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El Acordeón

Tsunami


La Telenovela

Ana María Rodas

Los que suceden a la orilla del mar solo los he visto por televisión.  Cuando había noticieros, la mayoría en blanco y negro, que se presentaban durante el intermedio de las películas que se ofrecían en los cines y teatros –cuando había cines y teatros y la gente asistía a ellos y se vestía y se arreglaba para el evento– jamás presencié un tsunami.

Además, en esos tiempos se hablaba de maremotos, palabra surgida de dos voces latinas: mare, fácil de entender sin necesidad de recurrir a diccionario alguno, y motus, que significa movimiento.

Maremoto, decíamos y pensábamos en toda clase de cataclismos de aguas que se alzaban y caían sobre las personas, perdidas ya para siempre debajo de aquellas olas inmensas que imaginábamos de niños, y que desdichadamente fueron superada por las producidas en los estudios de cine.

La palabra tsunami se introdujo tardíamente en el lenguaje humano. El siglo pasado. Sin duda después de la Segunda Guerra Mundial, en la que tuvieron cierta preeminencia los japoneses.

Tsunami, a su vez, se forma de dos palabras, esta vez japonesas: tsu, que significa puerto o bahía, y nami, forma de referirse a una ola.

Cierto es que cuando en 2004 pasaron y repasaron en la televisión el desastre de Indonesia, no vi olas que se alzaran de manera escandalosa sino agua, entrando a tierra a una velocidad jamás imaginada, arrasando a su paso todo lo que encontraba y que ha sido considerado el tsunami más desastroso de la historia:  más de 230 mil muertos.

Se le otorga, por los científicos, la fuerza de 23 mil bombas nucleares como las que fueron soltadas, avecillas mortales, sobre Hiroshima y Nagasaki.

Quienes tenemos sentimientos sufrimos por aquellas personas arrastradas por la fuerza del agua, porque les cayeron encima palmeras o árboles o edificios, por todos los que no encontraron un lugar alto y macizo para salvarse del fenómeno.

Once países sobrellevaron los estragos del tsunami, entre ellos India, Indonesia, Tailandia, y Sri Lanka. El terremoto que lo produjo fue de una magnitud de más de nueve grados.

Y la televisión, pasándonos una y otra vez aquel desastre, como se repitió una y otra vez la penetración de dos edificios neoyorquinos por sendos aviones, los incendios que sobrevinieron luego, y el derrumbe final de las torres.

Doscientos mil muertos dejó el maremoto ocurrido en diciembre de 1908 en la costa de Messina, Italia. El terremoto causante del fenómeno marítimo que destruyó la ciudad y otros pueblos costeros fue de una magnitud idéntica al terremoto que sufrimos en Guatemala en 1976: 7.5 grados.

Nuestro particular terremoto es constante y ya tiene siglos. Desconozco, por falta de datos históricos, lo que sucedía entre los clanes y grupos indígenas descendientes de los mayas y otros pueblos que –la mayoría procedente del norte– vinieron y decidieron aposentarse en estos lares.

Pero los españoles, en medio de las fabulaciones sobre estas tierras que, según ellos descubrieron, cuando ya hacían milenios que estaban aquí, dejaron documentos históricos que dan fe de un suceso que ya lleva más de 500 años.

Conquista, colonia, supuesta independencia, incorporación a México con chicle, huída habiendo perdido territorios, división entre países o provincias –en ese tiempo no se sabía muy bien– esos hecho sí que fueron quedando en libros de historia, salpicados de la mención de seres maravillosos mas no reales: el peje-unicornio, el peje clavo y el Pece de Tehuantepec.

Los hombres marinos, los seres como caballos, las sirenas que el propio Colón hizo entrar a las crónicas.

Ninguno de aquellos seres chocantes, inusitados o increíbles guardan relación con los seres anormales y perturbadores que habitan entre nosotros en estos días. Que hacen milagros con los chelines y obtienen todo lo que ustedes saben a fuerza de trabajo honrado y meritorio, levantando fincas, adquiriendo navíos y hallando suficientes fuerzas económicas para guardar sus ahorritos dentro y fuera del país.

Me parece que en pasados días nos han augurado el mayor tsunami de la historia para limpiar estas tierras.  Lo esperamos, pues.

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