Acordeón

Ensoñaciones y prodigios de las Yndias Occidentales


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Los seres humanos viajamos por la vida atados a nuestra conciencia. Igual que en el mito Sísifo, caminamos con un peñasco colgado a nuestra espalda. Nos acompañan también –desde la cuna a la tumba– los cuentos de la infancia, agriados con el discurrir de los años y el contacto directo con la realidad. Un día milagroso de 1513, Vasco Núñez de Balboa, adelantado en las tierras de Panamá, alzó la vista desde un acantilado de la sierra del Darién. De esta forma avistó por primera vez el Pacífico: un inesperado océano de agua salada que se prolongaba hacia el infinito. El hallazgo certificaba un aciago fracaso (el de Colón, el almirante de la capa raída) pero, al mismo tiempo, renovaba la esperanza de lograr un sueño antiguo: alcanzar la China de Marco Polo, legendario asiento de la especiería y residencia de todos los prodigios y maravillas que imaginarse pudieran.

Esto es lo que cuenta la historia. Lo que no relatan todos los libros, especialmente aquellos dedicados a enaltecer la biografía de los conquistadores, ese atajo de hombres encabronados en busca de oro, riquezas y honores, es la contradicción capital del Descubrimiento: ¿Por qué diablos los castellanos creían que el Nuevo Mundo era una tierra de abundancia y promisión si nunca la habían pisado? Se sabe que anduvieron mucho tiempo perdidos y que buscando Cipango terminaron en las Antillas. Sin embargo, de semejante error no surge ni la esperanza ni la decisión de continuar un viaje hacia lo desconocido. Más bien, al contrario. Podía haber sido perfectamente un motivo para la renuncia.

La causa de que las conquistas continuaran en el tiempo y en el espacio la explica excepcionalmente Juan Gil, catedrático de Latín de la Universidad de Sevilla y académico de la Lengua, en una obra magna Mitos y utopías del Descubrimiento.
Se trata de una obra capital –para los historiadores– y colosal, dada su ambición. Sus tres tomos atesoran una prosa culta y clara –de estirpe clásica– que relata el caudal de ensoñaciones, fantasías, mitos e ideas legendarias vinculadas al episodio colombino y a otros prodigios de ultramar. Creencias que navegan desde lo filosófico a lo religioso, y que articularon el imaginario de los hombres de fortuna embarcados en dirección a Poniente. Gil ha escrito una historia cultural sobre las creencias de esos seres crueles que algunos consideran héroes y otros villanos, como si entre ambas categorías existiesen diferencias.

De su libro, que reúne una investigación de más de una década, comenzada al rastrear la huella de los mitos clásicos en la cultura occidental, sobresalen algunas tesis deslumbrantes. La primera es que los españoles que arribaron a las Indias interpretaron el viaje –antes, durante y después– en función de un sistema de creencias cuyo origen remite al Mundo Antiguo y que, en función de las circunstancias, y los inevitables desmentidos de la realidad, va modificándose, adaptándose y transformándose, alimentando constantemente una ensoñación colectiva –la de los hombres del siglo XVI– que reelabora arquetipos surgidos en la Grecia clásica, en Roma y en la Palestina judía.

Todos se extrapolan al Atlántico, más tarde saltan al Pacífico (el segundo descubrimiento, donde Colón se reencarna en Magallanes y Elcano) y, en el interludio entre ambos territorios, toman asiento en la Tierra Firme que discurre desde Estados Unidos (California, Texas, Florida) hasta los confines australes. Es la geografía difusa de El Dorado, origen de las alucinaciones que impulsaron a los conquistadores, confundieron a los Reyes de España y provocaron la frustración de quienes buscaban –en vano– un paraíso que sólo habitaba en su cabeza. Dentro de este constructo legendario, formado por mitología antigua, leyendas medievales y dogmas iniciáticos –como la búsqueda de Ofir, donde la tradición sitúa las minas del Rey Salomón de las que salió el oro del Templo de Jerusalén– opera, mucho antes de que fuera concebida, la fantasía de los cuentos de Borges. Es la ficción la que, a través de la mente de los hombres, irrumpe en lo real, modificándolo para siempre.

Los conquistadores procedían de un mundo anterior al universo moderno, con sus propios códigos, sus bestiarios (pigmeos, gigantes, hombres con un único ojo, amazonas aguerridas– y sus devocionarios, aunque fuera bajo la forma de los libros de caballería). Con estas referencias no es de extrañar que los charlatanes, asesinos, aventureros y místicos de la Castilla de ese tiempo persiguieran (hasta su extinción) la gloria material, pero tambiézn el reconocimiento moral.
América fue una larga carrera en busca de la fama, aunque la historia de bastantes de sus personajes haya sido olvidada en un quicio lejano de la historia. Los héroes mayores del Descubrimiento han sido vilipendiados; los menores, ignorados. Pero, más allá de sus odiseas, la panorámica general de su aventura descubre cómo los mitos sobreviven al tiempo y tienen una utilidad. Las fantasías americanas, según Gil, dieron cohesión referencial a aquella caterva de aventureros; permitieron mantener un imperio cuya vida cotidiana se caracterizaba, salvo excepciones, por la penuria, y ayudaron también a enfrentarse a la muerte.

Todos los conquistadores, sin excepción, leyeron el Nuevo Mundo desde esta óptica legendaria. Si la realidad, como le ocurrió desde el comienzo a Colón, desmentía sus augurios, taponaban el desajuste con más mitos inventados que apaciguasen su desesperación y calmasen a su patrocinadores, inquietos cuando recibían el magro informe de sus tesoreros, en el que se certificaba que al otro lado del océano las maravillas eran supuestas, no tangibles. Gil describe al detalle el proceso mediante el cual estos mitos se reconfiguran a las necesidades de las nuevas latitudes. Así, las leyendas del Mediterráneo viajan hacia Occidente en una expedición paralela a la física.

El libro huye del ditirambo y del libelo, situándose en un inteligente punto intermedio desde el que se observa, sin odio ni drama, cómo el Mundo Antiguo y sus símbolos, anhelos y decepciones, condensados en las mitologías, adquieren la condición de ecuménicos. Las élites los interpretaban desde un punto de vista espiritual; el vulgo, en cambio, profesaba sin decoro la crudeza materialista. Tiene toda la lógica: el oro era entonces (y también ahora) la única salida de la cárcel estamental donde su nacimiento les había confinado.

Resulta, por tanto, ingenuo pedirle a los descubridores una actitud científica siglo y medio antes de que Descartes publicase su Discurso del Método. O censurar su violencia natural, inherente a cualquier guerra de frontera, olvidando que España fue la única nación de su tiempo –y en los siglos venideros– capaz de cuestionar su propia conquista. Las expediciones a Poniente ayudaron a extender esta gavilla de mitos, instalándolos en la geografía –véase el origen del término California– y manteniéndolos vivos, demostrando que la literatura fantástica no es un ejercicio inocente, sino una forma distinta de mirar el mundo del revés. Porque solo vemos aquello que ya llevamos previamente dentro.

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