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Isabel Allende y el feminismo


A los 78 años, Isabel Allende continúa escribiendo y haciendo sorprendentes confesiones. Ahora publica nuevo libro, donde repasa su vida a través de su militancia feminista. 

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Tiene nueva casa y nuevo marido, pero conserva las mismas ideas feministas e incluso ahora, a los 78 años, es más combativa. En lo político, habla de revolución y de lucha; en lo privado, confiesa sus errores. No sale de su residencia, pero sigue arreglándose con primor y trabajando con disciplina. Sigue muy activa, acaba de publicar Mujeres del alma mía (Plaza y Janés), donde habla de su feminismo rebelde y hace un repaso de su vida, azarosa, tocada por el éxito y la tragedia.

No ha perdido coquetería con los años.

– Para nada. La vanidad no la he perdido. Espero que sea una de las últimas cosas en irse. Mi mamá –que era exquisita– decía que con la edad uno aprende humildad, pero no tienes que renunciar necesariamente a la vanidad. Se murió con 98 años.

La echa de menos.

– Mucho. Terminaba el día y yo le escribía lo que había pasado. Era como escribir un diario. Ahora, que no tengo con quién hacer eso, me parece que los días se pegan unos con otros, son todos iguales. Siento que no hay un registro de la vida. Y la memoria es bien frágil.

Cuenta que se hizo feminista de niña al ver que su madre se encontraba en una situación de desventaja.

– No era un poco de desventaja, era una gran desventaja. Era una mujer separada en un país católico conservador en esa clase que en Chile llamamos momia.

¿Momia?

– Esa gente que vive un poco en el pasado, muy conservadora, influenciada por la religión. Había chismes alrededor de cualquier cosa que hiciera mi mamá. Estaba muy limitada, y lo que la limitaba más era que dependía económicamente de su padre y de su hermano mayor. Y después, de mi padrastro. Yo me propuse desde chiquita que me iba a mantener sola. Si dependes económicamente de alguien, no eres libre.

Su abuelo y su padrastro eran machistas, pero usted los absuelve.

– Es que mi abuelo nació en el siglo XIX, no se podía esperar que tuviera ningún concepto de igualdad de género. Mi abuelo era autoritario, pero al mismo tiempo generoso y buena gente. Estuvimos muy cerca él y yo. Siempre. Me crie en su casa. Para mi abuelo, tener una nieta feminista era como tener un monstruo. Pero me quería.

¿Cómo salió de ahí?

– Yo ni sabía que existía la palabra feminista, para mí era como una rabia interna que se manifestaba a través de una tremenda rebeldía. Pero no participé de un movimiento feminista hasta que entré a trabajar en la revista Paula. Entonces empecé a leer a las feministas americanas y europeas y a darme cuenta de que existía no solamente un movimiento, sino un lenguaje articulado para expresar eso que había sentido yo toda la vida.

Ese trabajo cambió su vida.

– Me lanzó a la calle. Tenía que entrevistar a gente, investigar, hacer reportajes. Por primera vez sentí que pertenecía a algún lugar, y que tenía algo qué hacer y qué decir. Estaba recién casada, con niños chicos. En la casa, yo era una verdadera geisha, una mamá tradicional. Apenas salía de la casa, era otra persona.

¿Qué es el feminismo?

– Para mí es el esfuerzo colectivo por cambiar el patriarcado que ha regido el mundo por milenios, por lograr una civilización en la que hombres y mujeres nos repartamos de forma equitativa la gerencia del mundo y que los valores masculinos y femeninos tengan el mismo peso.

¿Lo ve posible?

– Sí, pero no lo voy a ver yo. Lo verán mis nietas, tal vez mis bisnietas. Cuando yo comencé con esto, tenía 20 años y creía que era una lucha tan justa que en 10 o 15 años ya estaría listo. Y mira tú.

¿Le parecen justificables los excesos en busca de ese fin?

– Sí, porque hay que hacer ruido. Si no hay ruido, no creas conciencia, no llamas la atención sobre el problema. Si las mujeres no gritan, ¿crees que les van a prestar atención por lo lindas que son? No. En toda revolución se llega a extremos para después encontrar un punto medio. Yo no tengo miedo de los extremos. Y, además, muchas veces hay un culatazo de regreso.

¿A qué culatazo se refiere?

– Después de los movimientos feministas de las décadas de los sesenta y setenta, las muchachas jóvenes no querían decir que eran feministas porque no era sexy. Los hombres fueron muy hábiles al convertir el feminismo en algo antifemenino. Se han necesitado años para que surja una ola de feminismo joven como el #MeToo.

¿Por qué surgió en ese momento?

– Las cosas se dan porque maduran y llega un momento crítico en el que estallan. ¿Por qué se produjeron la Revolución rusa o la francesa? Porque se llega al tope de lo que se puede soportar.

¿No cree que cambiarán muchas cosas con la pandemia?

– Sí, cambiarán, pero no necesariamente para peor. Creo que va a haber una crisis económica tremenda. Pero en estos meses, tal vez años, por primera vez en la historia la humanidad tiene conciencia de que somos una sola familia. Y eso no se nos ha sedimentado; estamos todavía en el proceso, pero cuando pase vamos a tener ese nuevo conocimiento de la globalización humana. La globalización ha funcionado para las drogas, para las armas, para el dinero, para el capital, para la corrupción, pero no para los seres humanos. Tengo la firme esperanza de que hemos aprendido una lección tremenda.

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