[theme-my-login default_action="register" show_links="0"]

¿Perdiste tu contrseña? Ingresa tu correo electrónico. Recibirás un correo para crear una nueva contrseña.

[theme-my-login default_action="lostpassword" show_links="0"]

Regresar

Cerrar

Publicidad

El Acordeón

El sesgo perverso de los hombres piadosos (Fragmento de Cisma sangriento)


La escisión del cristianismo provocó una serie de conflictos armados que se extendieron por más de un siglo y en los que clérigos y pastores sacralizarían el derramamiento de sangre humana con una fiereza y un fanatismo parecidos a los de los ayatolás, yihadistas y talibanes de nuestros días. Cisma sangriento (Taurus, 2017), el más reciente libro de Francisco Pérez de Antón desvela esta realidad con un enfoque humanista y secular cuando se cumplen 500 años de haberse iniciado la rebelión.

foto-articulo-El Acordeón

“Los hombres nunca hacen el mal de manera tan gozosa y plena como cuando lo perpetran en nombre de sus convicciones religiosas”.

Blaise Pascal (1623-1662)

Pensamientos

 

Sorprende al observador de nuestro tiempo y al curioso de la historia que la Revolución Protestante no haya tenido los ecos de otras menos sangrientas y crueles, como por ejemplo la mexicana o la francesa. De bárbaras convulsiones, como las de Bosnia y Vietnam. De dolorosas guerras civiles, como la norteamericana y la española. De espantosos genocidios, como los de Armenia y Ruanda. O de contiendas letales, como las de las guerras napoleónicas. Cualesquiera de esas mortíferas refriegas despiertan hoy mayor interés que la de la Revolución Protestante, pese a haber segado esta última más vidas que todas las degollinas citadas más arriba juntas.

El motivo del vacío quizá se deba a que el auge del protestantismo en el mundo de habla hispana es un fenómeno reciente y a que el interés por las causas de su advenimiento no se ha despertado hasta hace poco. Con todo, más probable parece que ni a los predicadores evangélicos ni a los católicos les seduzca lo más mínimo explicar que los causantes de tan horrenda sangría fueron sus antecesores en el púlpito. Y es natural que sea así. El sermón dominical trata de todo aquello que se quiere creer. La historia real, en cambio, trata de todo aquello que no se quiere o no se puede creer. Y la Revolución Protestante es pródiga en historias increíbles. De ahí el estado de ignorancia, o de negación, en torno a aquella descomunal matanza de la que ahora se cumplen quinientos años y que una y otra bandería esconden y justifican reducida al infantil sonsonete de “nosotros somos la verdadera Iglesia” o al irresoluble altercado teológico según el cual el hombre se salva por la fe en lugar de por la fe y las obras.

Tampoco les gusta llamar cisma al entuerto. Y menos revolución. Prefieren denominarlo “reforma”. Los clérigos han preferido siempre el remilgo verbal a llamar a las cosas por su nombre. Siguen con entusiasmo la regla que cierto periodismo utiliza a menudo: no permitas que la verdad arruine una buena historia. Y la bochornosa verdad que echa a perder su santurrona versión del cisma es que fueron ellos, los clérigos de uno y otro bando, los instigadores de la cruenta desgarradura que escindió el cristianismo en dos ramas irreconciliables y que cualquier otro nombre que se quiera dar a la contienda solo puede ser un eufemismo. El cambio fue demasiado radical como para designar con el pudibundo nombre de “reforma” –un término evocador de cambios razonables y juiciosos– a una de las más sangrientas guerras de la civilización judeocristiana.

Acogerse a sagrado

El museo de los horrores erigido por el cristianismo a lo largo de su historia es ubérrimo y fecundo. Persecuciones, cruzadas, invasiones, genocidios, torturas, hogueras humanas, calabozos, cepos, martirios, mutilaciones, conversiones forzosas y terrorismo son algunas de las muchas obras de arte que atesora. Pero si hay una a la que volver los ojos atónitos, digamos un Guernica o una Gioconda, esa es la Revolución Protestante. Resulta difícil encontrar en la historia de las religiones un conflicto tan brutal y tan prolongado, pues se extendió más de un siglo. Instigado por el fanatismo y la intolerancia de dos bandos de teólogos exaltados, el cisma dividió naciones y comunidades, destruyó millones de vidas y devastó numerosos patrimonios culturales. Cómo ministros de un mismo Dios y un mismo credo y cómo una religión fundada en la paz, el amor y la misericordia pudieron encadenar tal secuencia de crímenes contra la humanidad, sigue siendo motivo de asombro en toda persona medianamente sensata. Pero tal vez sea el encubrimiento, como queda apuntado, la causa de que los odios y los horrores del conflicto no hayan sido divulgados como merecen. Los clérigos son gente muy pulcra a la hora de esconder sus basuras bajo las alfombras y solo cabe suponer que sea esa la razón de que pasen por encima de la Revolución Protestante como sobre carbones encendidos.

