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Cultura

La selfi y yo, un cliché de la era 2.0


Una forma de comunicarse que invade Instagram, Facebook o Twitter, que pretende darle fascinación a la vida para provocar un máximo de likes.

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La selfi dice muchas cosas de esta época: predominio de la imagen, de lo instantáneo, juego sobre las emociones, abolición de las distancias en el mundo virtual… un coctel que puede convertirse en tóxico, según los especialistas.
“Estamos realmente en una sociedad de la imagen, de la imagen efímera”, afirma Elsa Godart, filósofa y psicoanalista, para quien “la selfi es la llegada de un neolenguaje en el mundo del afecto, de la emoción”.

Esta forma de comunicarse invadió Instagram, Snapchat, Facebook o Twitter. Un adolescente con su gatito, un turista chino frente a la Torre Eiffel, una pareja de recién casados en Disneylandia, un fan posando con Neymar o una estrella estadounidense en Bali: la selfi “nos pone en contacto con muchas más personas”, destaca el psicoanalista brasileño Christian Dunker.

Para la semióloga Pauline Escande-Gauquié “por encima de todo, la lógica es crear o fortalecer el vínculo con su comunidad, con sus fans si eres un famoso, con los ciudadanos si eres un político”.

La selfi pretende darle fascinación a la vida. Nos fotografiamos en ángulo picado, de arriba hacia abajo, en poses favorecedoras, frente a un decorado atractivo. Con un control total de la imagen.

El autor de una selfi está centrado en sí mismo. “No es un problema de narcisismo, porque el narcisismo es muy positivo, sino más bien de egotismo, de sobrevalorización de uno mismo”, explica Godart, autora de Je selfie donc je suis (Me hago una selfi, luego existo). “Aunque la selfi tampoco puede reducirse solo a eso”.

Una hipervaloración de sí mismo que pretende provocar un máximo de likes y suele revelar heridas narcisistas.

SELFIS TRANSGRESORAS

La selfi espectacular le permite al autor sentirse excepcional colocándose en situaciones excepcionales: posando en lo alto de la Sagrada Familia de Barcelona o en la vertiginosa Shanghai Tower, como la rusa Angela Nicolau, reina de la “escalada urbana”.

“Son comportamientos de alto riesgo que dan la sensación de que podemos coquetear con la muerte”, señala Godart.

En el otro extremo, la selfi de desvalorización de sí mismo gana también cada vez más adeptos, sobre todo jóvenes con gustos menos convencionales que pretenden denunciar los dictados de la belleza y la proliferación de fakes.

Algunos se han convertido incluso en virales con trucos como el chinning, fotografías nada estéticas en las que muestran en primer plano sus papadas frente a lugares turísticos. También los depresivos se sacan selfis, “lo que permite también existir”, estima Godart.

El photobomb es una autofoto a menudo graciosa en la que alguien irrumpe inesperadamente arruinando los planes del autor, sin que este lo sepa.

Cada vez más creativa, la selfi es también un objeto de militancia 2.0, como para los ecologistas que publican fotos de una playa “antes y después” de limpiarla, o para las mujeres prolactancia que se fotografían con su bebé tomando pecho. “Eso es algo muy íntimo, pero detrás hay un verdadero mensaje”, afirma Escande-Gauquié.

El artista chino Ai Weiwei hizo de la selfi un arma política contra el régimen comunista de Pekín o para dar visibilidad a los migrantes del Mediterráneo.

Las selfis son también un negocio y una herramienta extraordinaria de comunicación para estrellas como Kim Kardashian, la celebridad estadounidense a la que siguen 141 millones de usuarios en Instagram, para los que incluso ha posado desnuda.

Más transgresora, la selfi beautifulagony expone en la plataforma flickr los rostros de personas masturbándose.
“Es en la mirada del otro donde culminará este acto masturbatorio. Hacemos el amor a través de la mirada-pantalla interpuesta, vivimos verdaderamente en una sociedad de la imagen”, explica Godart.

HACIA LA PATOLOGÍA

Las selfis tomadas cerca de los restos de seres queridos desafían la muerte.

Para la psicoanalista, es “hacer vivir de nuevo a la persona que ya no está. La virtualidad es el lugar donde ya no morimos”. Facebook, además, impide a millones de muertos que desaparezcan dejando sus cuentas activas.

Pero la selfi puede ser totalmente adictiva. “Como en todo fenómeno, hay desvíos”, afirma Escande-Gauquié, autora de Tous selfie!.

“Ciertas personas entran en una compulsión y una dependencia de la mirada del otro”.

Múltiples aplicaciones permiten ahora afinarse los rasgos de la cara, alisarse las arrugas o cambiar el color de los ojos para acercarse a un ideal soñado de belleza.

“Es un travestismo”, valora la semióloga, y si no se toma como un juego, “vamos hacia la patología”, ya que hay “una disonancia identitaria que puede ser peligrosa, especialmente para adolescentes”.

La selfi es un simulacro, subraya también Dunker, profesor de psicología en la Universidad de Sao Paulo. “Ejerce una presión permanente para que seamos mucho más libres y felices de lo que podemos ser en la realidad”.

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