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El Acordeón

Vivimos para inventar


¿Continúa vigente el mundo imaginativo y verbal de Miguel Ángel Asturias? ¿Sobrevive el lenguaje que buscó inventar? ¿Es capaz de transmitirnos algo nuevo? Estas son algunas de las preguntas que el escritor nicaragüense Sergio Ramírez intenta responder en este ensayo, escrito como una lección magistral y leído para la inauguración de la XIV Feria Internacional del Libro (Filgua), que celebró este 2017 los 50 años del Premio Nobel otorgado al autor de ‘Hombres de maíz’ y ‘El señor presidente’.

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En América Latina, al inventar, contamos la historia, que a su vez tiene la textura de un invento, porque es desaforada, llena de hechos insólitos y de portentos oscuros. Los novelistas vivimos para inventar porque vivimos en la invención. Los hechos nos desafían a relatarlos, se saben novela, y buscan que los convirtamos en novela.

Me gusta recordarlo cuando vuelvo a las páginas de ‘Democracias y tiranías en el Caribe’, un libro escrito en los años cuarenta por el corresponsal de la revista ‘TIME’, William Krehm, en el que desfilan los dictadores de nuestras ‘banana republics’ de Centroamérica, época de la política del buen vecino de Franklin Delano Roosevelt.  Es un reportaje, pero parece más bien una novela, o incita a verlo como novela.

Ese término ‘banana republic’, que luego se convirtió en una marca de ropa, fue creado por O’Henry, uno de mis cuentistas preferidos, en su novela ‘De Coles y Reyes’, escrita en el puerto de Trujillo, en Honduras, donde se había refugiado tras huir de Nueva Orleans acusado de desfalcar un banco para el que trabajaba de contador.

El libro de William Krehm es un verdadero bestiario político. El general Jorge Ubico, que se creía el vivo retrato de Napoleón Bonaparte se peinaba como él, y se fotografiaba con la mano metida en la casaca, autor de la infame Ley contra la Vagancia, y, quien, por esos azares inefables del destino, tras su caída fue a morir en Nueva Orleans, desde donde la United Fruit Company, que lo había amparado y sostenido, dirigía sus operaciones bananeras; el general Maximiliano Hernández Martínez, teósofo y rabdomante, que daba conferencias esotéricas por la radio, y a quien no tembló el pulso para ordenar la masacre de miles de indígenas en Izalco; el general Tiburcio Carías, que tenía en los sótanos de la Penitenciaría Nacional una silla eléctrica de voltaje moderado capaz de chamuscar a los presos, sin matarlos; y el general Anastasio Somoza, con su zoológico particular en los jardines del Palacio Presidencial de la loma de Tiscapa, donde los presos políticos convivían rejas de por medio con las fieras.

No había manera de que en América Latina los novelistas no se vieran enfrentados al caudillo convertido en dictador, una tradición que iniciaría en 1927 don Ramón del Valle Inclán con ‘Tirano Banderas’, parte de lo que él llamaría su “ciclo esperpéntico”, y donde nos cuenta la caída de Santos Bandera, ficticio dictador de Santa Fe de Tierra; y que alcanzaría su cumbre  casi veinte años más tarde, en 1946, con ‘El Señor presidente’, de Miguel Ángel Asturias, donde recrea la figura de Manuel Estrada Cabrera, este sí dictador de verdad.

Y el tema siguió pendiente, como una obsesión que no había manera de saciar, en la medida en que las dictaduras de folclore sanguinario no desaparecían del paisaje. Augusto Roa Bastos, cuyo centenario celebramos este año, volvió al origen, cuando las luchas por la independencia parieron la figura del prócer que deviene en tirano. Es cuando a la ilustración le nacen garras.