El léxico, sin embargo, no es el único desván donde reverendos y pastores suelen ocultar las cosas. Hubo un tiempo en que maleantes y pícaros buscaban refugio en los templos para protegerse de las autoridades civiles. En parecida manera, “acogerse a sagrado” ha sido el recurso favorito de la clerecía para esconder sus delitos. Pero si hay un grupo señero entre tan distinguida comunidad de refugiados, ese es el que integran las luminarias del cisma cristiano del siglo XVI, sin hacer distingos entre buenos y malos, ni señalar a quienes tuvieron a Dios de su parte, pues si lo primero es asunto discutible (los dos grupos fueron igual de sanguinarios y violentos), lo segundo sería materia muy difícil de comprobar.

Hay un rasgo que, no obstante, amalgama a ambas facciones empeñadas por aquellos días en perseguir y ejecutar a todo el que no comulgara con ellos. Y fue ese, el acogerse a sagrado, vale decir, el justificar sus crímenes (ahora los llaman errores) tras la voluntad o la palabra o el designio divinos. Intolerantes y rencorosos, aguijoneando aquí y allá el odio entre cristianos, aquellos santos varones se arrojaron unos a otros como lobos y arrastraron en su ceguera a mujeres, niños, ancianos, campesinos, ejércitos, príncipes y testas coronadas a un conflicto en el que habrían de perder la vida trece millones de personas.

Justo es admitir, así y todo, que la primera intención de los rebeldes fue depurar el cristianismo y evitar su destrucción. Y con ese fin exigieron que se purgara la Curia romana y se les concediera el derecho a interpretar las Escrituras sin sujetarse al corsé doctrinario que les imponía Roma. El papado no era una institución divina, decían, sino humana, y la única verdad residía en las Escrituras, no en el papa. Pero, como ocurre con frecuencia en las revoluciones, pronto perdieron la brújula y su conducta y sus actos se tornaron tan parecidos a los de los papistas que no se distinguirían gran cosa de estos últimos.

Cuesta asimismo encajar a los líderes de ambos grupos en la categoría de personas ejemplares. Tampoco eran gente sabia. Aliados de la superstición y la ignorancia, estaban convencidos de que el Paraíso estaba más allá de las nubes, y el aire, un espacio poblado por demonios. Erasmo ya había denunciado en sus días la ignorancia de frailes y clérigos, pues muchos no sabían leer o cantaban los salmos “pronunciados, pero no entendidos”. Y los pocos de ellos que sabían eran doctos en mitos trasnochados, visiones neuróticas, historias sin certificar y escolasticismos marchitos. Creían estar, eso sí, en posesión del conocimiento divino y con este versado saber manipulaban las voluntades de príncipes y monarcas o daban razón de cuanto sucedía en el mundo. Europa era por aquellos días un continente gobernado por el pensamiento mágico y de tan calificados personajes, los teólogos, habrían de surgir las pasiones y pulsiones que suscitarían la barbarie.

Ni Lutero, ni Calvino, ni John Knox fueron personas piadosas, vaya eso por delante. Tampoco Müntzer o Jan de Leiden. Los hombres que prendieron la mecha de la Revolución Protestante eran clérigos abrasados por el fanatismo religioso y la obsesión de suprimir al adversario en el fraterno y parecido modo que la Iglesia de Roma deseaba exterminarlos a ellos. Se entiende que sus sucesores y epígonos los idealicen hoy por haber liberado del “yugo romano” a una parte de la cristiandad, lo que no es pequeño mérito. Son sus adelantados, sus fundadores, sus héroes. Pero cuando se les examina de cerca, no es posible evitar la convicción de estar frente a un manojo de hombres empujados por una furia teológica, cercana a los de los fundamentalistas más violentos y agresivos de nuestros días.

