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Cultura

En torno a José Batres Montufar


Viaje al centro de los libros

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Nuestro poeta ‘Pepe’ Batres, el de ‘Yo pienso en ti’, nació en el año de 1809, cuando sus padres trabajaban en la provincia de San Salvador, de donde se trasladaron a Guatemala, donde le tocó crecer, estudiar y vivir los estragos y borrascas de la Independencia. En su obra retrató las tradiciones del nuevo y joven país, donde según su biógrafo Antonio Batres Jáuregui: ‘era la holganza la base de la felicidad’. De su obra sobresale ‘Don Pablo’, ‘El Reloj’ y ‘Las falsas apariencias’, tradiciones de Guatemala escritas en verso que expresan el fino ingenio, ironía y humorismo de quien muy a lo Quevedo sabía juzgar a la sociedad por sus defectos.

A mediados del siglo XIX Guatemala le parecía un país al cual se tenía que querer simplemente por ser el nuestro, aunque no fuera fácil debido a las taras del comportamiento ciudadano: donde basta que surja una ley de recaudación de impuestos para que se promueva de inmediato el contrabando (que no desaparecerá a menos que se eliminen las obligaciones), donde los diputados y políticos que gobiernan no ayudan al país sino le hacen la guerra, donde se impide sobresalir a los sabios impulsándolos a la inactividad y sumergiéndolos en el olvido. Un país, donde como lo expone en ‘Las falsas apariencias’, es mejor no exponerse a hacer valer la verdad, para evitar la crucifixión por jugar de redentor. Si se descubre a un político robando, es mejor no darse por enterado, decía, asumir que fue una equivocación, un engaño de la vista, porque de revelarse lo evidente podría recibir el tiro por la culata, y terminar siendo víctima o acusado de la villanía que presenció, sufriendo persecución y castigo. En aquel entonces, la enseñanza era seguir la regla de los tres monos sabios.

Plantea el ejemplo de don Juan del Puente, un trabajador comerciante dedicado a las bondades del contrabando, que una noche regresa al hogar de manera inesperada y descubre a la esposa suspirando entre las sábanas. Al besarla a oscuras, se sorprende al encontrar que tiene bigotes. Junto a su amada esposa Mariquita yace durmiendo el amante. Ella utiliza todos los medios posibles para demostrarle al marido su honradez, llorando y explicándole que todo debe corresponder a un error, que no se deje guiar por las falsas apariencias. Pero el esposo cornudo se deja dominar por los celos y alzando la espada decide castigar al intruso que mancilla su hogar. El bigotudo corre y utiliza una tranca en su defensa, con la cual golpea a don Juan dejándolo cojo. Huye el amante y huye la esposa, quedando el marido solo, herido, abandonado, hasta convertirse de anciano en un tendero amargado, impedido y sin honra. La irónica recomendación es vivir como enseña la costumbre chapina, escondiendo todo y desvirtuando las apariencias. Con humor recomienda el poeta, que ante un caso similar, lo apropiado es taparse los ojos por cinco minutos, restregándoselos para ver bien, sabiendo que así de seguro al abrirlos de nuevo el bigote habrá desaparecido porque no existía.

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