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El Acordeón

¿Si el comunismo murió es porque la democracia vive…?


Seguramente Platón no llegó a imaginar que democracia (demos-kratos) 25 siglos después significaría, clara y simplemente, votar por alguien que no sabes para quién trabaja.

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Visto lo visto, una vez que ha llegado nuevamente el momento de las decisiones políticas y las elecciones partidarias ¿qué debemos esperar? sin pensarlo mucho y sin ponernos muy serios habría que decir que, siendo Guatemala, arañazos y jalones de pelo; toda vez que durante este periodo que finaliza y el anterior los personajes prominentes, fuertes y decisivos han pertenecido al género femenino; tanto la una como la otra han sido dos representantes que han hecho quedar a su género tan mal que, incluso proponiéndoselo, difícilmente lo hubiesen hecho mejor.

Pero más allá de la inmensa vergüenza provocada por el color local, para tratar de buscar un tono menos indigno y pensar más en grande, cabe preguntar ¿Qué espectáculo muestra el mundo actual? Seguramente no muestra un espectáculo que pueda reducirse a un solo escenario, cuando menos éste es un circo que cuenta con dos pistas, o bien para decirlo con palabras prestadas: un show que cuenta con dos plateaux, uno, un escenario gris de moribundos o de muertos vivientes y otro, un escenario colorido de vitalidad o de emprendedores.

Vamos a describirlos o, al menos, vamos a intentarlo.

Por respeto hay que empezar por los muertos y sepultados, consecuentemente, por lo referido a la muerte: por el comunismo.

Siendo benévolos habría que decir que el comunismo parte o partió de la construcción de un nosotros, de una especie de comunidad encerrada en un pronombre, y de la confianza en que de esta comunidad agrupada en el nosotros dependería, según ellos, la realidad completa de las cosas y el estado pleno de la historia, con todo lo que ello conlleva: la vida de la gente, el sentido del devenir y, en general, el curso completo de cuanto es visible.

Como lo evidencia el título, de lo que aquí se habla es de la muerte del comunismo, así que, en todo caso, lo que ha muerto tendría que ser ese anhelo o afán de estar agrupados en torno al nosotros o, como diría la gramática, en torno a esa primera persona del plural: nosotros los asalariados, nosotros los proletarios, nosotros los camaradas; a lo mejor pueda llegar a decirse: lo que se dice que ha muerto es una visión del Estado entendido como ese gran nosotros.

Pero, llegado este punto, vale la pena preguntar ¿alguna vez nació eso que hoy se dice ha muerto? ¿ese nosotros alguna vez, en efecto, fue algo? O si se quiere para tratar de decirlo en palabras con sentido metafórico ¿el rojo de ese nosotros alguna vez fue tan rojo como se predicó?

En serio, de alguna manera, resulta difícil negar que no haya habido un nosotros, así sea borroso y difuso, desde los gladiadores del circo romano hasta los campesinos del arrozal en la China de Mao, desde los esclavos hebreos en Egipto hasta los esclavos negros de las plantaciones sureñas, invariablemente parece haber habido una subjetividad colectiva pobre, oprimida y potencialmente rebelde.

Siempre han estado solos, en su mutua compañía, los vencidos legendarios de la historia ¿no es cierto?

Lo que resulta difícil de aceptar, por ejemplo, es que ellos hayan estado representados por el soviético imperialismo burocrático de un Josef Stalin, por ejemplo, que ese monstruoso y enorme partido-Estado concentrado sobre sí mismo haya tenido alguna perspectiva capaz de ver hacia un más allá.

Leer a Pasternak o a Solzhenitzin provoca la pregunta acerca de ¿qué papel jugó la administración soviética ante la utopía del paraíso del nosotros, además del de asestarle un golpe mortal…?

En seguida hay que dar expresión a lo que vive, a la vida: a la democracia; y para comenzar tal vez valga la pena darle la voz al propio fundador de la utopía del nosotros, al propio Karl Marx joven, antes y todavía pendiente de recalar en Inglaterra, a quien ahora se subestima y devalúa, cuando asume desde sus primeros escritos que los gobiernos modernos están fundados sobre el poder del capital.

Nadie, a estas alturas del partido, habrá de ser tan ingenuo como para poner en duda que la riqueza privada es el centro de la determinación social: los prestamistas, los especuladores, los financistas nadie pone en duda que, por el orden, van antes que los políticos, que los gobiernos, que los corruptos, que los oportunistas; ya lo decía en un momento dramático de la historia otro revolucionario más añejo que el propio Marx, el mismo Robespierre, con la mandíbula dislocada desde el cadalso de la guillotina, al ser ejecutado: la República está perdida, triunfan los bandidos, lo cual, según se ve, no ha dejado de ser cierto desde entonces y, a lo mejor nunca tan cierto como hoy.

Lo que importa advertir es que ambos sistemas, tanto el que muere como el que vive, tanto la democracia como el comunismo colocan a la economía en el centro de las cosas; y que tratándose de lo vivo y lo vigente se coloca y entrega la emancipación en manos de la democracia maniobrada por los propietarios más poderosos.

Que la suprema voz de la diversidad sea la que emana de la Organización de las naciones unidas, y que sus deseos sean los de un capital que no conoce ni reconoce las fronteras ni las diferencias entre los hombres más que cuando le conviene, parece un paradoja; que el principal asesor de esa suprema voz sea un Fondo monetario internacional, y que sus dictámenes no sean más que el necio machacar sobre la misma opinión, orientada hacia la convicción de que el camino es este y no queda más que seguirlo, no hace sino diseñar un horizonte más bien cargado de nostalgia, melancolía y tristeza.

Qué otra cosa puede salir de la viva y llena de vida democracia, de esa noción tan vieja que para los griegos ha sido algo parecido a un lugar, que para los jacobinos ha sido algo parecido a la libertad, que para los revolucionarios ha sido algo parecido a una organización y que para nosotros hoy es algo parecido a una representación; qué puede salir de allí sino lo dicho: nostalgia, melancolía y tristeza; porque la historia parece no haber caminado gran cosa desde Platón hasta acá, ya su República está escrita sobre el desdén y desprecio más profundo por la democracia, con todo y que él nunca pudo imaginar esto en lo ha venido a parar.

Seguramente Platón no llegó a imaginar que democracia (demos-kratos) 25 siglos después significaría, clara y simplemente, votar por alguien que no sabes para quién trabaja.

Preguntar a los hombres por lo que les conviene y darles decisión sobre tales materias parece no tener sentido y, últimamente en Guatemala, preguntárselo a las mujeres tampoco.

Vistas así las cosas, de algún modo, la historia parece inexistente, o bien, para decirlo de otra forma más amanerada que podría ser el tono de los filósofos, habría que decir: porque parece no haber razón en la historia.

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