No se quedan atrás Clemente VII, Pablo III, Sixto V o Inocencio X, nombres seleccionados entre una distinguida lista de veinte pontífices que se complacieron en mantener al rebaño aterrorizado con persecuciones y hogueras inquisitoriales, que durante más de un siglo se empeñaron en una guerra de todo o nada contra los rebeldes y que, cuando al fin llegó la paz, renegaron de ella. ¿Y qué decir de los jueces e inquisidores dominicos, para quienes incinerar un hereje nunca fue pecado ni crimen y que durante cientos de años dictaron las inclementes sentencias del Santo Oficio? Sobre su conciencia y su historia pesan las crudelísimas e injustas ejecuciones de miles de seres humanos, culpables únicamente de ver a Dios de un modo distinto al de ellos. Con los jesuitas, conspiradores de oficio y provocadores de motines, magnicidios y atentados terroristas, los dominicos comparten los honores de aquella sangrienta cruzada promovida por la Iglesia de Roma. Guerra sin tregua al hereje y cero tolerancia religiosa era su consigna. Había que fumigar la pestilencia y exterminar a las ratas hasta no dejar ni una.

 

Revolucionarios y reaccionarios

De los hombres piadosos se espera que protejan el rebaño. No fue así. Muy al contrario, lo arrastraron sin piedad al precipicio y a la muerte. En lo más íntimo de su ser latía un sesgo perverso que les impelía al poder, a la guerra, a la codicia y a otras pasiones secretas. Los héroes y los santos de la Revolución Protestante se dejaron deslizar por esas escarpas y cuando el conflicto se encendió, hicieron a un lado la caridad, la compasión, los buenos sentimientos y todas aquellas virtudes que adornan, o deberían adornar, a los pastores de almas. Los rebeldes dirán a Roma, mano al pecho: “Los textos sagrados han sido desfigurados por vuestras espurias doctrinas y vuestra conducta ha corrompido la Iglesia cristiana. Eso hace de nosotros la Iglesia legítima y los auténticos intérpretes del Evangelio”. Los papistas, a su vez, poseídos de una arrogancia parecida, si bien más pomposa y airada, pues tenían el poder, colocarán a los rebeldes el índice entre ceja y ceja y les espetarán su dogmatismo de esta guisa: “La ignorancia no puede borrar mil quinientos años de saber acumulado por tantos sabios. Nosotros somos los que realmente entendemos de estas cosas. La verdad revelada es solo una. Y esa verdad es la nuestra”.

Un teólogo es alguien que se enfrenta a otro teólogo por cuestiones sobre las cuales ninguno de los dos está seguro, pero por las que ambos serían capaces de matarse. Y la llamada “reforma” sería el caso real más cercano a este añejo aforismo. No solo había arrogancia en ambas partes sobre verdades no verificables, sino también un odio siniestro y un rabioso afán de colgar al otro por los pulgares, abrirle el vientre y descuartizarlo vivo. Poner la otra mejilla, buscar el entendimiento o prodigar la caridad y el amor al prójimo, eso quedaba para los fieles. Los clérigos tienen privilegios, y el “no matarás”, excepciones. Unos y otros, revolucionarios y reaccionarios, procedían de un mismo linaje, el de la Iglesia de Roma, y eso puede que lo explique todo. O casi todo. Cada facción proclamaba que la salvación del hombre solo podía ser explicada por medio de una teología: la suya. Y con el mismo énfasis que la ultramontana Roma rechazaba toda rectificación y todo cambio, los separatistas –de tal palo, tal astilla– justificaban sus actos arguyendo que se limitaban a combatir al Anticristo y a interpretar literalmente la palabra de Dios.

Si amar al prójimo es reconocerse en alguien que no es como uno, ni piensa como uno, aquella enajenada clerecía distaba mucho de practicar tal principio. Las tres mayores taras del monoteísmo se habían concitado en ellos. Por su terquedad en examinar la vida del hombre únicamente con el prisma de la teología eran reduccionistas. Por su obsesión de pastorear a los fieles mediante una interpretación literal de los libros sagrados, fundamentalistas. Y por su negativa a aceptar la depuración de una iglesia corrupta y venal, integristas. La triada perfecta: tres virtudes teologales nacidas de la intransigencia por parte de quienes se proclamaban –eso sí, a coro– enemigos del humanismo y la razón.

