[theme-my-login default_action="register" show_links="0"]

¿Perdiste tu contrseña? Ingresa tu correo electrónico. Recibirás un correo para crear una nueva contrseña.

[theme-my-login default_action="lostpassword" show_links="0"]

Regresar

Cerrar

Publicidad

Cultura

Rina Lazo, vivir para los muros


La maestra Rina Lazo estuvo en Guatemala para un homenaje a su esposo, Arturo García Bustos. Conversamos con ella sobre su vida y la pintura mural, una pasión que aún la mantiene activa.

foto-articulo-Cultura

Una vez una amiga le dijo a Rina Lazo que había tres nombres que no tenía que olvidar: Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Estaba por partir hacia una beca académica en México, hogar de un creciente movimiento mural que hacía eco en toda la región. “Apréndete esos nombres porque si llegas y no los conoces se van a reír de ti”, le dijo. Rina, guatemalteca, joven, llegó a la antigua Tenochtitlán a mediados del siglo XX con la intención de convertirse en artista. Aquellos apellidos, aprendidos como un amuleto para iniciar su nueva vida, no tardaron en encontrarla. Estaba en México para estudiar pintura y uno de sus profesores la seleccionó para trabajar en un mural que Diego Rivera estaba por comenzar. A partir de ahí el arte se convirtió en el eje de su mundo y de ese momento ya pasaron más de sesenta años. Una vida después, Lazo ha sabido construir una carrera basada en su pasión: el muralismo. Su trabajo es visible tanto en México como en Guatemala, países que le entregaron algunos de sus muros más emblemáticos. La maestra, de 94 años, estuvo en el país a finales de octubre para participar en un homenaje a su esposo, el artista mexicano Arturo García Bustos, fallecido en meses recientes. La tarde antes del acto se tomó unos minutos para conversar con elPeriódico.

Lazo llegó al mundo del arte de la mano de los maestros. A inicios de la década de los cuarenta, una amiga la invitó a estudiar pintura con Julio Urruela, quien por esos años trabajaba en el Palacio Nacional de Jorge Ubico. “Así fue como tomé mis primeras clases de pintura”, recuerda. En ese periplo descubrió que su abuelo también había sido pintor. “Lo traía en la sangre. Cuando comencé en la academia mi mamá me dijo que mi abuelo había sido pintor de afición; aún tengo su paleta”. Para 1944 Rina ya estaba inscrita en la antigua Academia de Artes. En las aulas se encontró inmersa en una generación decidida a hacer historia: Juan Antonio Franco, Guillermo Grajeda Mena y Roberto González Goyri fueron algunos de sus compañeros de generación.

Un concurso lo cambió todo. Al año de estar estudiando se realizó un certamen de pintura y Lazo fue la ganadora. El premio era una beca en México, hogar de una corriente muralista que irrumpía con fuerza en la escena latinoamericana gracias al impulso del gobierno y a los muros de instituciones estatales que se abrían a ellos. “Era un movimiento pictórico ligado a la clase obrera”, explica Rina, tan combativa como en esos años. “Era algo muy interesante, la educación era socialista y la había creado José Vasconcelos. Había un ambiente cultural muy fuerte”, puntualiza.

Una lección de vida

El vínculo que Rina formó con México va más allá del arte. Salió de Guatemala sin saber que no volvería, que en ese país iba a encontrar su pasión, a sus mentores y a quien se convertiría en su compañero de vida.

A Lazo le tomó poco tiempo llegar al centro mismo del movimiento mural mexicano. Recién llegada la vida la encauzó por el camino que esperaba: llegó a una clase con Andrés Sánchez Flores, quien era técnico de Diego Rivera. Él la seleccionó de entre toda su clase para ir a trabajar con el maestro. “Me mandó un recadito y me dijo que si no quería ir a pintar con él al mural que iniciaba al día siguiente en el Hotel del Prado”, recuerda. “Mañana la quiero ver en el hotel”, le dijo. Rina no desaprovechó la oportunidad. “Fue una lección poder llegar tan pronto cerca de los grandes maestros”, dice. Ahí, de la mano del propio Rivera, aprendió la técnica del fresco (algo que recuerda como la mejor lección de su vida). El mural en el que trabajó es más que icónico: Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central.

La beca con la que fue a México duraba un año, así que al terminar regresó a Guatemala. Sin perder el tiempo, Lazo se puso a trabajar con las técnicas aprendidas durante su estancia en el país vecino. Pero Rina quería más, así que le pidió a su padre que la becara hasta terminar su carrera. Volvió a México y estudió cinco años más.

En ese lapso conoció a Arturo García Bustos, con quien se casaría. Sus caminos se encontraron en Coyoacán cuando ambos coincidieron en un grupo de estudiantes que provenían de las aulas de Frida Kahlo en la escuela La Esmeralda. “Ella mandó a sus alumnos a hacer carteles en contra del Plan Clayton, de libre comercio”, recuerda, no sin antes atizar que “aún seguimos luchando por lo mismo y no se ha podido resolver”. Rivera la envió a pintar con ellos y de Bustos nunca se separó. “Ya después de cinco años en un país y tener un novio ahí lo lógico es que uno ya no regrese. Así fue como me instalé en México”.

