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El Acordeón

Caminos de la escritura


Por Rogelio Salazar de León

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Aquí se pretende lanzar una mirada (tan solo eso: una mirada) al territorio por el que la verdad ha llegado al registro, a la inscripción, a la escritura.

Resulta muy claro y hasta obvio que por ese territorio algunos caminos han sido trazados, sobre todo si se atiende a que la verdad ha sido perseguida de forma incesante de muchas formas y haciendo uso de varias maneras y diversas caligrafías por las que se ha ramificado el saber y, de un tiempo acá, la ciencia.

Para salir de la incomodidad del tono indeterminado e ir pasando al anecdótico, recordemos, en primer lugar ¿qué se sabe del Platón que educó a Aristóteles? Recodemos una historia real de filósofos: sabemos que al momento de su encuentro Platón era un hombre que rondaba los sesenta años y que Aristóteles era un jovencísimo hombre de diecisiete años, pero más allá de los datos de este tipo y que pueden precisarse fácilmente sabemos, por el rastro dejado, que éste ha sido un encuentro imperdible y del todo irrepetible; si ya había sido señalado el encuentro entre Sócrates y Platón, este nuevo encuentro está llamado también a no dejar nunca de ejercer influencia sobre la vida intelectual de occidente.

Platón y la Academia ya habían recorrido un camino, al irrumpir Aristóteles en la escena, ya no eran los tiempos del entusiasmo por la idea o por la mesa del banquete alrededor de la cual se revelarán los misterios del origen de la inteligencia al amparo de Eros; estos ya son otros tiempos en los que, incluso, La república ha quedado atrás, son ya los años del Teteto, el Sofista, el Político, el Filebo.

Los diálogos de esta época muestran que el camino seguido por la Academia en tiempos de la madurez de Platón, ya habían llegado hasta la crítica del carácter mestizo de las ideas: al ser a medias sustancias y abstracciones, el examen ontológico y lógico por separado de las ideas ha sido comenzado por Platón a través de la charla entre el joven Teteto con el viejo Teodoro, dos matemáticos que estando de acuerdo en algunas cosas, difieren en otras.

Ese clima crepuscular en la vida de Platón y auroral en la vida de Aristóteles ha sido lo que, de algún modo, resultó tan interesante como para mantener unidos a estos hombres por 20 años o un poco más.

A partir de allí, lo que interesa hacer visible es que Aristóteles ha sido educado por un Platón que ya está en crisis con su propio idealismo, o bien dicho de otro modo: la mejor manera que Aristóteles tiene de ser fiel a Platón es siendo su crítico, porque lo ha educado alguien que ya está criticándose a sí mismo.

Lo importante para esta nota es que la dinámica de 20 años de convivencia entre Platón y Aristóteles va a parar a la obra de este último y a la consagración de cierta forma de escritura entregada a la coherencia, a la argumentación y a los usos de la lógica; y con ella definitivamente a la ciencia posterior que bebe de la lógica su estructura formal.

En segundo lugar, vale la pena recuperar algo de lo que sabemos de otra tradición con solera, y que también ha servido para dar forma a occidente: recordar que según los judíos, desde el viejo Adán, el padre de todos los hombres, hasta Moisés, aquel príncipe egipcio de origen hebreo, el hombre vivió en una especie de deriva, hasta que sobrevino la conocida escena del monte Sinaí y las tablas de la ley, a través de la cual se determinó, finalmente, lo que se puede y no se puede hacer, lo que es tolerable y lo que no.

A ver si nos vamos entendiendo, entre esos dos momentos, entre Adán y Moisés, sucedieron algunos acontecimientos que podemos entender, casi en su totalidad, como historias de hermanos, como historias de fraternal rivalidad: Caín y Abel, Abraham y Lot, Ismael e Isaac, Esaú y Jacob, José y sus hermanos; la trama que va de Adán a Moisés está trenzada mediante narraciones que corren por los conflictos y desencuentros fraternales, en cada una de esas historias cada personaje se comporta como se comporta y los méritos o culpas de cada uno son juzgados por la ambigua y hasta caprichosa presencia de un Dios de nombre Yavhé, que aparece y desaparece, que se revela y se esconde, que premia y castiga, que ata y libera, que promete u ofrece y a veces cumple, pero que en fin tiene una presencia sombría, velada y casi temible.

Algunos de estos hermanos, actuando de manera reprobable, parecen ser premiados, mientras algunos otros son castigados al parecer sin merecerlo del todo; todos parecen actuar como quien está perdido o al menos desorientado, como quien no halla el rumbo, lo cual, si se toma en cuenta lo que será el destino de todos los hombres, no tiene por qué parecernos tan raro.

Puede decirse, entonces, que a partir de las dudas del viejo Platón que educa al joven Aristóteles, este último hace acopio de todo cuanto más tarde lo llevará a formular la lógica; y también puede decirse, según los judíos, que las roturas y destrozos de la fraternidad extraviada llevaron al pueblo hebreo a la inscripción de la ley en piedra, y nunca mejor dicho.

Lo que cuenta es que a través de la escritura y, en general, de las formas de la inscripción las letras, los números y los signos adquieren un poder grandísimo y una extensión inmensa sobre un territorio sobre el cual el hombre debe atender, sin otra opción; ya se sabe, que la naturaleza humana es inquieta y curiosa frente a la realidad que la rodea; de modo que interesa establecer que la escritura y las formas de la inscripción cargadas de su equipaje de letras, números y signos no son cosas del mundo que puedan captarse por medio de la sensibilidad; los códigos de la escritura son más bien datos para la conciencia, son una especie de inconsistencia mundana, al tiempo que son una suerte de consistencia abstracta; y esta es una condición que aleja los códigos de la escritura de agentes externos, por lo cual se ha querido ver en ellos una especial situación de limpieza de la que carecen las cosas del mundo, la escritura ostenta un especial estado de pureza que las cosas del mundo no llegan a alcanzar.

Las verdades de la escritura, sean de la lógica o de la ley no están afectadas o, al menos, pretenden no estarlo por todo lo que afecta a las cosas del mundo: cosas como el cambio o la muerte; de manera que la escritura ha funcionado, entonces, como un consuelo o un refugio para el hombre.

La verdad ha llegado a ser solo lo que puede escribirse, lo que puede quedar inscrito en algún registro o en algún archivo, mientras todo aquello que no ha dejado este rastro no ha sido fijado ni establecido, todo eso que no ha sido escrito o inscrito existe como si existiese a la deriva o, simplemente, es como si no existiese, tal como pasa con las cosas del mundo que están sujetas a los vaivenes y caprichos del cambio y la muerte.

El caso es que Aristóteles fijó la lógica, y entre Moisés y Yahvé fijaron la ley, al parecer para que el hombre en occidente tuviese un marco de referencia establecido al cual adherirse, para que el hombre contase con algo estable a lo qué referir los devaneos de su vida mundana; pero después de tanta crisis ¿podría afirmarse que todo ello, en efecto, ha funcionado…?

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