En ‘Yo el Supremo’, de 1974, retrata al doctor Gaspar Rodríguez de Francia, obcecado con la eternidad del poder mientras en la soledad de la Casa de Gobierno frente a los bancales del río Paraguay, se lo va comiendo de puro viejo la polilla. Ese mismo año aparece ‘El recurso del método’ de Alejo Carpentier, y al siguiente ‘El otoño del patriarca’ de Gabriel García Márquez. Un ciclo que se extiende hasta ‘La fiesta del Chivo’, de Mario Vargas Llosa, de 2010.

 

Como una novela

Cuando se es novelista, hay una tendencia irreprimible a leer la historia como una novela, sobre todo cuando se trata de los “Padres de la Patria”, título que Carlos Fuentes y Vargas Llosa idearon temprano de los años sesenta para una especie de novela coral sobre los dictadores latinoamericanos, escrita a varias manos. A Tito Monterroso le encargaron a Somoza, pero declinó.

Por eso es que cuando leí hace años ‘¡Ecce Pericles!’ de Rafael Arévalo Martínez, nuestro primer narrador moderno centroamericano, y lo digo porque escribió ‘El hombre que parecía un caballo’, todo un alarde de novedad en aquel temprano entonces, sentí que lo que había en aquella crónica, o reportaje intensivo sobre Estrada Cabrera, era en verdad una novela preñada de imágenes. Y las imágenes son vitales en una novela, porque son las que habrán de recordarse siempre.

Hay escenas inolvidables en ‘¡Ecce Pericles!’, publicado un año antes de ‘El señor presidente’, pero bastará con evocar una. Cuando la residencia presidencial de La Palma es bombardeada en el alzamiento que derrumba al tirano, entre el humo y la destrucción, está, hasta el último momento, José Santos Chocano. Un mecanógrafo teclea, apresurado, un decreto de concesión de minas que el dictador deberá firmar a favor del poeta modernista antes que sea demasiado tarde, y que planea negociar con compañías norteamericanas. Es cuando a la poesía le salen garras.

Tampoco ‘Más allá del golfo de México’ de Aldous Huxley, publicado en 1934, es una novela, sino un libro de crónicas de viaje, pero se lee también como una novela. Otra vez, las imágenes, ahora vistas desde el tren en marcha: “junto a un grupo de chozas especialmente tétricas un gran templo griego construido de cemento y calamina dominaba el paisaje kilómetros a la redonda. Mientras partíamos entre nubes de vapor vi que el lugar se llamaba Progreso…habré de ver más tarde muchos de esos partenones guatemaltecos. Templos de Minerva los llaman…fueron construidos por mandato dictatorial y son la contribución a la cultura nacional del difunto presidente (Estrada) Cabrera…”

Pero todo ese universo de la dictadura de Estrada Cabrera donde se condensa con maestría en ‘El señor presidente’, una novela construida de manera cinética, cuadro tras cuadro, que retrata el miedo y la degradación, la represión y el servilismo, el sometimiento y la crueldad.

 

La realidad exaltada

He vuelto a Asturias, toda una vida de libros de por medio, y de nuevo me siento seducido por ese mundo asfixiante y cerrado de ‘El señor Presidente’, y también por la pirotecnia verbal de ‘Hombres de Maíz’, y por la gracia picaresca de ‘Mulata de tal’.

De esta manera me adelanto a responder las preguntas que no dejan de flotar en el aire: ¿Su mundo imaginativo, y verbal, está vigente? ¿El lenguaje que buscó inventar, sobrevive? ¿Es capaz de transmitirnos, en una relectura, algo nuevo? Creo que sí. Los clásicos, dice Ítalo Calvino, son aquellos que admiten sucesivas lecturas, de una generación a otra, y siempre tienen algo nuevo que decirnos.

