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Arte & Diseño

Isabel Ruiz era un volcán


La artista, que nació el 23 de abril hace 76 años, dejó un legado que trasciende fronteras y generaciones.

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Acuarela, grabado, instalaciones y performance. Isabel Ruiz (1945-2019) utilizó técnicas, materiales y estilos para expresar profundos mensajes y denunciar dolorosas verdades. La artista, que nació el 23 de abril hace 76 años, dejó un legado que trasciende fronteras y generaciones.

Su esposo, el escritor Francisco Morales Santos, relata en un escrito: “Desde el tiempo en que preparaba su primera exposición, que consistió en un conjunto de acuarelas, Isabel Ruiz ya manifestaba su inclinación por los colores vivos, colores que no había que buscar en los maestros europeos sino en la floración del paisaje guatemalteco y los trajes que engalanan a los habitantes originarios por donde quiera que se les vea: Quiché, Cobán, Huehuetenango, Sololá, Quetzaltenango”.

Morales Santos da cuenta de su transformación.  “Su introspección siempre fue de la mano de una reflexión constante acerca de la realidad vivida en esta tierra en el correr del tiempo, por lo que, con el paso de los años, todo aquello se transformó en colores grises, de tierra seca, cruces, fechas. No podía ser de otra manera para quien es parte de una generación que vivió entre la esperanza y la frustración, entre el sobresalto y la disposición a la lucha contra la injusticia”.

La crítica de arte Rosina Cazali refiere que para Isabel el arte “era una intermediación entre lo que le preocupaba:  la sociedad, la gente, su familia, el lugar donde vivía. Era una puerta que le ayudaba a expresar su sentir”.

En su escrito, Morales Santos cita a Marco Augusto Quiroa, quien al encontrarse con el trabajo de Isabel dijo: “la primera impresión al “ver” los dibujos de Isabel Ruiz es de una humanidad palpitante, un afán de decir, de expresar, y a la vez de rebeldía, de franca inconformidad con todo lo que sea moldes y conceptos preestablecidos… Los dibujos de Isabel no son expresión de señorita comodona enamorada de floreros coquetos y paisajes de color azucarado.”

“Me recuerdo que alguna vez dijo que su trabajo desde principios de los años ochenta era de denuncia y que para ella era una satisfacción”, afirma Rudy Cotton, quien compartió con ella cuando como grabadores participaron juntos en el taller de Moisés Barrios.

Goya y los grabados

“El grabado fue para ella una pasión desbordante, de manera que cuando los ácidos comenzaron a afectar su salud, optó por trasladar al papel su energía, haciéndole incisiones, veladuras, montajes de diverso tipo”, recuerda Morales Santos.

“Creo que viene al caso decir que, en su hacer artístico, Isabel Ruiz siempre tuvo presente la figura de Francisco de Goya y Lucientes, el de las Pesadillas, como un guía espiritual. Ella decía: Goya ha sido para mí como un dios, mi verdadero guía. Después de Goya descubrí al mexicano Francisco Toledo. Esto refrenda su alto grado de conciencia y su conocimiento del arte”, añade el escritor.

Instalaciones que inspiran

Morales Santos recuerda algunas de las instalaciones de Isabel como las series Sahumerio, Test-Timonios. Está compuesta por un conjunto de pañuelos en los que reprodujo testimonios de las víctimas del conflicto armado interno. Además de Asepsia, acerca de los derechos del niño escrito en rollos de papel higiénico;  Crescendo, compuesta por  cuatro largas mantas ensangrentadas con fechas clave de “nuestra atribulada historia” y Matemática sustractiva  “en la que se puso a contar a los miles de víctimas de la guerra civil de la segunda mitad del siglo XX en Guatemala”, refiere.

De su evolución, Cazali destaca: “No seguía convenciones y se dio el chance de experimentar a pesar de ser ya una artista formada y adulta. Estaba muy actualizada”.

La actriz y cineasta Camila Urrutia recuerda cómo el trabajo de Isabel enriqueció la puesta en escena de la obra de teatro Las Profanas, dirigida por Luis Carlos Pineda. “Era 2008 y hubo un proyecto del Centro Cultural de España, en el que se reunían un dramaturgo, un director, un grupo de teatro y una artista plástica. Isabel Ruiz realizó una intervención en el piso del teatro. Era una manta gigante e hizo una intervención plástica muy linda, que nos daba un espacio físico y simbólico donde actuar”, rememora.

Exigente, tierna y bromista

La sensibilidad de la artista se puso de manifiesto no solo en lo que plasmaba a través de obras. Cazali, quien en los años ochenta  coincidió con ella en  la Galería Imaginaria, afirma: “Isabel era un volcán. “Era muy exigente porque siempre quería que dijeras lo que pensabas. Pero era también muy tierna y tenía un gran sentido del humor”, dice.

El gran corazón de Ruiz se reflejó también en el trabajo que realizó junto a niños de escasos recursos, lo cual es destacado tanto por Cazali como por Cotton.

La trascendencia

Aunque fue Guatemala la raíz de su inspiración, Isabel trascendió las fronteras gracias al lenguaje de su arte. La crítica estadounidense Shifra Goldman señaló: “El estilo de Isabel Ruiz –el cual, más que un estilo, es un lenguaje necesario que incorpora sus emociones– ha sido transformado (reencarnado) de la semiótica existencial de la neofiguración latinoamericana de los años sesenta en un lenguaje de protesta y de duelo. Ella no está preocupada, como lo estaban sus predecesores de la nueva imagen (como José Luis Cuevas), en monstruosidades nacidas de la corrupción individual interna, sino de las monstruosidades producidas por un régimen social corrupto y brutal”.

El crítico cubano Nelson Herrera Isla también dedicó las siguientes palabras a la artista y su obra:  “Isabel Ruiz persiste en la búsqueda de resonancias ancestrales en el proceso actual de reconstrucción de identidades violadas, tanto física como espiritualmente. Maneja con cuidado el entramado de fotografía, pintura, textos e iluminación artificial en cada una de las obras, al tiempo que brinda una atmósfera de recogimiento y reflexión (mediante el oscurecimiento del espacio de exhibición). Sus obras denuncian también el sometimiento y represión que ha padecido el corpus social guatemalteco, y la necesidad de dejar escuchar la voz de los olvidados en todos estos años. Son otros de los tantos viajes a la semilla que la artista dispone para reconocerse en el presente. Piezas híbridas de difícil clasificación, surgidas de la memoria colectiva e individual, de una intensa existencia vinculada al devenir histórico”.

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