Murales de una vida

El trabajo de Lazo se ha desarrollado entre la pintura de caballete y el mural. No obstante, en sus inicios también estuvo marcado por la gráfica. “Así fue como me integré al movimiento pictórico mexicano, haciendo grabado”, dice. Se refiere a la época en la que colaboró con el Taller de Gráfica Popular, agrupación a la que García Bustos pertenecía y que se dedicaba a la elaboración de carteles, libros, pancartas y otros productos. “Ya luego continué con la pintura mural”, explica.

Los muros que Lazo ha intervenido están tanto en México como en Guatemala. Destaca la pieza Tierra fértil, que hoy se conserva en el Museo de la Universidad de San Carlos (Musac) y la reproducción de los murales de Bonampak  –en el Museo Nacional de Antropología de México–, que la artista copió directamente de los originales en la selva chiapaneca.

No todo su trabajo ha sobrevivido, en Oaxaca vivió una de sus experiencias más intensas. “Participé en los murales de una cooperativa ejidal sobre azúcar”, dice. El mandato era pintar la historia de los trabajadores de la caña, pero la realidad se aglomeró frente a sus ojos. Por las noches, los obreros relataban al equipo de muralistas sus historias, sus angustias y los abusos que sufrían en la industria. “Pintamos esas escenas y el cacique del lugar mandó a que nos sacaran y destruyó los murales”. No sería la única vez que el muralismo mexicano, combativo como fue, vería destruidas sus obras. El propio Rivera vio su trabajo caer cuando sus murales en el Rockeffeler Center de Nueva York fueron eliminados por su visión sobre el capitalismo.

Un presente activo

Cuando se le pregunta si considera que el grafiti puede sustituir al movimiento mural, su respuesta es un rotundo no. “El muralismo requiere mucho conocimiento como artista para que aquello que se plasme sea una obra de arte”, sentencia y explica que es algo permanente que tiene que hacerse con toda la calma. Pero en sus palabras también hay preguntas y denuncias. “¿Por qué ya no pintan murales los jóvenes? No es porque ya no haya tema, ni es porque se haya resuelto el modo de vida; aún hay mucha injusticia y pobreza, la diferencia entre ricos y pobres es demasiado grande como para poder soportarla”.

Rina Lazo proviene de una época de luchas. Salió de Guatemala en la ebullición de la Revolución y la Contrarrevolución; se encontró con un México en el que la Revolución propia aún hacía eco. El movimiento mural que ayudó a construir denunció la injusticia y es referente indiscutible del arte comprometido mundial. “El muralismo no puede acabarse así nomás, como un movimiento decorativo como se ha vuelto”, dice en tono de reclamo al tiempo que atribuye la llegada de lo abstracto como una contracorriente orquestada desde Estados Unidos. Pero sus manos, esas que trabajaron al lado de las más creativas del México del siglo XX, aún están activas. Sesenta años después de haber puesto su trazo en una de las imágenes más fascinantes del arte mexicano, la maestra –adjetivo ganado a pulso– continúa trabajando. Fascinada con lo maya, por estos días pinta un mural sobre el inframundo. “Se irá a un museo mexicano en Austin, Texas. Estoy pintando sobre bastidor transportable”, acota con la frescura de quien pinta su primer mural.

Diego en los andamios

> Rina Lazo tiene mucho que contar sobre su vida entre muros, andamios, pinceles y genios, pero su memoria siempre la lleva a Diego Rivera. De él tiene incontables anécdotas y a propósito de la charla con este medio contó una sobre periodistas. “Un día estaba en el andamio y llegaron los periodistas. Le hicieron una pregunta: maestro, ¿qué opina de su época de los ismos? Que perdí mi tiempo, contestó. Siempre le quedó la composición del cubismo, todo era útil para él. Así les contestó delante de mí y siempre lo recuerdo”, dice entre risas.

Otra de Rivera

A Rivera lo habían contactado en Europa para hacer un movimiento que recordara la Revolución. Para esto Lazo tiene una segunda historia: “Al llegar a México, Vasconcelos le dijo: ‘Tú vienes de fuera, necesitas conocer México’. Lo envió a visitar los pueblos que estaban volviéndose a tranquilizar después de la Revolución. Así es como pintó varios de sus cuadros icónicos y transformó su mentalidad”.

 

Publicidad


Esto te puede interesar

noticia AFP
Venezuela: Chavismo instala nuevo Parlamento

EE. UU. reitera apoyo al presidente interino Juan Guaidó. Brasil, Colombia, Uruguay, Costa Rica y Panamá, ratificaron ayer que desconocen al Legislativo chavista.

noticia AFP
Un luchador de sumo obligado a la retirada por temor al covid
noticia AFP
Periodista afgano es asesinado por un hombre armado en una emboscada


Más en esta sección

Putin se baña en agua helada para celebrar la Epifanía ortodoxa

otras-noticias

Una ciudad china construye a toda prisa un enorme centro de cuarentena contra el COVID-19

otras-noticias

El Kremlin rechaza pedidos para liberar a Navalni y advierte contra manifestaciones

otras-noticias

Publicidad