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Arte&Diseño

Adiós al maestro del chelo


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Alfonso Alvarado Coronado falleció el pasado mes de octubre, a pocos días de arribar a sus 97 años. Dejó huella en el mundo de la música clásica, luego de una larga trayectoria colmada de entrega y pasión por su oficio. Las cuerdas de su viejo chelo, dejaron de sonar. Sin embargo, dejó un legado de enseñanzas entre cientos de maestros de este arte, quienes lo recuerdan como un pedagogo hábil, proactivo y carismático.

Un mérito que le valió ser condecorado en el 2005 con la Orden Francisco Marroquín, honor que también recibió su padre, Jesús María Alvarado y su hermano Manuel. Viene de una familia de músicos, talento que siguió su sobrino, Paulo Alvarado. Este es un repaso por su vida, con base a una entrevista de su nieta Dessirée cuando cumplió 90.

Oriundo de Mazatenango, Alvarado relata que su interés por la música comenzó a los 12 años. Para entonces, sus inclinaciones se debatían entre la agricultura o abrazar una carrera musical. Por azares del destino, escogió lo segundo.

“Después de pasar el examen en la escuela de agricultura, resultó que ya no había camas (…) entonces me mandaron al conservatorio. Allí había 16 vacías, pero tenía que ganarme el espacio”, recuerda. Esto fue en 1939, durante el gobierno de Jorge Ubico. “Todos los establecimientos estaban militarizados, era muy estricto”, recuerda el músico quien ingresó como alumno soldado.

Alvarado escogió el violonchelo, siguiendo los pasos de su hermano Manuel. Pero también pidió estudiar trombón y piano. Era un admirador de Glenn Miller y Tommy Dorsey. Su talento se notó muy rápido. Cuando ingresó a la Orquesta Sinfónica, a los tres meses fue ascendido a la primera categoría de chelo, es decir, al grupo de los graduados.


A partir de 1943, se dedica a la enseñanza. No olvida los Q20 que ganaba por dar veinte clases mensuales. Pronto se graduó como maestro de educación musical y obtuvo una beca para completar estudios superiores en Chile. También cursó Sociología y Ciencias Políticas. “Me encantaba impartir clases. Tengo la satisfacción de que no ha habido uno solo de mis exalumnos, de los aproximadamente cuatro mil, que algún día haya dicho algo malo de mí”, expresó.

Compuso varias marchas fúnebres, una de estas Perdóname Jesús, para el Santo Sepulcro de El Calvario, así como canciones cortas para cada uno de sus nietos.

Luego de más de cinco décadas de trabajo en la Orquesta Sinfónica, Alvarado se jubiló. Sin embargo, continuó dando clases. Como virtuoso del chelo atesoraba en su corazón la satisfacción de momentos inolvidables. Uno de estos cuando ejecutó un solo con este instrumento en el Concierto para piano No. 2 de Brahms. “El pianista alemán se levantó para felicitarme”, dijo.


El maestro Alvarado completa su legado al país con la fundación, junto a su hermano Manuel, de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Guatemala.

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