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Cultura

Semana Santa 2021


Este es el relato de cómo Leslie Velásquez pudo cargar al Sepultado de Santo Domingo. Es un fragmento del texto original, publicado por la editorial Maíz y Olivo en “Un pueblo frente al espejo”.

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Transcurrían los primeros días de la Cuaresma de 2002. Era el último año de Juan Gavarrete Soberón como presidente de la Hermandad del Señor Sepultado de Santo Domingo, cargo en el que se desempeñó por poco más de una década. 

Leslie Velázquez-Quan también había fungido años atrás como directiva de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad del mismo templo, pero para entonces ya había entregado el puesto. No obstante, su cercanía con la estructura organizativo-administrativa del Cristo Muerto era tal, que colaboraba con ellos permanentemente y se mantenía muchas horas en el salón Jesús Obrero, durante los procesos de inscripción y entrega de turnos. Ella era amiga de todos. 

Uno de sus más importantes recuerdos, según narra, es haber podido donar su pelo para realizarle una cabellera a la imagen, en 1993. Mientras fue directiva, prefirió regalar su turno de Honor Entrada para poder observar el ingreso del Señor Sepultado en las primeras horas del Sábado Santo. Es una experiencia que nadie quiere perderse. 

“Virgencita, yo no puedo negar lo que hay dentro de mí. Tú sabes mejor que nadie por qué estoy aquí: y si te sirvo es para estar más cerca de mi Señor”, fue la confesión que le hizo Leslie a la imagen de la Virgen cuando se involucró para integrar la nueva Cofradía de la Soledad, en 1995. “Fui bien clara en mi conversación con ella, pues quería que no se sintiera mal. Sentí como si estuviera hablándole a una amiga”, admite. 

Su amor por el Sepultado era tan grande, que siempre se imaginó llevándolo en hombros un Viernes Santo, en su mera procesión. Y lo intentó; lo intentó muchas veces.

Mitad en broma, mitad en serio, Leslie se acercaba cuando podía al presidente de la Hermandad y le decía: “Don Juan, quiero cargar a Jesús”. “No se puede; jamás se ha hecho”, era la respuesta que recibía. 

Pero todo cambió ese Primer Domingo de Cuaresma de 2002. Ella entró a Jesús Obrero y saludó a todo el mundo, como solía hacer. Se acercó a don Juan y le insistió una vez más: “Bueno, ¿esta vez sí me va a dar mi turno?” Tras pensarlo algunos segundos, Gavarrete se levantó del escritorio de uno de los directivos, se acercó a un integrante de la comisión de turnos y le dijo: “Mario, un turno de colaboradores para Leslie”. 

El “turno de colaboradores”, o turno Honor Entrada, es la tanda previa al ingreso del Señor Sepultado a la basílica, y representaba en ese entonces una distinción para las personas que, sin ser miembros de la junta directiva o patrocinadores de la procesión, habrían colaborado de forma destacada en las actividades realizadas a lo largo del año. Por supuesto, era y sigue siendo un turno reservado para varones, como todos los demás del Santo Entierro.

Mario Coronado recibió la instrucción de parte de Juan Gavarrete. Con unos ojos enormes llenos de incredulidad, sorpresa y complicidad, volteó a ver a Leslie para decirle: “Se te hizo”.

“Yo miraba a Mario y temblaba, mientras él escribía mi nombre en el libro de inscripciones”, relata con la misma emoción que seguramente vivió en ese momento. “Pensé en entregarle el turno a mi esposo, pero de inmediato dije no; tiene mi nombre, es mío”, indica.

El presidente de la Hermandad le advirtió que, para cumplir con su sueño, era necesario que se vistiese de cucurucho. Era el requisito indispensable para llevar en hombros al Señor. No podría hacerlo con falda y madrileña, como suelen cargar las devotas. Asimismo, le pidió total sigilo y discreción al momento de formarse para recibir el brazo, ello pese a que el turno que le entregaron estaba ubicado adentro del anda, donde nadie podría verla.

El Viernes Santo de 1996, la procesión del Señor Sepultado estrenó el denominado “bolillo central”, una de muchas innovaciones dominicas, que consistía en una tercera armazón de madera incrustada dentro del mueble procesional, acondicionada con 20 almohadillas. Esta invención permitió aumentar su capacidad de 80 a 100 devotos cargadores por turno. Fue el único mueble que tuvo tal característica, hasta que fue suplantado por una nueva anda de gusto ecléctico y extravagante. Las tandas que correspondían a ese espacio se conocían como “turnos penitenciales”, por su naturaleza íntima y mística a la hora de llevar la procesión en hombros.

