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Cultura

El prodigioso Camilo José Cela


Viaje al centro de los libros.

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El escritor Camilo José Cela (1917-2002), bautizado como Camilo José María Manuel Juan Ramón Francisco Javier de Jerónimo, fue dueño de una prosa extraordinaria que lo hizo muy popular y acreedor del Premio Nobel de Literatura en 1989, así como de todos los premios importantes, el Cervantes, Príncipe de Asturias, Premio Nacional, el Planeta…, honores que deberían honrar, pero que en Cela agitaron la envidia, acoso y menosprecio del gremio intelectual, que dirigió ataques constantes por ignominias y rencores de juicio moral, que aún hoy no dejan de perseguirlo golpeando la lápida que lo separa del mundo. Así como tuvo seguidores y lectores fanáticos que no se perdían la lectura de sus obras, se labró una gran cantidad de opositores que trataban de opacar su éxito poniendo en duda su obra debido a su cualidad moral, porque fue censor en tiempos de la dictadura que también censuró sus novelas. Pero vida es una cosa y obra otra. Cela fue dueño de una voz narrativa única, como corresponde al don que llega o no al escritor, porque en arte no se trata de querer sino de que suceda, y no se puede rogar para ser leídos, porque el escritor no espera caridad, los lectores llegan a él como a la miel o no llegan, y Camilo tenía una cadencia virtuosa, un raro ingenio desfachatado y humorístico que encantaba, porque no importaba lo que estuviera contando, lo hacía resultar placentero. Pero tanto fue atacado por sus detractores que se dedicó tardíamente a sacarse del pecho la daga que le fue clavada una y otra vez, a lo largo de la vida, sacudiéndose los remordimientos y resentimientos con la escritura de un libro proverbial: ‘Memorias, entendimientos y voluntades’, “croniquilla sentimental y verdadera” escrita para espantar el olvido, donde derrochó con gran fuerza y brillo su talento, enseñoreado de prosa soberbia, lucidez y parcialidad humana en defensa personal. Se dice de los artistas que puede perdonárseles todos los extravíos, menos la mediocridad que acarrea el olvido. Los vicios, creencias, pecaminosidades son un asunto personal, mientras que la obra literaria está más allá de la realidad y del autor.

En sus memorias empieza advirtiendo: “No voy a pedir disculpas de nada porque no me avergüenzo ni me arrepiento de nada de lo que haya podido hacer y porque tengo la fundada evidencia de que no lleva a ningún lado el implorar la caridad”. “Y declaro que no voy a pedir disculpa de nada porque pienso que, en todo caso, tendrían que habérmela pedido a mí por haberme metido en todos los berenjenales en que me metieron a palos y sin comerlo ni beberlo, por ejemplo, en la guerra civil y en el espectáculo del turbio juego de los políticos, eso que es todavía peor que la guerra”.

El autor, con total dominio del idioma, escribe una obra estupenda para compartir con sus lectores la memoria de sus días de niño y joven, desde cuando fue expulsado de los colegios de monjas y jesuitas por esa manera suya de morder tobillos y desobedecer, y su llegada a Madrid y el encanto de descubrir la vida desde un piso con balcones desde donde se apreciaba el paso de los cortejos fúnebres.

Presenciar las entrevistas de hace más de treinta años en blanco y negro de Cela incorrecto, malcriado, audaz y espectacular son motivo de refrescamiento del espíritu, porque en la actualidad de los absolutismos hay que tragarse tantas lecturas sosas, mientras que con escritores como Cela se revive la pasión del ingenio y donaire en idioma español. En sus obras lo que agrada es la forma, no lo que dice sino cómo lo dice. Fue un gran narrador, insolente, socarrón, brillante y perturbador, y un ejemplo de estilo y vigor creativo.

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