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El Acordeón

Hasta que la muerte nos separe


La mirada del otro puede llegar a ser tan importante, como para conservarla hasta que la muerte nos separe, porque me permite ver aquello que hasta para mí ha estado oculto; habrá de durar hasta que la muerte nos separe porque funciona como si hiciese verdad una mentira o, al menos, algo inexistente.

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La fórmula es muy corta, una expresión tan solo de dos palabras: sí, acepto.

Un par de palabras se dice en un instante tan efímero como puede ser un segundo, pero puede llegar a tener un alcance que abarque toda la vida; un segundo se puede proyectar sobre todo lo que resta de una vida, sobre todo cuánto queda de una vida entera.

Esa es, justamente, la situación que se suscita cuando, frente a un altar o ante un abogado, se pronuncia la expresión: sí, acepto; un instante que dura un segundo, pero que se lanza, como un rayo de luz para iluminar o como una sombra oscurecer, sobre el resto de la vida.

Situación ante la cual la pregunta bien puede ser ¿cuál tendrá que ser la motivación para tomar o admitir o asumir semejante compromiso…?

Aunque la respuesta sea inalcanzable del todo y, a sabiendas de que la pregunta nos supera, lo más probable es que debamos empezar diciendo y admitiendo que la búsqueda del hombre por sí mismo ha sido larga, tortuosa y vacilante.

Pero antes de enfrentar ese tipo de cosas difíciles, y para comenzar por lo originario, lo fácil y lo narrativo vale la pena recordar aquella historia del primer hombre y la primera mujer, cuya vida en pareja fue puesta ventajosamente y sin merecimiento alguno en el jardín del edén, sin que nada fuese prohibido para ellos, salvo una cosa: comer del fruto de uno de los árboles del jardín; sin embargo, llegado el momento, la tentación resulta muy fuerte, hasta el punto de llegar a ser irresistible, entonces él y ella ceden ante la tentación y comen del fruto del árbol prohibido, en seguida, se dan cuenta que están desnudos y se apresuran a cubrirse, a medias, con las hojas de una higuera; luego advierten que el señor Dios, su creador, merodea cerca por el jardín, como si los buscara, por lo que corren a esconderse, hasta que Dios pregunta ¿dónde estás Adán? Él responde que se esconde porque ha sentido miedo al estar desnudo; después de un silencio, con voz profunda pero a la vez amable y gentil, Dios le dice ¿qué has hecho, Adán? A que has comido el fruto del árbol prohibido y por eso te has dado cuenta de tu desnudez; y el hombre sólo atina a decir: ha sido la mujer que me diste por compañera quien me ha dado del fruto y yo lo comí, como quien, al verse acorralado, busca transferir o diferir la culpa trasladándola a quien tiene a su lado, pese a que sea su mujer, pese a que sea aquella con quien ha de estar hasta que la muerte los separe.

La historia sigue, las preguntas de Dios siguen y el hecho es que todos los interrogados, incluso la mujer, siguen transfiriendo y difiriendo la culpa, como si buscasen evadir la responsabilidad que les toca asumir.

Pero antes de esa vuelta por la vieja historia, la pregunta era acerca de qué o cuál puede ser la motivación para tomar el compromiso que conlleva ese sí, acepto; qué puede llevar a un hombre a actuar como quien ha tomado una decisión, luego de encontrarse atrapado entre dos aguas, entre estar solo o buscar la compañía de alguien; pero, francamente, la cosa no es tan fácil como parece, este es un tema que rebasa lo obvio, de modo que la toma de partido entre permanecer solo o estar acompañado reviste algo más.

Pero ¿hasta dónde llega esto…? Si es cierto eso de que el asunto no es tan fácil, si es cierto eso de que este tema rebasa lo obvio ¿hasta dónde van a parar las cosas…? La cuestión llega hasta la definición del individuo, hasta el recuento de todo lo necesario para ser alguien ¿para ser un sujeto es necesario o prescindible el otro…? ¿se puede ser alguien sin tener otro sobre quién ver…? O bien ¿se puede ser alguien sin tener otro que vea sobre mí…?

Inevitable resulta recordar el título de la imperdible canción de George Gershwin: Someone to watch over me, una indudable clásica de nuestro tiempo.

No podría hablarse de todo esto si la idea del individuo o, para ser más específico, si la idea de sujeto moderno no estuviese tan comprometida por la tensión creada entre el ser y el parecer: simplemente porque el otro excita nuestra imaginación, pone en marcha un montón de mecanismos que abren o cierran algunas perspectivas capaces de anticipar una verdad posible y distinta, una verdad que a veces huele a promesa, a veces a arrebato, o bien a algo más suave como la intimidad.

La mirada del otro sobre alguien diseña y construye la apariencia de este que se deja ver: soy lo que quiero que veas, o bien ves lo que quisiera ser; te quiero porque nadie en el mundo me ve como tú, como si al final, más de lo que nos gusta el otro, nos gustase ser vistos de cierta forma, estamos enamorados no del otro, sino de la forma en que el otro nos ve; más de lo que nos gusta el otro, nos gustamos nosotros mismos en los ojos de alguien más.

Juego de espejos que va del deseo al reflejo y de vuelta del reflejo al deseo; el encuentro con el otro es siempre especular, porque eso de especular suena a espejo: observarse, medirse, imaginarse, trabajarse, hasta transformarse pero, eso sí, en la mirada del otro, siempre en la mirada del otro; y, entonces, luego surgen frases como aquella: qué sería de mí sin ti o sin ti la vida se me va, o bien, yo desaparezco si tú no estás.

La mirada del otro puede llegar a ser tan importante, como para conservarla hasta que la muerte nos separe, porque me permite ver aquello que hasta para mí ha estado oculto; habrá de durar hasta que la muerte nos separe porque funciona como si hiciese verdad una mentira o, al menos, algo inexistente, como si hiciese visible algo que, como poco, es borroso.

Todos y cada uno sabemos y estamos bien enterados de que no somos únicos ni el mejor, pero en la mirada del otro sí que lo somos o sí que creemos serlo; de modo que ¿cómo no va a durar esta magia hasta que la muerte nos separe…?

Como puede verse, todo se trata del acondicionamiento de un espacio privado y, más que privado, se trata de un espacio íntimo, como si se hubiese conquistado el derecho a una conversación solitaria de dos, a resguardo de exámenes y revisiones, a resguardo de otras miradas, a resguardo de las censuras y las vigilancias, de los reproches y los controles, así vengan desde el mismísimo Dios creador y así el precio por pagar sea que nos expulsen del jardín del edén, qué importa el paraíso, si por nuestra parte estamos juntos hasta que la muerte nos separe.

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