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Cultura

Da Vinci, de visita en París


El museo del Louvre abre una exposición que reúne una gran cantidad de obras del genio renacentista. Tiene préstamos casi irrepetibles y se extenderá hasta febrero.

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No fue una muestra fácil de montar. El Louvre inaugura a partir de hoy Leonardo da Vinci, una exposición en la que intenta presentar al genio y al hombre por partes iguales. Tras meses de negociaciones, la entidad parisina logró sortear los escollos italianos y finalmente el Vitruvio llegó a la cita casi al filo de la inauguración. No obstante, el Salvator Mundi –esa enigmática pintura que varios expertos atribuyen al taller del artista y buena parte del mercado se empecina en endosar al pincel de Da Vinci mismo– no apareció nunca y por el momento no está en el catálogo.

El genio italiano (1459-1519) deambuló durante su vida entre el arte, la anatomía y la ingeniería. Es por ello que sus cuadernos sean tanto o más valiosos que sus pinturas mismas. La exposición en la capital francesa reúne ambas facetas. En ese contexto, 2019 marca el aniversario 500 de la muerte del artista. Su deceso se produjo en Francia y esto es de “particular importancia” para el Louvre, que según explica su web “contiene la colección más larga en el mundo de pinturas de Da Vinci, así como 22 dibujos”.

La pintura por encima de todo

Para Leonardo da Vinci, a la vez artista y científico y personificación del saber universal, la pintura está por encima de todo y la considera “la reina de las ciencias” por su capacidad de “recrear el mundo”, explica Louis Frank, uno de los comisarios de la exposición.

Logró poner todas sus pasiones, que van de la anatomía a las matemáticas, pasando por la botánica o la cosmología, al servicio de la pintura. Una exigencia importante que “lo lleva a querer entender el mundo en su esencia, más que a plasmarlo inmediatamente en su pintura”, lo que se traduce en una producción de todo menos pletórica.

“Que haya pintado poco no es señal de desinterés, eso le permitió pintar cuadros perfectos. Sus contemporáneos eran conscientes de ello, las obras de Leonardo da Vinci los deslumbraban hasta tal punto que algunos de ellos incluso hablaban de terror”, subraya Vincent Delieuvin, conservador jefe de Patrimonio, especialmente de las pinturas en el Louvre.

La “vibración” de la vida

La sonrisa de La Gioconda es una clara muestra de que a Leonardo da Vinci le apasiona la expresión de los sentimientos humanos. “Para él, la sonrisa es la expresión más sutil: es la esencia misma de la humanidad, es por definición transitoria. Nada mejor que una sonrisa para expresar la magia de la expresión humana”.

A causa de ello, poco a poco irá eliminando “los gestos demasiado artificiales” de sus pinturas para concentrarse en las expresiones, según revelan los dibujos y las reflectografías infrarrojas presentadas en el Louvre, que sacan a la luz las diferentes etapas de su trabajo.

“Es un artista que, poco a poco, utiliza cada vez menos materiales, con transiciones casi imperceptibles de la sombra a la luz. Su materia se va afinando y casi todo se hace con capas muy finas de pintura, de veladuras. Esto le permitirá poner velos de sombra y dar una vibración a la pintura”, subraya Vincent Delieuvin.

Este efecto, llamado sfumato es una técnica pictórica que da “la impresión de que los contornos de un sujeto” son “ligeramente vibrantes”, por estar difuminados.

El arte de lo inacabado

Uno de los platos fuertes de la muestra, Santa Ana, que quedó inacabado cuando el artista falleció, en 1519, no es una excepción en la trayectoria del maestro italiano. Si bien sus primeros cuadros “están perfectamente terminados, él se da cuenta, hacia los 25 años, de que las formas acabadas están muertas. Experimentando, se da cuenta de la potencia de una pintura que no está perfectamente terminada”, subraya el comisario.

El non finito adquirirá una dimensión casi filosófica en el trabajo de Leonardo da Vinci quien, como pensador, estaba abierto a la exploración de ideas, a menudo en detrimento del cierre y de la conclusión.

“Una de sus grandes conquistas es la de haberle abierto los ojos a sus contemporáneos sobre la potencia que puede tener lo inacabado”, considera Vincent Delieuvin. “Él aporta una cesura en la obsesión por la forma acabada. Si fuéramos poetas, podríamos decir que él abre una gran vía que conducirá a la abstracción en el siglo XX”, sugiere el experto.

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