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El Acordeón

Modesto Homenaje a Mario Monteforte Toledo (1911 – 2003)


Este próximo 15 de septiembre, Mario Monteforte Toledo cumpliría 105 años. Desde este suplemento, desde este periódico que fue su casa, celebramos su memoria, su literatura, su existencia. Un pequeño homenaje para uno de los guatemaltecos más ilustres, que atravezó el siglo XX y sus más crudas tormentas, siempre comprometido con la libertad y la dignidad humana, con la palabra y el conocimiento, con esa terquedad, tan suya, de querer transformar la sociedad y la vida.

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Por Luis Díaz Aldana

Tengo la tendencia de homenajear el talento, desde mi modesta postura. Es un acto simple, casi una obligación. Este es un homenaje motivado por la relectura de los Retratos hablados que Mario Monteforte Toledo publicaba regularmente: aquellos breves textos que, magistrales y lúcidos, nos transportaban en el tiempo y el espacio. Detalles de su maravillosa vida, la cual vivió siempre rodeado de personajes ilustres, producto de su voracidad intelectual y de sus múltiples viajes. Mario escribió fácilmente 120 retratos hablados de grandes personalidades de todo el mundo. Con la mayoría de ellos compartió amistad y mantuvo correspondencia en varios idiomas. Lo que nutrió esa carga de conocimientos y relaciones que Mario acarreaba y prodigaba por doquier… su sabiduría.

En 1986 cuando regresó a Guatemala y estrenó algunas de sus obras dramáticas en el Teatro Nacional Miguel Ángel Asturias, lo conocimos junto con Efraín Recinos, con quien teníamos años de almorzar todos los jueves. Invitamos a Mario. Se quedó. Recorrimos muchos años almorzando en casas privadas –mostrándole a Mario las pinturas más importantes del maestro Recinos– y en restaurantes típicos, en busca de la marimba, las cervezas, las tortillas con aguacate y queso de Zacapa. Los dos ellos enciclopédicos monumentales. Los jóvenes pedían autógrafos. Tres generaciones en un abrazo de amistad, intelecto y dinámica de trabajo –Mario, a pesar de detestar trabajar, según decía, murió en su tierra a los 92  años, trabajando 16 horas diarias–. Yo el más joven y feliz, aprendiendo de ese par de maestrones. La silla vacante de los almuerzos de los jueves, ha sido ocupada desde hace algunos años por Pepo Toledo, ahora el más joven, trabajador, bohemio y sexótico.

En 2001, de viaje con Monteforte Toledo por las Europas, nos instalamos en Londres. Recorrimos completos los museos National Galery y Tate Modern Art, obra por obra, ficha por ficha. En el teatro The Globe, bajo una leve llovizna, disfrutamos Hamlet, ágil y vanguardista obra de William Shakespeare. Salimos muy impresionados y buscamos un restaurante tailandés. Mario se despachó una centolla gigante completa. Tuve miedo de verlo fallecer de tanta alegría y satisfacción, de tanto Shakespeare que ha llenado su vida y su obra, su dramaturgia, su poesía, su literatura. En este increíble viaje todos los días fueron brillantes, de reencuentro con el conocimiento.

Sea este un modesto homenaje para uno de mis maestros, el más distinguido, y solicito a todos los amigos hacer un brindis el 15 de septiembre, día de su cumpleaños. No podría encontrarse una mejor fecha para este ilustre chapín. Salud.

(Fragmentos del libro Memorias, Luis Díaz Aldana en primera persona, 2011)

 

 

Monteforte me retó

Por Luis Cordón León

Don Mario, esmeradamente serio, se rascaba con desdén la sien y la barba mientras calculaba su movida. Tomaba la pieza elegida con la diestra, la cambiaba de casilla, suspiraba y guardaba silencio, atento a mi reacción. Pero cuando era yo quien juagaba, emitía un gruñido de asentimiento para hacerme creer que no le sorprendía.

¿Juega ajedrez?, me soltó, como por decir algo, cierta tarde en la Hondonada, y ante mi respuesta fue por una cajita que ya desplegada se volvió tablero, adentro venían las piezas. Después de los primeros movimientos, vimos que la partida no sería sencilla, tal como ambos, por razones distintas, pensamos al momento de retar y de aceptar el reto. Resultó que nuestro nivel de juego era el mismo.

