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El Acordeón

Aeropuerto


Hay que sacarse los zapatos, el cinturón, el reloj, los móviles, las medicinas, y explicar para qué sirve cada una. El policía, compungido y amable, dice: “Ay, señor, ya vio los tiempos que corren… ¿qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos?”

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En la sala 25, frente a la puerta de embarque, un display anuncia el destino del vuelo: Nahualcán. Poco a poco, comienza a llegar la varia humanidad que viajará a ese lugar, un impreciso nombre de la geografía mexicana que implica, con vastedad, montañas, costas, desiertos y selvas. Varios jóvenes, cuyo atuendo es universal, homologados por el teléfono móvil, la compulsión del mensajito y los auriculares en los oídos, jeans, tenis y playera. Algunos señores morenos y rotundos, con tenebrosa maleta viajera de agente vendedor. Otros, campesinos que parecen salidos de un cuento de Rulfo, el rostro de arrugas, quemados por el sol antiguo al que se ofrendaban corazones desde lo alto de Tenochtitlán o Chichén Itzá, con raídos trajes de fiesta, los mejores para el raro prestigio de aventuroso viaje en avión, sombreros curtidos al viento, mirada perdida y resignada.

Al lado, un muchacho de camisa floreada como si fuera a Hawái, de rostro cortado con brusquedad, semejante al poeta Francisco Martínez, desde hace tiempo desaparecido. El bigote acentúa los fuertes pómulos, las cejas espesas, el cabello espinudo como un matojo salvaje sobre la cabeza. Lee un libro de la editorial Ateneo, un manual teórico sobre la comunicación eficaz. Cualquier cosa, un anuncio en el altavoz, alguien que se mueve sin sentido, un anuncio en el otro display desata la conversación.

Es un agente viajero que vende café. No, no es de aquí. Es de Nahualcán y va de regreso luego de colocar algunas muestras en empresas del Distrito. Lugar insoportable, dice. Demasiada gente, demasiados coches, demasiado tiempo perdido en transportarse. Mejor el previsible Nahualcán, donde irá esta noche a jugar fútbol. Allí se comen camarones, mucho marisco, y está el mar. Estuvo cerca de Puebla, donde comió gusanos. Muestra la foto de dos platos en su teléfono móvil. Uno, más oscuro, son los gusanos, cuyo sabor es bien fuerte, afirma. Algo amargo, pero bueno. Y el otro, marrón claro, es de insectos. Se sienten raros, porque son crujientes cuando se mastican. Pero hay que comer de todo, carajo. Si ahí está el bicho, dale al bicho, exclama sospechosamente. Tiene dientes de caballo, es nervioso, enjuto. ¿Italia? No la conozco. Necesito tres semanas para ir a Italia. Cuando se entera que en tres semanas le da tiempo solo para Venecia, Roma y Florencia, se de-silusiona. ¿Y Nápoles? No, si yo tengo un cuate que es de Nápoles. Se llama Carmelo y dice siempre que Nápoles es mejor. ¿Mucho delincuente? Como aquí. No, en Nahualcán no hay delincuentes. Lo que hay son narcos. Pues allí que cada quien haga lo que quiera. Y ellos sí cumplen la teoría del derrame: construyen escuelas, centros de salud, dan chamba… La gente se apunta, pero yo prefiero andar con mis muestras de café. Regala dos, cuyo destino es el bote de la basura, a dos pasos, pues quién le va a explicar a la policía que un desconocido de Nahualcán te regaló esa arenilla que se parece sospechosamente a.

Se va el avión para Nahualcán y el letrero anuncia la próxima salida del vuelo para North Hampshire (EE. UU.). La sala, que se había vaciado, se va llenando otra vez con gente que pareciera ir a los campos más perdidos de la Sierra Madre y no a la metrópoli estadounidense. Hombres gordos y morenos, bigotazo como un fuete grueso sobre los labios gruesos, sombrero de rodeo y pantaloncitos cortos según la moda de los primos yanquis; mujeres obesas y sudadas que de cuando en cuando se ponen a hablar inglés con sus niños, sus tantos niños que corren, juegan, se entretienen con playstations de mano; los viejos que parecen no haberse ido para Nahualcán sino haber bajado a posta para repetir la escena vía North Hampshire (EE. UU.): tostados, arrugados, asoleados, penqueados peones de película de Pancho Villa, inverosímiles en un aeropuerto, los brillantes y achinados ojos negros en un mar de piel de tabaco, foto de Tina Modotti en las huestes campesinas de los años treinta.