Con frecuencia se lee o escucha que la Revolución Protestante fue un movimiento que buscaba la libertad intelectual de los cristianos. Pero ¿qué libertad intelectual podían promover unos hombres que despreciaban el intelecto, la razón y las corrientes humanistas de su tiempo? “La razón es el mayor enemigo de la fe”, decía Lutero. Calvino consideraba al ser humano poco más que estiércol de vacuno. Y Roma veía en los valores del humanismo una amenaza a su hegemonía. Unos y otros alababan y exaltaban con fervor la humanidad de Cristo, pero les importaba muy poco la del resto de los hombres. De resultas, lo humano no llegaría nunca a penetrar en sus mentes endurecidas por la mitología, la escolástica y el oscurantismo.

La “dignidad de la persona humana” –frase con que a los clérigos se les llena hoy la boca cuando la mencionan desde un púlpito– jamás saldría de sus labios ni se alojaría en su corazón. Eso era asunto de los humanistas, quienes, por cierto, debían ser quemados vivos por ocurrírseles doctrinas tan extrañas como que el número de costillas de la mujer era el mismo que el del hombre, cual sostenía el médico belga Andreas Vesalio, padre de la anatomía moderna, ya que, como era de dominio público, una de las costillas de Adán había sido usada por Dios para crear a Eva y, de resultas, los hombres tenían una menos. Vesalio sería perseguido por sostener que el número era el mismo, lo cual revela que la superstición y el fanatismo suelen ser fruto a menudo de la estupidez más acreditada.

Y si la medicina era objeto de prohibiciones y censuras, qué decir del resto de las ciencias, la filosofía o la ética. De necio e indecente fue tratado Copérnico por Lutero y Melanchthon. Y cuando el joven Pico della Mirandola (apenas 24 años) quiso publicar su Discurso sobre la dignidad del hombre, el papa Inocencio VIII ordenó suspender la edición de las tesis que lo componían, luego de que una comisión investigadora revisara el texto y lo condenara por herético.

La persona humana

Pocos han pisoteado la dignidad humana con tanto fervor como los clérigos de la “reforma”, dignidad que, a juzgar por lo que dicen hoy sus epígonos, pareciera haber sido inventada por ellos. Ni los papistas ni los insurrectos podían consentir que alguien dijera que la dignidad humana era el mejor regalo que Dios le había dado al hombre, pues este era un ser indigno de tan generosa dádiva, un desgraciado nacido del lodo que debía besar el polvo cada día si quería obtener la misericordia de Dios. Y es difícil excusarlos, pues los humanistas no buscaban desplazar a Dios de la vida de los hombres. Pensaban, eso sí, que el ser humano podía elevarse a una altura mayor de la que las jerarquías religiosas le permitían. Mas, para ello, el ser humano debía dejar de negarse a sí mismo, cual era la exigencia de los clérigos, y aprender a estimarse y a educarse y a hacerse respetar como el ser de dignidad que era.

La corrupción de la Iglesia de Roma había llevado a los humanistas a la conclusión de que la fe no garantizaba la virtud y que el hombre podía ser más humano gracias al conocimiento. Y fueron ellos, los humanistas, y no los clérigos, quienes pondrían ante los ojos de la cristiandad el valor de la “persona humana”, esa de la que hoy tanto se jactan los predicadores, así como la idea de transformar una cultura diseñada por eclesiásticos para provecho propio en otra elaborada por laicos para beneficio del hombre común.

No hay revolución sin injusticias ni crímenes. Y los responsables de aquella carnicería que fue la Revolución Protestante no estuvieron libres de cometer esas y otras iniquidades. Pero el cieno que los embarra es más repugnante que el de cualquier otra convulsión social, pues, para conseguir sus fines, se valieron de un presunto mandato sagrado.

 

*Los subtitulares son de la Redacción de este suplemento.

Publicidad


Esto te puede interesar

noticia Édgar Gutiérrez
Viene la “puesta en cintura”

Y tendrían que fortalecerse los agentes de la decencia.

noticia Sputnik
Turquía prohíbe a sus empresas hacer publicidad en Twitter

Las empresas que se anuncien en Twitter, Periscope o Pinterest se enfrentarán a fuertes multas.

noticia Lucero Sapalú/ elPeriódico
Capturan a cuatro hombres por la muerte de dos mujeres en Jalapa

Son señalados de haber dado muerte a dos mujeres con arma de fuego en ese departamento.



Más en esta sección

Embajada de EE.UU.: elección de magistrados debe ser legítima y transparente

otras-noticias

Acción Ciudadana presenta amparo contra resolución de Sala que favorece a Moto

otras-noticias

Sala otorga amparo para que Mynor Moto tome posesión como magistrado de la CC

otras-noticias

Publicidad