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Cultura

El dilema de una silla histórica


Un objeto del Museo Nacional de Historia se debate entre conservar su sitio o volver a su origen.

En uno de los pasillos del Museo Nacional de Historia, una silla antigua –decorada con un rostro felino– aguarda al visitante. No es un objeto cualquiera. Es la silla de Atanasio Tzul, dirigente indígena de Totonicapán que lideró una rebelión contra el sistema en 1820. El mueble es parte de la historia del país. Ahora, con ocasión del bicentenario del movimiento, desde su origen la reclaman. ¿Debe salir del museo y regresar a casa? El diálogo está abierto.

La propuesta viene del artista contemporáneo Benvenuto Chavajay, quien por medio de una acción artística ha puesto el tema sobre la mesa.

El artista, quien también impulsó que el nombre del estadio nacional cambiara a Doroteo Guamuch Flores, realiza la iniciativa como parte de una acción compleja. Tatuó en su espalda la imagen de la silla, como forma de sanar. “Soy como un trabajador social que usa la metáfora, la analogía, para desempolvar y activar la memoria”, explica. Esto da sentido a la acción: “Tengo que herirme para poder salvar al otro. ¿Cómo? A través de un tatuaje. Me tatué la silla para reivindicar que el arte puede sanar una realidad. El sentido es la herida, la herida colonial”.

En este contexto, la figura de Atanasio Tzul (representado en el objeto) asume relevancia. La rebelión de Totonicapán cumple en 2020 su primer bicentenario, “un año antes de la independencia de los criollos, del 15 de septiembre. Primero fueron los pueblos indígenas los que se rebelaron”, puntualiza Chavajay.

Según explica el artista, con la acción realizada acudió a los 48 cantones de Totonicapán. “He estado trabajando con ellos. Son cinco frentes. Hablé con el primero, el de los alguaciles. Me dieron espacio para platicar con ellos sobre la silla. Se pusieron de acuerdo con los otros frentes e hicieron la petición al Ministerio de Cultura”.

Pero retirar un objeto de un museo tiene implicaciones para todos sus usuarios. La historiadora del arte Andrea Pineda reconoce el valor del gesto de repatriación de la silla, le parece correcto. No obstante, también plantea otras dimensiones: “El Museo de Historia es el único que intenta representar lo que somos. No olvidemos que quienes más visitan ese museo son estudiantes y extranjeros. Nuestra historia quedaría en protagonismo de españoles y criollos”. Además, califica como “transgresor” el hecho mismo de que la silla esté expuesta en la colección como testimonio de la rebelión indígena. Ante estas ideas, Chavajay sabe que el acto es “polémico”, pero enfatiza en que “es necesario” el acto de sanar. Apunta también que podrían quedar videos y organizarse conferencias.

La postura del museo

La silla de Atanasio Tzul lleva décadas en el Museo Nacional de Historia. Ha sido parte de la colección desde que el museo estaba en el antiguo Calvario, al final de la sexta avenida de la zona 1.

Miguel Ángel Álvarez, director de la institución, cuenta cómo llegó el objeto: “Cuando se creó el museo, el gobierno de Ubico la trasladó para conservarla. Estaba en pedazos. El museo la restauró”, afirma. Además, defiende la permanencia de la silla en sus colecciones al puntualizar que la pieza es “de valor nacional”. El museo, afirma, “encierra la historia de la nación y está para todos”. De volver a Totonicapán, “sería quitarle al pueblo el derecho de verla”.

Consultada acerca del tema, la Dirección de Comunicación del Ministerio de Cultura afirmó que “continúa en análisis”. Además, argumentó que el proceso tiene “avances considerables”. Eso sí, la comunicación oficial hace énfasis en que “es una pieza de valor nacional y al hacer el traslado perdería ese estatus”. Ante el dilema, una salida la da el propio Álvarez: “Está registrada a nombre del Museo Nacional de Historia. Se había sugerido que se hiciera una copia exacta y que estuviera en Totonicapán”.

Lo cierto es que la figura de Atanasio Tzul es fundamental para entender la historia nacional. “Se le debe dar un enfoque más relevante en la historia. Deberíamos de pronunciar como héroe a Tecún Umán, por el simple hecho de que hay mucho mito alrededor de él. En cambio, tenemos a un personaje real que bien puede ocupar ese lugar”, concluye Pineda.

El diálogo sobre el destino final de la silla está abierto. Por ahora, en julio de 2020 se cumplen 200 años de la rebelión que su propietario lideró. Con el tatuaje y el proceso de devolución de la silla, Chavajay busca desde su trabajo andar el camino a la reivindicación. El arte, al final, debe ser contestatario, reflexivo, ser capaz de dialogar sobre los temas que nos nombran. Por el momento, esta acción lo está consiguiendo.

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