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El Acordeón

Mi cabello


Mis abuelos del lado de mi madre tenían el cabello largo, lejanamente recuerdo al bisabuelo: su cabello blanco se lo enrollaba alrededor de la coronilla y ponía su sombrero sobre aquel manojo canado. Mi madre quería que yo siguiera con la tradición de los abuelos. Había algunas razones para tener el cabello largo: evitaba que uno fuera tartamudo y los espantos no lo molestaban. Mi mamá me trenzaba, dos trenzas porque mi cabello era abundante, esto duró hasta que cumplí siete años. Por aquel entonces los maestros salían de casa en casa reclutando niños de edad escolar y quienes se rehusaran llevar a sus hijos a la escuela los ponían en la cárcel. A pesar de esa advertencia muchos padres escondían a sus hijos en pozos secos, en ollas grandes o en la copa de los árboles. La escuela no era bien vista por los ancianos, temían que fuera un lugar “donde les abrirían los ojos y los oídos a los niños y que poco a poco irían perdiendo el respeto a sus mayores”. (Al paso de cómo van las cosas me pregunto si no tendría algo de profético el temor de los abuelos).

En fin, los maestros aparecieron detrás de la casa y me echaron el ojo, así que no hubo escapatoria, yo tenía mucho miedo pero mi padre me dio ánimos para ir. Y me llevaron para inscribirme, y aquí el primer problema: el director de la escuela dijo que no me inscribirían en la escuela de varones sino en la de niñas, mis padres insistían en que yo era varón, pero la dirección dijo que no inscribirían a alguien que no parecía hombre, por lo que por primera vez me cortaron el pelo. Mi madre lloró mucho y guardó mis trenzas entre su almohada.

Pasaron los años de la escuela primaria, cuando yo andaba por los diez y siete años mi cabello era ya bastante largo, mi madre estaba contenta porque según ella me parecía mucho al abuelo.

Por ese entonces el Ejército reclutaba a los muchachos de mi edad para llevárselos al cuartel, se llamaba sarcásticamente servicio voluntario de milicia (aquello era una cacería criminal), y todo aquel que tuviera el cabello largo era seña de que no había prestado servicio militar; y aunque yo no debía hacerlo por impedimento físico, los militares me obligaron a cortármelo porque según ellos yo era un amujerado, y que si no me lo cortaba por mi cuenta que ellos lo harían porque los machos tienen que parecer hombres. Muy en contra de mi voluntad tuve que visitar otra vez al barbero.

Pasaron seis u ocho años y el pelo inevitablemente me volvió a crecer. Por esos años la guerra interna del país se intensificó y yo tuve que abandonar mi pueblo e ir a la ciudad en busca de trabajo, lo que fuera: barrendero, sirviente, cargador; cualquier trabajo porque yo no era (ni soy) calificado en nada. No me daban trabajo por peludo, que así parecía vago, charamilero, y que tenía cara de baboso. No tuve más remedio que cortármelo.

Después de trabajar diez años en la ciudad, dejé de ser obrero y regresé a mi pueblo y volví a dejarme crecer el pelo. Por esos días se publicó mi primer libro de poemas y aparecieron por primeras vez fotografías mías en los periódicos y aunque parezca broma, algunos críticos de literatura guatemalteca saltaron de su sillón, dijeron que yo me había dejado crecer el pelo para caerles bien a los europeos, para venderme como apache, como sioux, que parecía hippie, etcétera (la prensa guarda en sus páginas esos insólitos artículos).

Y hoy que finalmente puedo disfrutar de mi cabello y tenerlo como me dé la gana, no solo ya no me crece sino que se me comienza a caer.

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