 

El suyo es un territorio descrito por las palabras, y construido en base a las palabras, que pretende ser la realidad, pero no la realidad tan solo, sino un resplandor irisado, un espejismo encarnado en reflejos, una ilusión manifiesta, una simulación de esplendores, un tinglado de representaciones armado por el viento, que sombras suele vestir, hasta desencadenarse en una construcción paralela donde las palabras son piedras, vigas, argamasa ilusoria pero sustancial. Se trata, entonces, de una realidad exaltada. Nada de eso se consigue en la literatura sino con las palabras.

Desde luego, toda obra literaria es una construcción de lenguaje. Pero debe tratarse de un lenguaje capaz de producir, como demostró Manet en la cumbre de la pintura impresionista, un mundo que siendo el mismo parezca otro y siempre el mismo, con los trazos o con las palabras. Es lo que el arte verdadero siempre persigue por medio de la imaginación.

Este afán de crear un universo verbal distinto del verdadero, aparece como una herencia del surrealismo francés que Asturias conoció de primera mano durante sus primera temporada en Francia en la década de los veinte, y que tanto marcó su obra desde el principio, cuando a través de las enseñanzas del profesor Raynaud fue a encontrarse en La Sorbona con los secretos del mundo maya que, paradójicamente, había dejado atrás en Guatemala. Y fue, curiosamente, un doble descubrimiento, el de la herencia de su propio mundo tradicional y el del surrealismo, entonces en la vanguardia de los experimentos estéticos europeos.

Hasta el final de su carrera como narrador, Asturias arrastra aún esa doble cauda, como el alquimista que envejece recordando sus primeras cábalas y sus primeros asombros. Vuelve a sus instrumentos primeros de ‘Leyendas de Guatemala’, celebrada por Paul Valéry; y quién duda que a partir de entonces la visión europea de Centroamérica, y sobre todo la francesa, sería definida por ese pequeño libro, un reinado que habría de durar hasta la aparición de ‘Cien años de soledad’ casi cuarenta años después.

Asturias se sirve del surrealismo como un instrumento, una piedra de afilar, un buril, y regresa al mismo tiempo a los mitos ancestrales del mundo maya-quiché. Éste es un repositorio que, en ambos sentidos, difícilmente se agota a lo largo de su carrera de escritor, como queda patente a mitad del camino en ‘Hombres de maíz’. Es la pequeña caja de miniaturas de doble compartimiento adonde siempre puede ir por algo más, como Celestino Yumí en ‘Mulata de tal’, para extraer cada vez una nueva riqueza.

Lejos de convertirse en una abstracción, el lenguaje en Asturias busca transformar las cosas concretas que va tocando; no sólo las evocaciones de la tradición indígena, y todo el acervo de mitos sagrados, historias y leyendas de que se hace dueño, sino lo que está en sus recuerdos visuales del país que recorrió en sus años de estudiante ávido de descubrimientos, paisajes, montes, cabildos, plazas, portales, cantinas, iglesias, y procura hacerlas brillar con deslumbres distintos.

Luis Cardoza y Aragón, en su libro ‘Miguel Ángel Asturias, casi novela’, dice, en efecto, que “el timbre peculiar de Asturias nace de París y de Chichicastenango y de la infancia en el barrio de la Parroquia en la capital de Guatemala, en su hogar, en la tienda de granos, en las historias de los arrieros…”

Y él mismo, en su conferencia de Estocolmo después de haber recibido el premio Nobel agrega a este inventario las voces: “cuántos ecos compuestos o descompuestos de nuestro paisaje, de nuestra naturaleza, hay en nuestros vocablos, en nuestras frases”, dice. “Hay una aventura verbal del novelista, un instintivo uso de palabras. Se guía por sonidos. Se oye. Oye a sus personajes…”

 

La aventura verbal

Entre ‘Hombres de Maíz’ de 1949, y ‘Mulata de tal’ de 1963, median 15 años, pero el parentesco entre ambas es directo porque el aura que podría llamarse surrealismo, o real maravilloso, o realismo mágico, está de por medio, muy lejos del ciclo político antimperialista de la ‘Trilogía del banano’.