“Le encargo por favor mantener su turno en secreto. Esto no lo puede saber nadie. Usted no tiene idea de lo que esto me afectaría, pero tomo el riesgo porque sé lo mucho que lo ha deseado y lo mucho que lo merece”, fueron las palabras con las que Gavarrete le entregó a Leslie su cartulina. 

Paradójicamente, la primera expresión de rechazo que recibió provino de su esposo de aquel entonces. 

–Amor, ¿me prestarías tu túnica negra el Viernes Santo?

–¿Cómo así?

–Es que, finalmente, tengo turno para cargar al Señor.

–¡Qué! No… Eso no es posible, no puede ser. Las mujeres nunca han cargado al Señor. Yo no te voy a prestar mi túnica para que hagás eso.

“Las mujeres nunca han cargado al Señor” era la frase de muchos en la Hermandad, a decir de Leslie.

Ante la negativa que recibió, se mandó a confeccionar su propia túnica negra, misma que aún conserva. De hecho, estuvo dispuesta a cortarse su cabello largo, con tal de cargar sin mayores inconvenientes su tan ansiado turno. 

Fue la Cuaresma más larga de su vida. Cuando llegó el Viernes Santo, no podía con los nervios. Para intentar que quienes la conocían en filas –que eran muchos– se quedaran con la imagen de una Leslie mujer, se maquilló más de lo que solía hacer. De los cinco turnos que tenía con la Virgen, cargó el último a su paso por el parque San Sebastián. Para entonces, su primera hija tenía seis meses.

Apurada, salió del cortejo con la bebé en brazos para buscar la casa de sus suegros. Ahí había llevado todo. Consiguió zapatos de hombre, corbata negra, pantalón, camisa y mancuernillas, pero lo más trabajoso sería el desmaquillarse y tratar de simular una sombra que asemejara una barba en su rostro. Se pintó las cejas para engrosarlas y se vendó los pechos. Además se puso lentes, para intentar ocultar de alguna manera sus profundos y conocidos ojos verdes. Su esposo, en tanto, se mantenía colaborando adentro de la procesión.

Ya lista, sólo tocaba esperar a que se acercara la hora, para salir de nuevo al encuentro del Sepultado.

Se llegó la media noche. El Cristo Muerto dominico venía enfilando por la 11 Avenida, en dirección al Parque Colón. En ese momento, ya sólo acompañan el cortejo la cruz alta, los ciriales y los estandartes, pues los pasos suelen adelantarse para ser guardados antes del ingreso de la procesión. 

Ubicada en la esquina de la 10ª Calle y 12 Avenida, trató de pasar desapercibida, mas para entonces el rumor se había expandido cual pólvora. Sus amigos cercanos, preocupados, se acercaron a ella para tratar de aconsejarla. “Leslie, este es el único turno que tiene dos cruces y por tu altura vas a ir atrás. Si sentís que te pesa mucho, sacás el hombro”, le decían. 

Ella sentía todas las miradas: unas de sorpresa, otras de admiración y muchas de desaprobación. Formada en su turno, pasó Gavarrete acompañado del Nuncio Apostólico. Alguien llegó a avisarle sobre la presencia de Leslie; él prefirió no voltear a ver. 

Mario Ríos, exdirectivo y colaborador de muchos años de la Hermandad, fungía como jefe de cambio de turnos en el cortejo. A pesar de ser una persona cercana a Leslie, con su voz fuerte la encaró: 

–¡Qué estás haciendo aquí! Tú sabés perfectamente que no podés estar en este lugar.

–¡Callate! ¡Bajá la voz! Todos se están enterando de que soy mujer porque tú lo estás diciendo.

Serena, Leslie tomó su cartulina, le dio vuelta y le respondió a su amigo:

–Yo conozco los estatutos de la Hermandad, y en ellos dice que cualquier persona que presente su cartulina no puede ser retirada de su turno y, como ves, tiene mi nombre. No está alterado ni falsificado; por lo tanto, no me podés sacar de aquí. 

Ante la situación, un colaborador buscó nuevamente al presidente de la Hermandad. “¡Don Juan, don Juan! ¡Leslie va a cargar al Señor!”, le informaron. “Sí”, respondio él, “yo le di el turno y ustedes están atrasando la procesión”, sentenció. Frente a esto, Ríos no tuvo otra alternativa que dejarla en su lugar. 

