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El Acordeón

¿…Hay algo capaz de guiar al poder…?


Cada época ha tenido sus motivaciones, aunque lo realmente interesante es que estas motivaciones dichas en plural acaso sean, en el fondo, una sola, lo diferente es la letra, el estilo, la caligrafía.

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Lo más seguro es que cualquier cosa que tenga que ver con el poder tenga como horizonte final y como telón de fondo a la justicia; y hay que ver que ella ha sido un asunto oscuro, lo que se dice: algo difícil de definir; desde la antigüedad ha persistido así, basta recordar la poesía trágica de los griegos y, desde luego, también la obra de Platón.

Alguien ha dicho: si la justicia es oscura es porque la injusticia debe ser clara, lo cual suena razonable y consecuente, sobre todo si se piensa en algo evidente: que la injusticia ha sido mucho más frecuente que la justicia; si es obvio que lo más claro y lo más frecuente es lo más visible, será porque la argumentación anterior tiene alguna razón: la justicia al ser oscura lo es porque es rara, remota, poco frecuente.

En todo caso, si los griegos gravitan de alguna forma y si somos sus herederos en alguna medida, bien puede ser porque la preocupación que ellos mantuvieron por la justicia llega hasta nosotros, y porque nuestras comunidades modernas conservan algo de lo que, como justicia, guío las de ellos; sin embargo para que la justicia busque su realización siempre ha sido preciso transitar por algunos asuntos que, entre otros y quizá como los principales, pueden ser: la relación entre la cultura y el pueblo, las relaciones de los intelectuales y la masa y, derivado de ello, los procesos de formación del Estado.

Asuntos teóricos que siempre han estado ligados a los procesos históricos: temas que van dejando atrás sus cómodos puestos abstractos para ir aterrizando en el mundo concreto y, así al fin, ir dando forma a procesos y objetivos políticos; ahora bien, estos procesos pueden estar guiados constantemente por una especie de ritmo, por una suerte de cadencia marcada por eso que podría llamarse: una voz hegemónica que, por lo demás, tampoco es algo fácil de definir.

El tema de la hegemonía es complicado porque involucra, antes que asuntos actuales y actos propiamente dichos, cosas de mentalidad, de modo que para hablar de este asunto hay que partir de que el hombre, por el solo y único hecho de serlo, de poseer un lenguaje, de participar de un cierto sentido común, de estar adherido poco o mucho a una religión, así sea de la forma más simple y popular, ya es dueño de un pensamiento que lo relaciona a una extensa esfera de vida cultural; de tal forma, resulta elemental que cada hombre, por el solo hecho de que habla, lee o escribe, posee ya una concepción del mundo, sea cual sea, porque el lenguaje desde siempre, desde su estado embrionario ya es eso mismo: una concepción del mundo, un esfuerzo por nombrarlo, por caracterizarlo, por determinarlo.

De lo que se trata, francamente, es de un proceso de formación de la consciencia y, por lo tanto, de la formación de algo que le permite al hombre participar, de forma crítica o no, en la construcción de un escenario para su vida; sin embargo, el hombre no vive aislado, entonces, así es como este proceso de formación deviene en eso que suele llamarse: un proceso social.

Un ejemplo claro de lo anterior es la iglesia que ha formado durante siglos la consciencia de los hombres, claramente, a diversos niveles: desde un libro tan elemental como fundamental conocido como el catecismo, elaborado con una extrema sapiencia pedagógica porque ha estado destinado a imprimir una concepción de las cosas a la consciencia humana en su periodo más tierno; lo cual no ha sido impedimento para que, por otro lado, la iglesia siga influyendo durante épocas en las cuales ya ha quedado muy atrás la ingenuidad y la inocencia; una organización como la iglesia ha marcado la consciencia de la gente desde lo más simple e incipiente hasta lo más intelectual y trascendental, desde las primeras letras hasta las más sofisticadas exégesis de que es capaz la teología.

Desde luego, la iglesia ya no conserva esa hegemonía de la que se habla, pese a que muchos de los elementos que han crecido a su amparo siguen presentes en la consciencia del hombre.

El mundo moderno ha dado otra vuelta a la tuerca y, por ahí, guiado la dirección de la hegemonía a configurar algo que en un principio solo fue un pequeño panfleto, un libro corto y pleno de consejos a veces perversos y casi siempre prácticos, conocido como: ‘El Príncipe’; toda vez que Machiavelli hace emigrar la consciencia política hacia aires de emancipación, a su propia autonomía, obedeciendo a sus propias leyes que, para él, ya no pueden derivar de la moral tradicional y trascendental, y según la cual el fin ya no es la salvación del alma individual del hombre, sino la salvación de la moderna colectividad estatal. “É piu importante essere temuto ch’essere amato” dice uno de tantos de aquellos consejos dictados al Príncipe.

Podría entenderse que para Machiavelli, el Príncipe ya no es un simple individuo, que es, en cambio, la expresión y el resultado de un proceso colectivo y de una voluntad colectiva orientado a determinar y realizar un fin político.

Guatemala, así sea como parte periférica de occidente, no ha sido ajena a ese desarrollo del que aquí se ha hablado brevemente y a salto de mata, desde los griegos hasta el surgimiento del mundo moderno, claramente, todo ello ha influido sobre nosotros: la sapiencia griega, el discurso cristiano y la política moderna, han creado un carácter hegemónico que se ha mantenido casi fijo e imperturbable, al menos desde que Guatemala es un estado casi moderno y pretendidamente independiente; y no es que eso vaya a cambiar o a alterarse; aunque lo cierto es que nunca habían sucedido cosas como las que han sucedido desde el pasado dos mil quince, como si algo anunciase, si no cambios sustanciales, sí que aparecen algunas nuevas posturas y convencimientos, convicciones y replanteamientos.

Cada época ha tenido sus motivaciones, aunque lo realmente interesante es que estas motivaciones dichas en plural acaso sean, en el fondo, una sola, lo diferente es la letra, el estilo, la caligrafía, porque en lo que hemos querido creer es que, al gobernarnos, al darnos un gobierno, lo hemos hecho suponiendo o confiando en que tenemos un acceso a lo absoluto: ya sea porque un Dios se cierne sobre nosotros, o bien porque somos sujetos históricos inseparables de un devenir absoluto, o bien porque lo sensible que nos diseña y nos urde tiende hacia un más allá de nosotros mismos como individuos.

Guatemala parece estar atravesando por un parto largo y doloroso, en el que todo su cuerpo se resiente; que el bebé viva o nazca muerto es lo que está en disputa y; aunque haya embajada norteamericana haciéndose cargo del trabajo de partera, el parto es nuestro y el bebé (vivo o muerto) nuestro futuro.

Hay que tratar de ser capaces de pensar que los cuerpos tienen alma y los lenguajes tienen sentido, y que todo eso pertenece a los hombres quienes, con sus vidas, llenan el tiempo de afanes, de anhelos, de una lucha por elaborar esa verdad de siempre; algo que Platón trató de hacer oír a los sordos.

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