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Cultura

Abularach: la línea infinita


Rodolfo Abularach murió ayer a causa de complicaciones de salud. Su legado es amplio. 

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Carlos Mérida le dijo una vez que debía irse de Guatemala para aprovechar su talento. El camino estaba afuera, en otras latitudes, a la espera de una mente amplia e inquieta que quisiera recorrerlo. Rodolfo Abularach tomó el consejo y así lo hizo. Comenzó a trazar una línea que lo llevaría al mundo. También la perpetuó sobre el lienzo. Ayer, la línea física del artista llegó a su fin. No obstante, no parece un horizonte para la obra de una figura más que reconocida en el mundo del arte.

La noticia de su muerte generó pesar en el sector cultura. El artista tenía 87 años y su deceso se produjo a causa de complicaciones de salud. Su estado era delicado debido a un cáncer recién descubierto y al padecimiento del coronavirus. Las muestras de cariño no se hicieron esperar. Artistas, galerías, miembros del sector e instituciones lamentaron la pérdida.  

Si bien siempre se le asoció con los ojos como tema, su obra va mucho más allá. “La gente cree que soy un pintor estático, pero no es cierto. Tengo varios periodos. He hecho volcanes, guerras, edificios destruidos, premoniciones. No he sido estacionario”, comentó a este medio en una entrevista realizada en 2016.

Abularach nació en Guatemala en 1933. Tenía ascendencia palestina. El arte lo llevó desde niño a retratar su realidad y sus aficiones. Su padre tenía una plaza de toros y el artista dio sus primeros pasos en esa línea. Su padre le llevaba fotografías y afiches de las corridas. “Trajo a Guatemala a varios de los toreros más famosos del momento”, solía decir. También se reconocía como “autodidacta”. Con ese tema hizo su primera exposición en la Sala de Turismo. 

Tras su paso por la Escuela Nacional de Artes Plásticas, el Gobierno le concedió una beca para estudiar en Estados Unidos. Su línea comenzó a expandirse. “Yo decidí ir a estudiar grabado. No quería perder libertad, porque las escuelas tienden a domesticar alumnos. Estudié todas las técnicas”, contaba. Eso fue en la mitad del siglo XX. De esa época surgió su amistad con Omar Rayo y obtuvo otra beca, esta vez del Guggenheim y de ese proceso el MoMA comenzó a adquirir su trabajo. 

La obra de Abularach se basa en líneas. Se dejan diluir sobre el lienzo y el papel hasta formar densidades, claroscuros. Con ese ejercicio como acción sistemática, el artista logró articular composiciones en las que logró condensar sus propios pensamientos e inquietudes. 

Eso sí, los ojos también se le hicieron icónicos. Si bien trabajó por mucho tiempo la temática del ojo desde lo figurativo, el origen de este leitmotiv es geométrico. En un taller en Los Ángeles comenzó a experimentar con el compás y así descubrió “el ojo”. Era mediados de los años sesenta y la muestra resultante se llamó City of Eyes. “Al principio era hipnótico, con un vacío que tenía que ver con el pensamiento budista”, decía. 

A lo largo de su vida recibió premios y homenajes. El último llegó en 2019. Obtuvo el Premio Carlos Mérida, que el Ministerio de Cultura otorga a las artes. En el acta del jurado constan los motivos: “Por su continuo interés en experimentar distintas técnicas, dominándolas hasta agotar sus posibilidades e incluso creando nuevas maneras de expresión con una calidad depurada y un alto sentido estético”. En suma, un maestro. 

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