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El Acordeón

Paquita


La Telenovela

Haroldo extendió su mano y en ella venía un libro en cuya portada —impresa en diversos tonos de sepia, a partir del casi blanco hasta el más oscuro, en la esquina superior izquierda—  destacaba la fotografía de una hermosa mujer que desde su juvenil sonrisa veía hacia arriba, hacia algún lugar del cielo. Ese espacio estelar donde se encuentran todos los sueños que una joven va a ir bajando poco a poco, a lo largo de su vida, volviéndolos realidad.

Me quedé sorprendida, muy gratamente sorprendida con la fotografía de Paquita.

Paquita, el epítome de la belleza de las mujeres guatemaltecas que se encuentran enraizadas en nuestra tierra. Que justamente porque tienen sus pies firmes sobre nuestro suelo, están destinadas a ser ejemplares, con el mejor sentido que tiene la palabra ejemplo: como criaturas que están en ese interregno maravilloso que se halla a mitad de camino entre la adolescencia y la primerísima juventud, y que a lo largo de su existencia serán un ejemplo para la familia, para los amigos, para los conocidos y vecinos.

Partió Haroldo a sus quehaceres habituales dejándome el tesoro que había depositado en mis manos.

Un libro de poco más de cien páginas que, hasta el momento, no he podido descifrar cómo ha podido guardar entre ellas tanta vida.

Ya no recuerdo las cosas que tenía que hacer en aquel momento en que la existencia de Paquita, de Haroldo, de sus hermanos y amigos cayó de pronto entre mis manos.

Pero apenas abrí el libro, olvidé todo y me quedé prendida a la seducción del volumen. Comencé a leerlo y ya no pude dejar aquella composición inesperada.

Sabía, por supuesto, que Haroldo era escritor. Que su vida no se reducía al metódico levantarse, realizar las tareas matinales que todo padre lleva a cabo en su vida mientras los hijos crecen y se van de la casa, para enfilar luego hacia el trabajo y ayudar a las personas que, como yo, carecen de cierto sentido para hacer cuentas, llenar formularios, y quedar en condición de transparencia

frente a las entidades gubernativas encargadas de contarnos  las costillas

financieras.

La realidad es que, hace ya suficientes años, cuando lo visité la primera vez en su despacho en la zona central de la ciudad, lo primero que hizo fue mostrarme la colección completa del suplemento cultural al que hace 23 años le pusimos nombre: El Acordeón, que Luis Aceituno ha dirigido desde entonces.

Me sorprendió que un profesional de las ciencias económicas y financieras tuviera tanto amor por la cultura que, en una vitrina que bien podría haber sido utilizada para carpetas y libros de cuentas —de esos que la mayoría de los mortales desconocemos tanto— guardara aquella colección de noticias culturales, fotografías, escritos y columnas de Guatemala, de todo el mundo.

Así empezó nuestra amistad hace alrededor de 20 años.

Jamás me he arrepentido de haber entrado a aquel despacho del profesional cuyo auxilio necesitaba y que fue transformándose poco a poco en amigo y colega, cuyos libros guardo en casa con todo cariño.

Para nadie es un secreto que hemos compartido tareas, no precisamente contables, sino culturales, en diversos momentos de esos casi 20 años.

Y que fuera de los recintos por donde hemos pasado, la amistad se ha ido solidificando.

Pero el libro, Paquita, terminó sellando la amistad. Porque Haroldo, embebido en el inmenso cariño que tiene por su madre, no solo nos habla de ella, de su vida desde niña, nos habla de él mismo. De esa unión entre madre e hijo, que abarca el tiempo en que Paquita lo llevó en el vientre y luego lo dio a luz para corretear tras él, como hace cualquier madre.  Y todos los años transcurridos cerca de su madre, contados con tanta armonía, nos hablan de su bondad como ser humano.

La adhesión de Haroldo a Paquita, a sus hermanos y luego a sus propios hijos recorre entera las páginas del libro desde el momento en que una niña vino al mundo en Ciudad Vieja. Esa ciudad tan conocida por los guatemaltecos, aún por quienes jamás han estado en sus calles y la interpretan solo por el relato colonial.

Sí, el libro tiene apenas poco más de 100 páginas, Pero es una inmensa tarea de afecto que bien puede servirnos de ejemplo.

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