De pronto, un empleado comienza a armar una especie de tinglado, un corredor con cintas elásticas azules que se desprenden de un tubo de metal vertical. Y de un cuartito, brotan policías, hombres y mujeres, que arman en poco tiempo una serie de mesas con sillas al lado. Una de las empleadas del aeropuerto dice al micrófono: “Los pasajeros provenientes del interior de la República serán sujetos a una nueva revisión”. ¿Una nueva revisión? Los viajeros, antes de pasar a la sala, habían sido sometidos a una meliflua inspección por la Policía de Aduanas. Hay que sacarse los zapatos, el cinturón, el reloj, los móviles, las medicinas, y explicar para qué sirve cada una. El policía, compungido y amable, dice: “Ay, señor, ya vio los tiempos que corren…”, mientras palpa, disculpándose de tanta molestia, brazos, sobacos, brazos, panza, piernas, entrepiernas, “¿qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos? Nuestros padres nos dejaron este, ya ve, de puros desconfiados”, sigue palpando y disculpándose, como si fuera un menester vergonzoso, “el otro día tuve que llamar al jefe por el bulto sospechoso de un señor, y, ¿qué va a creer usted? ¡Era una hernia!”. Ni siquiera se ríe.

Ahora, después de ese escarnio precedente, los pasajeros para North Hampshire (EE. UU.) se ponen en resignada fila, nadie protesta, nadie dice nada, y van pasando de policía en policía, hombres que palpan mujeres, hombres que palpan hombres, mujeres que palpan mujeres, mujeres que palpan hombres, y luego los niños, estupefactos, se dejan hurgar ellos también, bracitos en alto, panza, piernas, sáquese los zapatos, la mayor parte tenis, y es notable ver mexicanos que esculcan a niños mexicanos por la sospecha de que sean mulitas de la droga para los Estados Unidos. Lo hacen con cuidado, con premura, con decoro y con respeto, porque son sus iguales, porque son mexicanos y porque la cortesía es un don de su país. Son, también, solemnes, como quien ejecuta un rito desagradable y obligado. Previsiblemente, en North Hampshire (EE. UU.), volverán a ser registrados. Alguien sopló que en ese vuelo iba droga. O lo hacen siempre, la humillación por rutina.

Recuerdo lo que afirma Sergio González Rodríguez, en Campo de Guerra (Anagrama, 2014). Según el periodista, el narcotráfico ha permitido cumplir con un viejo sueño de los Estados Unidos: entrar en México con su policía, con sus espías, con sus asesores de seguridad. Romper la orgullosa y tradicional soberanía de ese país.

Copio:

“La meta es acrecentar la inestabilidad en México, para imponer el Estado ‘fuerte’ y la misión de que México actúe como gendarme de la región al sur de EE. UU., Centroamérica y el Caribe. El país del norte requiere que México provea la mano de obra más barata del mundo para su industria maquiladora: la mayoría de las exportaciones son para el mercado estadounidense y millones de mexicanos trabajan allá. El caos, el desastre educativo y la imposición de la barbarie (armas, droga, violencia, explotación masiva) terminan por ser redituables dentro de la geometría asimétrica de México con sus vecinos del norte. La ilegalidad es un gran negocio global. EE. UU. lo patrocina con la máquina de la guerra como plataforma económica: la urdimbre turbia”. (p. 31)

Uno quisiera recordar, en ese pobre momento, la tonante amenaza de Rubén Darío:

“Tened cuidado. ¡Vive la América Española!

Hay mil cachorros sueltos del León Español.

O el fervoroso augurio de José Martí:

¡Los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.

Los pasajeros van entrando, atrasados por el inesperado registro, abrumados por la amabilidad, siempre la desarmante cortesía, ya queda el último, el avión está por irse, y este último es un gordo que no alcanza a agacharse para amarrarse las cintas de los zapatos, “ándale, ándale”, le dice la azafata, y el gordo se pierde en el túnel con sus bofes, sus lazos al viento, y el eco de los improperios de Joaquín Pasos o los absurdos de Juan José Arreola.

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