Cuando Asturias se expresa sobre los motivos de su literatura, como en la conferencia pronunciada en Estocolmo, hace énfasis en la denuncia de la explotación y de la dominación, y del compromiso social con los oprimidos, con los mismos acentos deliberados que están en sus novelas de la trilogía, ‘El papa verde’, ‘Los ojos de los enterrados’, y  ‘Viento Fuerte’.

Pero no es allí donde se encuentra su fortaleza narrativa, y su trascendencia como novelista, sino cuando sus personajes ganan complejidad y su escritura entra tanto debajo de la piel de los mestizos como de los indígenas enfrentados por la tierra, para enseñarnos la naturaleza humana de víctimas y victimarios, aún con gracia y humor al acercarse a los villanos, como pasa con los que han conspirado para envenenar a Gaspar Ilom en ‘Hombres de Maíz’, empezando por la vaca Manuela Machojona.

Y siempre estará regresando a lo que podemos llamar el espíritu fundamental de ‘Leyendas de Guatemala’. Los relatos de ‘El espejo de Lida Sal’, aparecidos el mismo año en que ganó el premio Nobel de Literatura, están escritos con gozosa pasión juvenil, cuando alguien esperaría una obra de lo que se da en llamar la madurez reflexiva del escritor.

‘Mulata de Tal’ es una fiesta verbal, que hunde sus raíces dichosas en la picaresca del siglo de oro. ¿Qué otra cosa puede decirse de una novela que empieza con la entrada de su protagonista, Celestino Yumí, a la iglesia de San Martín Chile Verde con la bragueta abierta, en plena misa mayor de fiesta patronal cantada por tres curas gordos, porque así se lo ha ordenado al diablo Tazol, con quien anda en pactos?

Y la lengua es entonces el fuego que prende la mecha y despierta la algarabía de retumbos y estallidos que va haciendo arder la pólvora por toda la plaza, como en las cargas cerradas que ponen los mayordomos de las fiestas patronales rumbosas. Y es a través de esa ambición por no dejar en paz al lenguaje que el mundo rural despierta en su escritura.

‘El señor presidente’ es una novela sobre el poder absoluto del caudillo, la peor de las herencias de la realidad rural que está en nuestros orígenes y que sigue dominando nuestra historia. Pero ‘Hombres de Maíz’ no refleja ese mundo rural, sino que lo encarna. Es su esencia y a la vez su escenario. Un mundo rural que no es exclusivamente indígena. La Guatemala que entra en sus páginas es arcaica, como lo es el mundo indígena; pero es arcaica en su globalidad, y eso incluye, además de lo indígena, lo ladino.

De la separación, o contradicción, entre nuestra idea de modernidad y el peso del mundo rural, un mundo anterior que todavía existe aunque pretendemos que ya ha sido enterrado, es que surge esa fascinación mágica por lo arcaico, que sólo puede ser atraída con imágenes que a su vez dependen del lenguaje. Y sólo el lenguaje llevado hasta el fondo de la magia en ‘Hombres de Maíz’, deja a un escritor como Asturias a salvo de la indigencia del indigenismo, o del vernaculismo, o el regionalismo, que se erigieron entonces como barreras de la mediocridad provinciana, el mundo de abajo visto desde arriba, desde la cultura culta, o académica, y por tanto adocenado, y simplificado.

Creo que no hay otro escritor que sea mejor expresión de la cultura ladina que Asturias. Su visión del mundo indígena es la del ladino, lo que le permite, en primer término, explorar, recrear, y si se quiere reconstruir el mundo indígena desde el lenguaje. O reinventarlo.

