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Cultura

Rodolfo Abularach recibe Premio Carlos Mérida


El artista visual guatemalteco recibió ayer el máximo galardón nacional para las artes plásticas.

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El maestro Rodolfo Abularach recibió ayer el Premio Carlos Mérida, el máximo galardón que el Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala otorga anualmente a un artista de la plástica. El trabajo del galardonado se ha destacado “por su continuo interés en experimentar distintas técnicas, dominándolas hasta agotar sus posibilidades e incluso creando nuevas maneras de expresión con una calidad depurada y un alto sentido estético”, según apunta en el acta de premiación un jurado integrado por el artista Edwin Guillermo, el curador y galerista Guillermo Monsanto y la crítica Silvia Herrera Ubico.

Los toros de Jocotenango

Los inicios de la obra de Rodolfo Abularach están marcados por dos elementos que definirán su trayectoria: la tauromaquia y la curiosidad por aprender. La relación entre ambos conceptos comenzó en 1945, cuando su padre inauguró en Jocotenango una plaza de toros. “Me llevaba fotografías y afiches de las corridas. Trajo a Guatemala a varios de los toreros más famosos del momento”, recuerda en un entrevista con elPeriódico realizada en 2016 . Esa fascinación por el mundo taurino lo llevó a explorar su habilidad para el dibujo. “Yo soy autodidacta. Tuve la suerte de tener mucha habilidad desde niño y trabajé intensamente el tema de los toros”, afirma y describe cómo en dos o tres trazos era capaz de recrear un paso taurino. El gusto por esta temática le valió su primer acercamiento formal al arte. Cuando tenía 13 años, su padre mostró sus dibujos a Mario Alvarado Rubio. “Le interesó mucho. Fue a ver a Rodolfo Galeotti Torres, director en ese entonces de la ENAP. Decidieron hacer una exposición de mi trabajo en la (extinta) Sala de Turismo. Ahí exhibían todos los pintores de Guatemala”.

Para 1950, Rodolfo había terminado los estudios secundarios y necesitaba elegir una carrera. Ingresó a la Facultad de Ingeniería y pronto descubrió que su pasión era el dibujo. Abandonó los estudios, salió del país y emprendió un viaje que lo llevó por Los Ángeles y México. Ávido de nuevos conocimientos y con gran cantidad de ideas en mente, regresó a Guatemala y mantuvo contacto con los grupos artísticos locales. “Me juntaba con el grupo de Humberto Garavito y Miguel Ángel Ríos, quien tenía su galería frente a El Volcán en la 7a. avenida. En su sótano experimentábamos. También para esa época tuve contacto con Roberto González Goyri, quien tenía una cátedra de dibujo abstracto. Comencé a quemar etapas rápidamente”.

En la ruta
Carlos Mérida le dijo una vez que tenía talento, pero que para aprovecharlo debía salir del país. “Haz lo que puedas, pero sal de Guatemala”, le aconsejó. No dudó un momento y decidió hacerle caso al maestro. En 1958, tras un breve lapso como estudiante en la ENAP y luego de unos años a cargo de los cursos de dibujo en esa misma escuela, González Goyri (director en ese momento) y Mario Alvarado Rubio decidieron becarlo por medio del Estado para estudiar en Estados Unidos. Nueva York fue el destino elegido. “Yo decidí ir a estudiar grabado. No quería perder libertad, porque las escuelas tienden a domesticar alumnos. Estudié todas las técnicas del grabado”. A su regreso pasó por México, donde conoció y se hizo amigo íntimo del colombiano Omar Rayo. Volvieron a reunirse en Estados Unidos, gracias a que se le concedió la beca Guggenheim. “Por esa época el MoMa me compró mi primer trabajo. Fue en 1958. Nunca me imaginé regresar a Estados Unidos. Les interesó mucho mi obra y me extendieron la beca un año más”. No volvería a vivir en Guatemala sino hasta hace pocos años.

Ciudad de los ojos
“La gente cree que soy un pintor estático, pero no es cierto. Tengo varios periodos diferentes. He hecho volcanes, guerras, edificios destruidos, premoniciones. No he sido estacionario, aunque tengo esa fama por los ojos”, menciona Abularach, en la misma entrevista, a propósito de uno de los temas que a pesar de todo se ha convertido en referente de su trabajo. A lo largo de los años, los ojos en la obra del artista han adquirido diferentes dimensiones, posturas, emociones. “En 1966 fui a Los Ángeles, recomendado por el curador de dibujo del MoMa, a un taller litográfico en el que también trabajó Rufino Tamayo. Me dieron una pieza y comencé a trabajar con el compás. Así surgió el ojo. Es un trabajo muy geométrico. Para mí fue una sorpresa cuando lo descubrí”. En el taller llamaron a esa muestra City of the eyes, que se expuso en Estados Unidos en 1967.

Los ojos tienen además un significado espiritual. Como el propio artista menciona, “El ojo surgió de una experimentación geométrica. Al principio era hipnótico, con un vacío que tenía que ver con el pensamiento budista”.

Abularach vendió su taller neoyorquino en 2005. Y desde entonces sus esfuerzos se han enfocado en la construcción de un sitio para exponer su obra, un patrimonio que ha acumulado a lo largo de su carrera de manera, confiesa, un tanto egoísta. “En los sesenta, Fernando Botero tenía su taller en la misma calle donde yo tenía el mío. Nos veíamos a diario. Un día me dijo ‘Rodolfo, tengo un coleccionista que quiere ver tu obra. Voy a enviarlo a tu taller’. Llegó, le mostré todo y en la emoción le enseñé algo que no quería vender. Se empecinó pero no lo vendí. Se fue frustrado”. La obra que ya no está con él se encuentra en colecciones y museos internacionales, gran parte en el prestigioso MoMa en Nueva York.

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