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Cultura

Mario Monteforte Toledo


Viaje al centro de los libros.

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Mario Monteforte Toledo nació en la ciudad de Guatemala el 15 de septiembre de 1911 y murió el 4 de septiembre del 2003, luego, vino y se fue entre banderas, desfiles, bandas y antorchas. En septiembre es justo releer sus novelas y recordar su voz voluntariosa y fluida. Fue una inmensa dicha tratarlo en su vejez, escucharlo, porque era apasionado, lúcido, vibrante, embarcado a fondo en la aventura de escribir sus memorias en una computadora que lo traicionaba desapareciendo lo que creaba, o fue la tecnología una excusa para no continuar, porque lo suyo era trascender los hechos particulares gracias a la ficción. En sus novelas estaba planteada su vida, bajo la capa protectora de la imaginación, y plasmar lo real, lo aturdió.

Mario vivió siempre en presente, cabalgando, haciendo planes, porque lo quería todo ya, e ignoraba su propia edad o nunca llegó a estar consciente de la misma sino hasta cuando antes de fallecer aceptó que el proyecto Monteforte Toledo había terminado. Su energía lo impulsaba a emprender nuevos desafíos. Acababa de terminar de producir la película Donde acaban los caminos, a partir de su novela. Vivía ilusionado con la actualidad. Instituyó una fundación para estimular la escritura de novelas, y abrió las puertas de su casa a jóvenes creadores que se acercaron buscando su magisterio.

Vivió 35 años en México, desterrado, dedicado a la docencia e investigación, y volvió retirado a la patria, para ser enterrado bajo su cielo, pero provocando una pequeña revuelta cultural antes de partir, porque nos sacudió y desempolvó, nos reclamó las telarañas de provincia. Nada se podía estar pasivo a su alrededor.

Las veladas con Mario fueron memorables, porque lo escuchábamos hablar sin parar hasta la madrugada, siempre fresco y diáfano, haciendo gala de su ingenio, con una memoria prodigiosa. Todavía lamento una ocasión en Quetzaltenango, cuando al verlo rodeado de autoridades y admiradores, optamos por dejarlo a sus anchas, y muy temprano en la mañana golpeó la puerta de nuestra habitación de hotel para recriminarnos de malos amigos, porque lo habíamos abandonado, se había quedado sin cenar y se estaba muriendo de hambre. De inmediato lo llevamos a un puesto callejero, donde se comió un pache, un plato de frijoles parados y bebió de corrido un jugo de naranja exprimido en el instante. Ya satisfecho propuso retomar el asunto de la Literatura.

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