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Cultura

José Martí en Guatemala


Méndez Vides aborda el paso que el poeta cubano tuvo en Guatemala. Fue a finales del siglo XIX, un momento histórico que retrata bien en sus vivencias.

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José Martí se había establecido en México, donde mantenía a sus padres y hermanas, y había planeado casarse con Carmen Zayas-Bazán cuando Porfirio Díaz dio el golpe de Estado y cerró la ‘Revista Universal’ dejándolo sin empleo.   Gracias a su amistad con Juan Ramón Uriarte, embajador nuestro en el vecino país, se preparó para venir a Guatemala y mandar a sus familiares de regreso a Cuba, para lo que realizó un viaje clandestino a La Habana y embarcó por turnos a sus padres y hermanas, desde Mérida, de donde vino a estas tierras, en canoa hasta Río Dulce, y en mula a la Capital.    Martí vivió en Guatemala de abril de 1877 a julio de 1878.

La biografía de José Martí más lúcida y apasionante, es la del cubano Luis Toledo Sande, ‘Cesto en llamas’, porque se lee como novela y presenta a José Martí como un genio rebelde e iluminado, mártir y soñador, ángel de carne y hueso que encarnó el sueño universal de la libertad. Y para nosotros, esta obra presenta una radiografía fascinante del país en los tiempos de Justo Rufino Barrios.

La obra revela el lado sórdido de la experiencia de Martí en nuestra tierra. Vino siendo apenas un muchacho de 24 años que ya había estado en la cárcel, conocido los grilletes y el sabor del destierro, había estudiado leyes en España y ejercido la literatura y el periodismo en México, y fue bienvenido como soplido de aire fresco, abrazado y bienvenido, porque todos querían tenerlo en sus tertulias, y sus discursos eran ovacionados, hasta que llegó al conocimiento de Justo Rufino Barrios.  En mayo de 1877 le pidieron de la Sociedad Literaria El Porvenir dictar un discurso en el Teatro Colón, y su éxito fue tal que lo nombraron vicepresidente honorario de la sociedad.  Fue muy bien acogido por familias ilustres, como la del expresidente Miguel García Granados, donde jugaba ajedrez y conversaba. En esa casa conoció a María, la ‘Niña de Guatemala’, hija del anfitrión, que se prendó del poeta y llenó de falsas ilusiones.

A finales del año 1877 partió a México a casarse, y regresó por tierra con su pareja, atravesando “cerros y ríos caudalosos”, salvándose de las cuadrillas de ladrones gracias a la protección que se le otorgó. Fue corta su estadía, pero recorrió casi todo nuestro territorio, el que describió en su obra ‘Guatemala’.

Al retorno ya nada fue lo mismo, porque vino casado a establecerse definitivamente dedicado a la docencia, porque Guatemala “lo hizo maestro, que es hacerlo creador”, pero el iluminado pronto sintió el movimiento tembloroso debajo de los zapatos y el embate de las intrigas políticas. Los conservadores lo rechazaron como al mismo demonio y los “liberales sedicentes, que de inteligencia y corazón aquí no los hallo”, le negaron el espacio.

Martí llamó “año negro” a 1878 en Guatemala, y deseó poder marcharse volando a buscar otros cielos azules en otras latitudes, exclamando “¡Quién sabe si el permanente azul no es de esta tierra!”. Al principio había sido casi endiosado, como soltero brillante venido al país, pero ya residente opacaba a los intelectuales del momento y a los políticos de turno, quienes lo fastidiaron. Le retiraron las cátedras en la universidad e iniciaron toda una conjura en su contra, y la muerte de María de resfriado sumó desconcierto, porque se murmuraba que había sido su culpa.

Las deudas no le permitieron partir de inmediato y el resto de su estadía la consideró una condena penitenciaria. Llegó a la conclusión de que para vivir en Guatemala había que ser dueño de tierras y dedicarse a la explotación agrícola, y él, como hombre de ideas, estaba muy lejos de tal posibilidad: “con un poco de luz en la frente no se puede vivir donde mandan tiranos”.

Martí describió a la Guatemala de entonces como “un pueblo que se ha movido poco”, “sin círculo literario, sin hábito de altas cosas”, “sin prensa, sin grandes motivos naturales”, “de manera que mi fuego íntimo es contenido por mis urbanidades y por mis temores”. Un país donde debía inhibir su ardor y contenerse por miedo. Se aferra a la amnistía para regresar a Cuba, de donde salta a Venezuela, y a Nueva York, y de nuevo a Cuba a ofrecer su martirio.

 

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