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El Acordeón

La avalancha nos entierra


Recuerdo haber leído, hace ya mucho tiempo, que la corrupción es como una bola de nieve: una vez que comienza a rodar, tiende a crecer. Había abierto un libro –que más tarde supe que estaba dedicado a los aforismos– de un autor de apellido Colton. Era todavía niña pero desde pequeña me metía a la biblioteca de casa y en cuanto hallaba un libro que me llamaba la atención, me sentaba en la alfombra y trataba de encontrar la historia que había adentro, el sentido que tenía. Qué significaba aquello.

Corrí a preguntarle a mamá –papá debe haber estado reporteando o escribiendo ya en El Imparcial –qué era eso de la corrupción y por qué el autor la asociaba con la nieve, aquella desconocida que tanto anhelaba encontrar.

Mamá me explicó que una bola de nieve, si se tira por la ladera de una colina, va recogiendo sobre sí misma más nieve, más nieve, y que de esa manera suelen formarse incluso las avalanchas que logran enterrar a pueblos enteros, cayendo sobre ellos, haciendo desaparecer –con el peso acumulado de la inmensidad de la nieve y los trozos de hielo que la han acompañado colina abajo– todas las casas de algún desdichado pueblo que se hallaba en su camino

Aprendí entonces los alcances de una avalancha, pero como en Guatemala teníamos un clima delicioso y solamente en los días más fríos del año se formaban coronas de hielo alrededor de los picos de los volcanes, suceso que desaparecía inmediatamente cuando se alzaba el sol, no sentí miedo alguno de ser víctima de una avalancha.

Años más tarde, cuando reporteaba en el Palacio Nacional, que fue durante décadas el sitio al que acudía diariamente en busca de noticias, y estando en el despacho del ministro de Economía de entonces, entró un señor bajito, de pelo canoso, flaco y medio nervioso, con un attaché color castaño en la mano.

El ministro se disculpó conmigo y me pidió que le permitiera hablar cinco minutos con el visitante, antes de seguir con el tema por el cual había entrado yo.

Salí del despacho y me senté en una de las sillas dispuestas en la antesala. Poco más de los cinco minutos propuestos por el ministro, el señor bajito y canoso –a quien reconocía como representante de un grupo explotador de tierras en la costa del Pacífico– salió del despacho, pero ya no llevaba el attaché castaño que lo acompañaba al entrar.

Por la tarde el ministro de Economía convocó a una rueda de prensa para la mañana siguiente. Llegamos los periodistas y el ministro, con rostro compungido, nos explicó las razones nacionales e internacionales por las cuales la libra de azúcar había subido cinco centavos dentro de Guatemala.

Cinco centavos de los años 70, de valor muy superior al que esos cinco centavos tienen ahora. Y el azúcar de exportación continuó costando exactamente lo mismo que costaba el día anterior. Cuando el señor bajito, canoso y nervioso se había dejado el attaché en el despacho ministerial.

No era la primera vez que me enteraba de las maromas de los representantes de lo que entonces llamábamos los ricos y ahora, suelto el perro ya, les aplicamos el término adecuado: oligarcas.

La bola de nieve proverbial rodaba y rodaba ladera abajo y aunque nos enterábamos de ciertos destrozos que causaba en su camino infame, no fue, sino hasta que el tercer comisionado de la CICIG y la ex Fiscal General, que ahora es candidata a la presidencia nos abrieron los ojos en aquellos días que llamamos Los jueves de CICIG, que nos enteramos por qué nos hemos vuelto tantísimo más pobres, por qué no hay escuelas, por qué no hay medicamentos en los hospitales, por qué ha aumentado el número de niños que mueren de desnutrición.

Esas cositas que parecieran entretener a los periodistas y darles material para escribir notas que –bueno es que se sepa también– a veces se publican y a veces no. Quién sabe por qué.

El techo de los guatemaltecos, o mejor dicho, sus tristes restos, se vinieron abajo en esta semana. El hijo del señor que por poco fallece cuando salió a relucir el nombre La Caja de Pandora y cuya madre sigue mamando de la Municipalidad, vio con desprecio a los periodistas y les espetó la única frase por la que pasará a la historia: “La CIDH, ¿qué es eso?”, dijo y desapareció.

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