A mi peón 4 Rey contestó la siciliana, luego supe que era su defensa favorita y que jugaba mejor con las negras; que cuando le tocaban las blancas prefería la apertura española. Muchas veces, a partir de ese día, repetimos el duelo. Era temible cuando llegaba al final con sus alfiles.

Así reducimos una distancia que parecía insalvable, la brecha enorme de saber y tiempo que nos separaba, puestos uno frente al otro sin otra arma que la mente, sin más reglas que las del juego, la inmisericordia y el respeto. Combates a muerte fueron aquellos, batallas de horas, martes o jueves, hasta que pudimos conocernos y ser amigos.

Ahora, con mayor bagaje de años y el recuerdo acumulado de lo ido, noto que cada vez extraño más cosas; una de ellas, sin duda, esa guerra sin fin con don Mario. “Lo más difícil es aprender a prescindir”, me decía, resumiendo su historia y presagiando la mía.

 

 

Los caminos de Monteforte Toledo

Por Gerardo Guinea Diez

De Monteforte Toledo supe por primera vez en 1972 cuando oí hablar de su novela Entre la piedra y la cruz. El país estaba sumido en sus oscuridades habituales, casi como una fatalidad histórica. Los hechos se repetían con una cotidianidad neurótica: los discursos políticos que se movían entre la frontera de homilías ideológicas y la salvación de la patria.

No había en él rasgos de envidia, frustración, desánimo, tan comunes no solo a la comunidad de escritores e intelectuales sino a todas las relaciones sociales. Nunca atacó a nadie. Era, eso sí, crítico y exigente. Odiaba la mediocridad y los espíritus pusilánimes. Tenía alergia al que se le acercaba con gestos de alabanza o falsa pleitesía. Tampoco practicó el ninguneo. Quizá, por ello, mi relación no era con el escritor sino con el hombre, tan cerca del Renacimiento, tan cerca de una sabiduría que uno siente que se ha perdido definitivamente.

Monteforte murió en su ley: montó a Esperado, su querido caballo, un día antes de morir, vio, quizá para atrás y descubrió la dirección de su vida entera, de sus libros, de su vitalidad, sus ocurrencias, su humor inigualable. Abrió los ojos para tragarse unos minutos más de vida. Publicó el año de su muerte, Las cosas y el olvido, un hermoso libro de ensayos. Casi terminó el proceso de su película. Murió elogiando a los escritores jóvenes, sin que ellos lo supieran. Murió con el rostro de alguna mujer desvanecida en sus pupilas.

Era él una suerte de oráculo, un vínculo con la coherencia tan ausente en Guatemala, quizá por ello lo buscaban. También defendió con valentía y honor sus opiniones de todo tipo y jamás dio explicaciones sobre su conducta.

Recorrió todos los caminos, todos y volvió de ellos con la luz del arrebato por lo visto. Nunca hubo camino que se le resistiera. Incluso ahora, en septiembre.

 

 

Don Mario (re)nacetodos los septiembres

Por JL Perdomo Orellana

Cada nuevo día lo encuentra construyendo otra Catedral Voltereana.

Sigue abriéndole radicales ojos de agua al cada vez más apaleado abecedario.

Solo él continúa descifrando el silencio aparente de lo que subyace en lo único auténtico de la tierra.

Se hayan dado cuenta o no… sigue enseñándoles a ser dignos de verse todos los segundos en el azogue, no solamente a la boba hora de la corbata y de los vellos impúdicos en las fosas.

Geniales son sus novelas. Magníficos, sus cuentos. De antología, sus textos periodísticos. Perfectas, sus crónicas. Para maravillarse, sus ensayos. Para utilizar todos los sinónimos de “brillante”, sus dibujos.

Cada 15 de septiembre, a las seis de la madrugada, las 21 letras de su nombre vuelven a nacer y a renacerlo.

Cada vez que alguien airea las páginas memorables que nos legó él renace allá, como siempre, a años luz de tantos bajunos que solamente se acercaron a su sombra para medrar y poner cara de circunstancia cada 4 de septiembre, cuando suponen, y suponen mal, que quienes de veras lo respetamos y admiramos nos quedamos sin él.

Lejos, allá, a años luz, él y sus más fieles lectores. Lo que de Violeta dijo, también vale para él: “Nadie ha llenado su silencio”. Ni lo llenarán, aunque evolucionen de gallinazos a salamandras perfectas en los oasis de Juan, Genaro y Castaneda.

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