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Cultura

Rafael Landívar, el gran poeta antigüeño


En este texto, Méndez Vides rememora a uno de los nombres fundamentales de las letras guatemaltecas.

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El poeta antigüeño Rafael Landívar (1731-1793), se ordenó sacerdote en México, ejerció la docencia en Puebla y regresó a su ciudad, Santiago de los Caballeros, a enseñar en casa, en la ciudad de los grandes cataclismos, tempestades, erupciones y terremotos que condujeron a su traslado, y donde en la actualidad se padece como en todo el mundo la calamidad del coronavirus.

Landívar salió al destierro en 1767, tras la expulsión del reino de la Compañía de Jesús, siéndole prohibido ejercer el sacerdocio, comunicarse con los suyos en Guatemala y escribir libros. Partió sin poder despedirse de su madre enferma y hermana, hacia el Castillo de Omoa como prisionero, y partió por mar en un largo viaje que finalizó un año más tarde, en Bolonia. Seis años después, la ciudad de los tres volcanes, grandes solares y suntuosos templos fue arrasada por los terremotos de Santa Marta. La noticia llegó al poeta con la lentitud de la época. Rafael Landívar quedó destruido con la noticia, como un ladrillo suelto de su ciudad en ruinas, esfumado el paisaje que aún llevaba grabado en la memoria. Ya jamás podría regresar, por la política y porque su ciudad y propiedades habían quedado sepultadas bajo escombros, y porque las mujeres que llevaban su misma sangre habían perecido, pasando de la locura a la tumba. Es entonces cuando Landívar escribe en latín su homenaje a la patria perdida, la ‘Rusticatio Mexicana’.

La vida de Rafael Landívar es tema de novela, y repasar las páginas traducidas de su obra un casi misterio de resurrección.

En el año de 1949, en pleno período de la Revolución guatemalteca, la Universidad de San Carlos promovió el retorno de los restos de nuestro poeta, aunque no hay certidumbre de que fueran en efecto los correspondientes. En Bolonia se le tributó un homenaje de despedida y llegaron sus restos a nuestro país en una bella urna italiana el 17 de marzo de 1950. Cuentan que para darle la bienvenida todas las campanas de la ciudad repicaron, y el poeta antigüeño Luis Cardoza y Aragón escribió entonces: ‘“Bienvenido, campana de la torre más alta”’.

Landívar complicó dos siglos atrás el problema del multilingüismo nacional, optando por escribir en la lengua muerta de los clásicos latinos. Para su creación eligió el misterio del idioma ininteligible, lo sublime de la palabra envuelta en incienso del rito religioso, para testimoniar en vida el fin de su historia, y plasmar su dolor empleando una lengua muerta. Pero la ciudad se volvió a levantar, y está despojada de turismo, con las huellas de las ruinas que tanto afectaron a su primer gran poeta.

 

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