 

Los ladinos y los indígenas están arraigados en el territorio rural que comparten, y en el que chocan en un fuego cruzado de lenguas, pero quien entra a narrar ese territorio no puede excluir ni las unos ni a los otros sin cometer un acto de mutilación. Asturias se enfrenta a la compleja sustancia narrativa de su país, fruto él mismo de esa dualidad que asume con toda pasión, y sin la cual su escritura no tendría razón de ser. El mundo rural es un mundo derrotado, pero vivo, con todos sus rasgos del pasado que van acumulándose hasta dejarle encima una pátina de antigüedad, una costra de lodo, una capa de polvo, sobre la que luego se impregnará la sangre que aún hoy no se seca.

Un mundo rural donde la fábula despierta con todo su poder, encandilada por el lenguaje. Al fin y al cabo, en términos de la literatura, y sus consecuencias, éste es el territorio cultural donde se encuentran los textos sagrados maya quichés, las lenguas indígenas en sus infinitas variantes, la lengua colonial de los cronistas, las tradiciones verbales, las leyendas, los cuentos de camino, los romances memorizados, las oraciones nocturnas y los conjuros, el catolicismo sincrético, el bullicio sonoro de las plazas y los mercados que también es verbal, junto a la vasta realidad de desamparo, atraso y miseria seculares, segregación y opresión, y luego rebeliones, aldeas exterminadas, cementerios clandestinos.

Un escritor que busca entrar en este mundo para vivir en él, es por fuerza un mago callejero que bajo el sol crudo de la plaza en feria va sacando sorpresas del sombrero, una tras otra, sin amago ni pausas. El lector, al final de la experiencia, queda exhausto de invenciones, magias y sorpresas, como ante las visiones de una linterna mágica que cambia sus escenarios a una velocidad tal que amenaza destrastarlos. Es el mundo en carne viva heredado por los escritores centroamericanos contemporáneos.

Asturias nos enseña que hay que contar la historia, aunque sea en sus crudezas, como un cuento de camino, los cuentos que se oyen de boca de los peones deslenguados a la luz de la lumbre en las haciendas, o en las tardes de ocio en las barberías de los pueblos centroamericanos, en boca de los léperos irreverentes que recogen una historia inventada y la vuelven a inventar en un proceso sin fin. Crear es siempre recrear.

El lector corre parejas con el novelista por un territorio encantado, e inventado, y en esa carrera desbocada vamos viendo que ocurre de todo, como debe ocurrir siempre en las novelas, y va viendo que lo que ocurre estalla en alboradas de pólvora, y que es divertido y es risible, la mejor moraleja de las novelas desde los tiempos de Cervantes y de Henry Fielding.

Y ése es el mejor embrujo y la mejor magia, la de los demonios burladores, brujos concupiscentes, compadres envidiosos, mulatas encandiladas, curas malandrines y sacristanes redomados, urdida en palabras que chisporrotean sollamando los cielos tal si el mundo fuera a acabarse en encantamientos.

En la carta que Paul Valéry escribe en 1931 a Francis de Miomandre, el traductor de ‘Leyendas de Guatemala’, le dice: “¡Qué mezcla esta mezcla de naturaleza tórrida, de botánica confusa, de magia indígena, de teología de Salamanca, donde el Volcán, los frailes, el Hombre-Adormidera, el Mercader de joyas sin precio, las ‘bandas de pericos dominicales’, los maestros magos que van a las aldeas a enseñar la fabricación de los tejidos y el valor del Cero, componen el más delirante de los sueños!”

Las palabras de Valéry me recuerdan las de don Juan Valera, escritas desde Madrid en octubre de 1888, en una de sus ‘Cartas americanas’, al saludar la publicación de ‘Azul’ de Rubén Darío, cuyo 150 aniversario de nacimiento celebramos este año, junto con los 50 del premio Nobel de Asturias: “ni es usted romántico, ni naturalista, ni neurótico, ni decadente, ni simbólico, ni parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: lo ha puesto a cocer en el alambique de su cerebro, y ha sacado de ello una rara quintaesencia”.

Ambos, Darío y Asturias, vivieron para inventar. Es la mejor de las vidas, y el mejor de los oficios.

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