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Los tres señores azafates ovalados de loza blanca que llegaron a mis manos como herencia de mi madre los guardo dentro de un closet con llave, alejado de las manos tentonas, arropados con suficiente papel café de empaque, como el que utilizaban en las tiendas de antes, en pliegos tan largos como fuera la demanda, pues salía de una bobina muy gorda y se cortaba con el filo de metal dispuesta en el dispensador, completando el empaque con pita de cáñamo.

Los conservo con el mayor de los cariños, como las ollas de peltre, las festivas, pues salían de su encierro exclusivamente para las fiestas, como la más panzona, la gris de los tamales, y la azul brillante, la del agua de canela, la que lucía su encanto y color en la cocina para cada cumpleaños.

Con los azafates sucedía lo mismo, pues salían para festejos y días especiales. Mi madre los sacaba con el mayor de los cuidados del aparador del comedor, los lavaba dentro de una palangana para que nos sufrieran en la piedra de la pila y los secaba con ternura con un pañal de gasa.

Cada fiesta o celebración de gran tralalá, de mesa de mantel blanco y servilletas planchados con yuquilla, los azafates hacían su entrada al comedor: con el fiambre para el Día de Difuntos, los ravioles en salsa de tomate asado que mi tía Lucita elaboraba con paciencia de santa uno por uno o con el pastel borracho del día domingo, que mi madre le encargaba a su amiga y cocinera de altos vuelos, Josefina Montano de Byrne, personaje entrañable de mi infancia, tan dulce y cariñosa, como la miel anisada de su borracho que yo sorbía a cucharadas.

Pero sucedió que en mi casa, los azafates tomaron nuevos aires y protagonismos, pues el fiambrero de gran tamaño, de ojo abollado, sale ahora a relucir vestido de manera diferente, con enrolladitos de espárragos de pan de rodaja delgada de Las Victorias, con galletas media luna de almendra e inclusive, con platillos juveniles como ensalada de frijoles, aguacate, tomate picado y crema, que mis hijas degustan con nachos.

Ellas les han ido tomando estima conforme el paso del tiempo, con la siembra de sus propios recuerdos, aromas y sabores. Y como ayer estuvimos de fiesta por el matrimonio civil de María Inés (mi número 3) con Juan Pablo Godoy, su amigo de Semanas Santas, procesiones y de toda la vida, ambos de mi gran querencia y estima, he pensado que qué mejor regalo para celebrar la fecha, la del amor comprometido y dispuesto que demanda del matrimonio, que obsequiarles uno de mis tres azafates, para que en su hogar inicie una nueva historia, la de ellos, la de vida que corre y da vueltas como las pelotitas de lotería, que rueda y va de nuevo, como el cuento de nunca acabar.

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