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El Acordeón

A César, que se fue de este tiempo


 

César regresó a Guatemala en 1980 procedente de España. Traía a cuestas cursos de dibujo, grabado y pintura. También le acompañaba el festín que se había dado en museos y exposiciones europeos, donde encontró afinidad con los autores expresionistas de los años sesenta. Se dedicó a la publicidad, y la elaboración de artes y bocetos para anuncios le dio una gran seguridad en el dibujo. Sus dibujos de la década de los noventa eran de personajes teatrales y circenses y, desde entonces, estuvo presente en la escena del arte guatemalteco lo que permitió que su obra pasara a formar parte de muchas colecciones.

Su trabajo en acuarela tuvo como referencia la obra de Luis González Palma y los retratos de Daniel Chauche, pues tanto César como estos fotógrafos, coincidieron en ese redescubrimiento de lo indígena y mostraron la belleza de sus rostros. Se trataba de una dignificación y una búsqueda de lo chapín que venía a cuenta del quinto centenario del descubrimiento de América. Dignificación y búsqueda que culminaron en imágenes que trascendían la especificidad del mero retrato, pues apelaban a una universalidad que volaba con alas de esos ángeles, que también fueron motivo frecuente en estos autores. De alguna manera, el arte guatemalteco de los noventa quedó marcado por este rasgo que Rosina Cazali denomina acertadamente síndrome Imaginaria.

Partiendo de fotografías encontradas y a veces solicitadas a Chauche, César reelaboró rostros a los que añadió textos, mariposas, rosas y hojas. Sus obras eran relatos con micro relatos, encuadres con salpicaduras de fragmentos de diversos elementos. Este tipo de imágenes aparecieron en sus fotografías –incursionó bastante en esa técnica- y en sus grandes óleos, pero sobre todo en la enorme profusión de acuarelas que hizo. Nunca abandonó el grabado.

En el 2000, escribí un texto largo acerca de su obra. Lo hice porque me intrigaba verdaderamente su manera de trabajar la acuarela. Lo hice después de hablar con él de este tema y después de verlo funcionar en la vida. Releo ahora ese escrito. Después de 17 años y ahora que este gran artista y amigo nos acompaña de otra forma, lo dicho suena distinto, pero alude a esa forma que tienen los artistas de fijar el tiempo en que vivieron siendo testigos del mismo. A continuación, aparecen las ideas de entonces, ahora reelaboradas y repensadas.

César fue un personaje esquivo y candoroso a la vez. Lo que aparentaba ser aridez era timidez. Se ponía una máscara de impasibilidad. Detrás de ella había centenares de imágenes que se agolpaban esperando una salida. Su hablar lento y entrecortado así como la brevedad de sus frases lo delataban como gran observador. Sus obras fueron maneras de reunir lo disperso, de dar sentido y de reorganizar ideas, de proponer visitas al pasado para vivir el presente alimentado de otro aire.

No dejaba su taller sino al cabo de ocho o más horas trabajadas. Se encerraba. La puerta del recinto y de su habitáculo interno se abría dejando hileras de obras acabadas. Su obsesión era resolver el cuadro sobre la marcha y “resolver” significaba repetir muchas veces ese ejercicio de fijar una idea. De allí su gusto por la acuarela. Esta le ofreció densidades y aguadas que le abrieron una amplia gama expresiva. Por eso una sola imagen podría ser el motivo de una exposición completa. Cesar podía seguir modificando y rehaciendo indefinidamente un motivo. Los tierras y azules, los ocres y amarillos, los golpes de rojo y verde eran sus tonos predilectos. Controlaba el golpe de la gota coloreada en el papel y adivinaba qué forma iba a tener en su impacto.

Le atraían las fotos con personajes de otras épocas manchados por la humedad, el polvo y el olvido. Las manchas, los mohos, las roturas y mutilaciones eran sus fuentes predilectas.

César las revivía con nuevas interpretaciones. Las mariposas, los escarabajos atravesados por un alfiler y las hojas secas también le ofrecían la visión del colapso del tiempo. Creo que así atrapaba la vida y aprisionaba el tiempo.

A veces proyectaba una foto sobre un fondo previamente trabajado. Con fusión entre el fondo y la proyección le servía para hacer transparencias. A veces los escritos y grafías de otras épocas eran una especie de pentagrama. Su intercalar motivos distintos, su construir el texto del lienzo a través de citas y referencias tomadas de distintas fuentes constituían su lenguaje. Aleaciones de formas, manchas e imágenes. Tejidos de olvidos y recuerdos. Interrupciones del tiempo. Condensaciones de vivencias. Son otros modos de decir lo que César hizo.

Autodidacta a fin de cuentas, porque a donde llegó César con el dibujo y la acuarela sólo puede llegarse por la insistencia, la curiosidad y la persistencia, buscaba atrapar el tiempo y ahora que ya se ha liberado de él, queda un importante legado de obras que no borrará su presencia de nuestra memoria. Adiós, querido amigo, usted se ha ganado un espacio en nuestra historia y, definitivamente, un sitio en mi vida.

Septiembre 2017

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