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Columnistas

Una elección digna del 2020

opinion

Dos cosas se veían venir antes de la elección en Estados Unidos. Aunque algunos modelos predictivos aseguraban que Biden derrotaría a Trump por un margen considerable, los expertos más prudentes sugerían que lo más probable era un resultado mucho más estrecho, que se definiría en los mismos lugares que decidieron en 2016: Wisconsin, Michigan y Pensilvania, los tres grandes estados que Trump ganó por cien mil votos hace cuatro años en el llamado “cinturón del óxido” y la famosa “muralla azul” de los demócratas. Así está ocurriendo.

Para Biden, el camino más conservador hacia el triunfo ha resultado (por ahora) el acertado: los veinte estados que ganó Hillary Clinton más una combinación de esos tres estados con gran presencia de votantes blancos de la clase obrera que, en la elección pasada, prefirieron a Trump sobre Clinton. Recuperar esos votantes siempre fue la meta de los demócratas. Fue, incluso, la razón específica por la que eligieron a Biden como candidato: un político capaz de empatizar con la clase obrera blanca. Si los resultados se mantienen y Biden gana con la combinación conocida como “20+3”, habrá cumplido, mínimamente, su cometido como candidato. 

Pero la derrota de Trump por la más pequeña diferencia revelaría también una coyuntura ineludible para Estados Unidos. Al final, con la excepción de Arizona, que no había votado por un demócrata en décadas, la elección confirma la triste realidad de la sociedad estadounidense: una casa cada vez más dividida en ideología, geografía y rumbo.

También se veía venir la intención de Trump de darle la espalda a dos siglos y medio de civilidad democrática, al cuestionar el proceso electoral y sus resultados. Nadie debe sorprenderse. Trump adelantó este plan varias veces, en debates, entrevistas, mitines y demás. Se ajusta a ‘pie juntillas’ el libreto populista y autoritario: la democracia funciona cuando le favorece; cuando no, es objeto de sospecha y descalificación. No por previsible deja de ser alarmante. Se trata de un fenómeno inédito en la historia estadounidense, y desprovisto por completo de evidencia que lo sustente. En la elección del martes no ha ocurrido un fraude. Lo que ha ocurrido es un proceso singular, sujeto a dilaciones obligadas por la emergencia de la pandemia. Que Trump pretenda desvirtuar los retos de la democracia y el conteo atinado de cada voto es el colofón perfecto para su propensión despótica. Veremos cómo reacciona la democracia estadounidense, comenzando por los aliados de Trump en los medios de comunicación y por el partido Republicano, que, a juzgar por los resultados, está más vivo que nunca.

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