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Cultura

Un juego de máscaras


Estrena una obra en la que una actriz es el vehículo para que siete máscaras cuenten las vidas de mujeres extraordinarias.

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Cuando Patricia Orantes y Mario González comentan sobre teatro saben de lo que hablan. Ella es una de las actrices fundamentales para la escena nacional y él, aunque vive en París desde hace décadas, es también una de las figuras más importantes del teatro guatemalteco. Están juntos en esto, en el montaje de la pieza Máscaras, un unipersonal que Orantes estrena hoy y que llevará a distintos escenarios en los próximos meses.

La pieza, minimalista en escenografía, se centra en el dejar que otros personajes vengan a escena. Oculta pudo ver uno de los últimos ensayos de la obra. Ante un público íntimo, en el pórtico antiguo de una casona de otro tiempo, director y actriz demostraron que el teatro se puede realizar en cualquier espacio. Basta con una actuación más que sólida para captar la atención del público y transportarlo a otro sitio, uno en el que el tiempo y la realidad dan paso a la dimensión propia del hecho escénico.

Máscaras es una obra que habla de mujeres. Pero es más que eso. Como sus creadores afirman, es “un viaje tragicómico guiado por mujeres extraordinarias en diferentes tiempos, espacios y latitudes”. Son todas protagonistas de un ejercicio en el que Orantes es vehículo para mostrar algo de sus vidas.

En un guiño fático, la pieza se enmarca en el sonar de una campana. Esta marca el inicio y el fin del ejercicio y sirve como pie para que la actriz se desdibuje en el escenario. “Aquí estoy viva y no podrán nunca contra eso”, afirma en el último contacto con la orilla antes de iniciar el viaje. Luego, se pierde de vista, se sumerge tras el velo de la máscara actoral y solo al volver a sonar la campana regresa al público. En el camino, otros personajes, otras presencias, toman el escenario.

Como en un juego, la protagonista sabe que dentro de ella habitan historias que debe contar al público. Cada una busca el rostro correcto, la personalidad indicada. Ambas variantes están guardadas en una cesta llena de máscaras que puede elegir según el día y la función. Esto hace que cada puesta en escena sea única. No siempre aparecerán todas las historias o todos los personajes. Parte del viaje es saber ver la máscara y reconocerse en ella, encontrar la vía correcta para abrir el cuerpo y dejarla fluir. No en todas las ocasiones la energía es la misma y tampoco la historia que cada máscara contará.

Más allá del diseño del montaje, el involucramiento con el público es clave. Los personajes lo confrontan, lo miran a los ojos, dialogan con él. Es asistir a las historias que aparecen en escena, imaginarlas y entender el peso de la transformación que la actriz hace en cada movimiento, a la personalidad que la atraviesa con cada máscara que coloca sobre su rostro.

Por su parte, para González el uso de máscaras no es nada nuevo. Ha trabajado con ellas toda su carrera y sabe bien su función. “La máscara esconde. Cuando tu cara ya no se ve, tu cuerpo expresa mucho más. Descubre cosas. Estás obligado a expresarte con tu cuerpo. Alguien que domina la máscara puede actuar cualquier obra”, puntualiza.

Lo cierto es que en Máscaras el texto importa menos que el mensaje. El fin es transmitir las ideas correctas y dejar fluir a los personajes según la ocasión. Por ello, la improvisación cumple también un papel determinante en la construcción de cada función. A la que asistimos, por ejemplo, salieron del cesto seis máscaras que contaron vidas como la de Teodora de Constantinopla, Ipatia, Alice del Ferry y otras más. ¿Cuántas saldrán en cada función? ¿Qué vidas tendrán turno en escena? Es incierto. En ocasiones, el teatro, como la vida, son impredecibles.

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