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Cultura

Asombro, entendimiento y trascendencia


Méndez Vides aborda en este texto el oficio de leer. Un acto fascinante, dice, capaz de abrir galaxias y percepciones.

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La literatura encanta por la dosis de asombro que contiene, porque el lector no puede parar de leer en cuanto descubre el hilo mágico que lo conduce por otra dimensión, por la costumbre adquirida durante la infancia de descubrir el mundo a su alrededor, con los ojos desorbitados, donde todo es nuevo. Al llegar a la edad adulta el horizonte se vuelve chato, rutinario, menos para quien en medio de cualquier respiro abre un libro y se sumerge en esa dicha que agita el cuerpo y desborda imaginación.

El lenguaje es herramienta tan útil como la cuchara del albañil o el cepillo del carpintero o las tijeras del sastre, pero la literatura va más allá de lo útil, de la comunicación para explicar a un comprador cómo se arma un juguete o cómo se administra una medicina. La literatura permite la variedad de entendimientos, porque el curso narrativo conduce a cada lector por horizontes diferentes, porque una historia afecta de diferente manera a cada quien.

Y encanta por el uso del lenguaje, por el estilo, por la manera única de articular el sentido de lo que se cuenta. Cada autor nos conduce por su visión y viaje, por su derrotero, y nos lleva por el infierno o el paraíso, o ambos en un santiamén.

Explorar un libro de ficción es como soltarse de la realidad próxima para ir más allá, como prenderse de un telescopio para observar el universo fuera de los límites de la vista. O un microscopio, para ver hacia adentro, hacia el universo mínimo de las partículas invisibles, de los átomos, de un feroz virus que con sus colores bonitos y protuberancias de espora arrasa con la humanidad.

Leyendo se aproxima el ser humano al entendimiento, que es como alumbrar, como una luminaria que destaca en medio de un amplio paisaje repleto de distractores. Allí está todo siempre, pero cuando se prende el foco, los lectores encontramos ese algo destacado que habíamos perdido.

La lectura tiene además el poder de hacernos trascender la experiencia intelectual modificándonos, integrándonos a la nueva dimensión por la que anduvimos caminando, conectados por los sentidos, que no son cinco como se creían en la prehistoria, sino un sinfín. Aprendemos de manera sentiente e intelectiva de la gran riqueza de experiencias de lo real, vivido o imaginario. Y si leer es fascinante, escribir lo es aún más, porque se entabla diálogo simultáneo con otros lectores o creadores en mundos extraños, en galaxias aparte, yuxtapuestas, y se percibe el sentido del vacío.

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