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Arte & Diseño

¿Quién fue Sorolla, el pintor que ignoró a Picasso y llamaba “holgazanes” a los vanguardistas?


El pintor valenciano, de quien se conmemoran 100 años de nacimiento, se destacó en el mundo al menos 18 años antes de que apareciera Picasso en el panorama internacional.

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Este año se conmemora el centenario de Joaquín Sorolla y España lo conmemorará con múltiples exposiciones y obras de este pintor de orígenes humildes, que terminó conquistando las mecas del arte de París y Nueva York y al que le costó conectar con las vanguardias del momento, cuyas cabezas visibles consideraba unos “holgazanes”.

Así se cuenta en una biografía a la que ha tenido acceso Europa Press que verá la luz la próxima semana, Cómo cambiar tu vida con Sorolla (Lumen), en la que el periodista César Suárez hace un exhaustivo repaso por algunos de los momentos más destacados del genial artista valenciano, mezclando también relatos de ficción.

Origen humilde

En esa primera parte, la mirada de Suárez se detiene especialmente en los orígenes humildes de Sorolla, marcados por la temprana muerte de sus padres debido al cólera que llegó a la capital valenciana por la inundación de un temporal. “El pintor jamás olvidará aquella tragedia que no podía recordar, pero de la que mantuvo toda su vida una `intensa conciencia a posteriori`”, según explica la obra.

El padre de Sorolla, también Joaquín, era un comerciante de telas que tuvo siete hijos con Concepción, y ambos mantenían una “vida humilde, pero no pobre”, en una parte de la ciudad con un “decorado de menestrales, campesinos o arrieros con sus recuas de animales” en el que creció el pequeño Joaquín.

A la muerte de sus padres, Joaquín pasa a vivir con sus tíos, cambiando “el jaleo del mercado al ambiente marinero”, pero con cierta humildad. Sea como fuere, los tíos favorecieron el talento de su sobrino, primero llevándolo a clases con un escultor amigo y después apostando por su ingreso en la Escuela de Bellas Artes de Valencia.

Los grandes saltos

El resto de historia de éxito de Sorolla es conocida, pasando por su “gran triunfo individual” en 1906 en París o su primera exposición en 1909 en Nueva York de la mano de la Hispanic Society, dos momentos que sentaron las bases de su reconocimiento internacional. El papel de Clotilde, su esposa, también ocupa varias páginas a lo largo de esta biografía.

Sin embargo, hay otras situaciones destacadas que se abordan menos en torno a la figura del autor de obras como Niños en la playa u ¡Otra Margarita!: la relación con sus coetáneos. Y, en concreto, con Pablo Picasso, de quien también se celebra su centenario en 2023 y que ha venido más marcada por polémica debido a algunas críticas por su vida personal –todo lo contrario que con Sorolla–.

¡Otra Margarita!, de Joaquín Soroalla.

En esta biografía, Suárez recuerda que ni en las cartas ni en las entrevistas de Sorolla ni en los comentarios de sus biógrafos hay una sola mención a Picasso. “Es posible que, en alguna conversación, saliese el nombre del joven pintor de Málaga, que se instala en París en 1904 con el descarado propósito de encontrar un nuevo camino en el arte”, recoge un párrafo de este libro.

De hecho, se especula con que se cruzaran en la Exposición Universal de 1900, donde Picasso presenta una obra que posteriormente desapareció. “Pero eso nunca lo sabremos. Cuando Picasso comienza a ser conocido, Sorolla ya está en otra órbita. Era dieciocho años mayor y en menos de una generación el mundo se puso del revés”, explica Suárez.

Lo que sí añade para aportar un poco más de luz respecto a la opinión de Sorolla con el arte nuevo que está llegando de la mano de los impresionistas es su rechazo (o indiferencia) a la vanguardia. “Parece claro que a Sorolla ni se le pasó por la cabeza tener ningún tipo de relación con este arranque de la modernidad. Su mundo era otro”, apunta el biógrafo.

“Es sencillo suponer la opinión de Sorolla sobre los movimientos artísticos de vanguardia, si es que se molestó en reparar en ellos, teniendo en cuenta que el impresionismo le parecía un pasatiempo de holgazanes y lo que vino después, “un disparate gracioso ridículo” (eso dijo de los cuadros de Matisse)”, concluye la obra.

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Agencias
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