Con el anda llegando a la esquina, Leslie se puso de rodillas para permitir que el mueble pasara sobre su cabeza, pero la tensión ocasionada por lo que había sucedido aún estaba latente. Sin embargo, cuando levantó la mirada, se dio cuenta de que se encontraba exactamente debajo de la urna, y en proyección a ella estaba justo sobre la cabeza del Sepultado. Abrazó el bolillo y lloró agradecida. Fue un momento que quiso dejar grabado por siempre en su memoria. Se dejó llevar por la marcha Cristo Rey, de Miguel Zaltrón, mientras el anda se mecía suavemente buscando la puerta principal del templo. En algún instante se permitió abrir los ojos y se dio cuenta que alguien estaba cerca de ella, cuidándola. Era el encargado del coro de la Hermandad de esos tiempos.

“Cuando terminó el turno no podía soltar el bolillo, simplemente no quería ponerle fin a lo que estaba viviendo, hasta que los cucuruchos de enfrente empezaron a girarse para salir por detrás. Salgo por debajo del anda y los reflectores de la banda me iluminaron por completo. Ahí se encontraban ya las directivas de la Cofradía de la Soledad formadas, esperando su turno de entrada de la Virgen; inevitablemente, todas me vieron con expresión de sorpresa”, recuerda. 

A esas alturas ya nada le importaba. Su sueño anhelado se había cumplido. Fue por su hija, se quitó la túnica, se sacó la camisa, se soltó el pelo y corrió, como hacía siempre, a observar la entrada de su Sepultado.

***

Cuando Leslie llevó en hombros al Sepultado dominico, Juan Gavarrete estaba a meses de entregar la presidencia de la Hermandad. Tiempo después, supo por boca de Willy Mancilla, vicepresidente en ese entonces, que don Juan accedió a romper con la norma porque, en sus palabras, “ya hubiera querido que muchos cucuruchos, incluso directivos, amaran tanto al Señor como lo hacía ella”. 

Tras su participación en el cortejo, en la siguiente reunión de junta directiva hubo problemas. El primer tema para discutir fue ese. Ofendidos, algunos de sus miembros tildaron como falta de respeto hacia los devotos, el hecho de que una mujer se hubiese puesto túnica negra para cargar desde la clandestinidad al Sepultado. Lo consideraron una burla para los cucuruchos y demandaron más cuidado para que esto no volviese a ocurrir jamás. Otros pidieron que el asunto no se abordara y que simplemente quedara sumergido en el olvido. “Si se olvida, no pasó”, reflexionaron. 

“Cuando lo hice, mi intención era vivir mi turno sin importar cómo fuera. Yo no quería dañar a nadie, mucho menos a la Hermandad; no quería provocar un problema que trascendiera a mayores. No me puse la túnica para faltarle el respeto a nadie ni por burlarme del Señor, sino para guardar las propias normas que la Hermandad tiene. Que no esté de acuerdo en que sean tan cuadrados es otra cosa, pero tampoco era mi objetivo alterar y burlarme de ellos”, dice Leslie. 

Sin embargo, para la Semana Santa de 2009 se asignó de manera oficial un turno de mujeres para el Señor Sepultado, vestidas como devotas, en la 6ª Avenida entre 11 y 10ª Calles. Fue la única vez en la historia de la Hermandad que ello sucedió. Ahí, ella pudo cargar nuevamente a su Jesús, sin temor a ser juzgada, sin disfrazarse y sin esconderse de nadie. 

Leslie relata que el amigo que la increpó fuertemente ese Viernes Santo de 2002, reconoció con los años que se excedió en su reacción, pues no comprendía la magnitud de lo que significaba para ella cargar al Señor. Hoy, Mario y Leslie siguen relacionándose sin que existan rencores ni reproches. 

Cumplir su sueño fue un camino cuesta arriba, lleno de desafíos, estigmas y tensiones, paradójicamente en un entorno en donde dicen llamarse cristianos. Pero Leslie abrió una grieta importante, valiosa, que con el tiempo permitirá que las mujeres que deseen llevar en hombros la imagen de su Jesús lo puedan hacer libremente, sin tener que acudir a la clandestinidad, como lo hizo en su momento la cucurucha infiltrada.

Esa túnica negra con la que desafió la rigidez de una de las instituciones más añejas de la religiosidad popular de Guatemala, eventualmente deberá formar parte de un museo, pues aunque no nació siendo hombre, ella siempre se sintió parte de dicha Hermandad. “Yo”, dice, “sólo quería mi pedacito de gloria”.

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