[theme-my-login default_action="register" show_links="0"]

¿Perdiste tu contrseña? Ingresa tu correo electrónico. Recibirás un correo para crear una nueva contrseña.

[theme-my-login default_action="lostpassword" show_links="0"]

Regresar

Cerrar

Publicidad

Columnistas

¿Queda la música?

opinion

Lado B

En 1993, durante la guerra de Bosnia, que produjo una carnicería que anunciaba la dosis de barbarie que nos deparaba el nuevo milenio, Susan Sontag partió de Nueva York a la ciudad de Sarajevo, sitiado por los serbios, para, según sus propias palabras, “ver más, oír más, sentir más” el sufrimiento que podían atravesar los seres humanos. Estaba convencida, como cita su biógrafo Benjamín Moser, de que la cultura era algo por lo que valía la pena arriesgarse, por lo que valía la pena morir. Sarajevo era una ciudad más cultural y cosmopolita que Zagreb o Belgrado. Y ella estaba segura de que era precisamente por eso que querían destruirla. Si queríamos salvar la civilización, había que salvar el arte. En medio de las bombas y las ruinas, Sontag ideó un montaje de ‘Esperando a Godot’ de Samuel Becket, lo que dejó a muchos perplejos. ¿Era una frivolidad propia de una intelectual occidental? ¿Una simple tontería? ¿O el acto nos hablaba de una convicción más sincera y profunda? Su defensa era: lo único que se le puede oponer a la muerte y la barbarie es la cultura. La gente no solo necesitaba de comida y de asistencia humanitaria para sobrevivir, necesitaba también de metáforas para soportar su condición, y la obra de Becket era una metáfora sobre la espera, sobre la salvación…
Me llamó mucho la atención, al principio del confinamiento por la pandemia del COVID-19, que un país cuyo desdén por el arte y la cultura es, llamémosle, habitual, se haya volcado con tanta urgencia a buscar libros, música, películas que le ayudaran a comprender la angustia, el miedo, el desasosiego que una situación de encierro, de fragilidad, de amenaza y espera, puede provocar en las personas, sin distinción de género, posición social o convicciones políticas. No sé si mi impresión corresponde a la realidad, pero varios amigos y conocidos, sin mayor interés por las letras o la cultura, empezaron de pronto a querer leer a Boccaccio o a Camus o a reclamar por las redes conciertos de música clásica. Ver imágenes de una banda, no recuerdo si de la Policía Nacional o Municipal, desplazándose con su música por las calles, “amenizando” el Toque de Queda, también me pareció curioso. Simple entretenimiento o necesidad de alimento para el espíritu, ¿quién sabe?
A mis amigos del colegio les ha dado, durante el confinamiento, por enviarme canciones. Qué sé yo, Carpenters, Abracadabra, Bee Gees, Iracundos, aunque de pronto pueden sorprenderme con un video de Frank Zappa o de Jimi Hendrix. La mayoría estamos cruzando los 60 y el COVID puede sernos fatal. Como crecimos antes de la era digital, no hay mucho testimonio de lo que fuimos en “los años felices”. Las fotografías son escasas. Nos queda la música, supongo, las canciones que nos acompañaron en nuestro paso por la tierra. Escucharlas, compartirlas, nos ayuda a seguir vivos o al menos a soportar el día a día.
La pandemia nos ha dado conciencia, aunque intentemos negarlo, de que esa extinción tan anunciada puede ser posible. Como Susan Sontag, algunos nos hemos preguntado, muy a nuestra manera, si la cultura puede salvar la civilización o estamos en verdad a las puertas del desastre.

Publicidad


Esto te puede interesar

noticia AFP
La reconstrucción de Notre Dame de París se reanudará
noticia Tulio Juárez
Previendo inminente captura, exdiputado Pedro Muadi se presenta ante juez Eduardo Cojulún

Orden de aprehensión había sido librada ayer por señalamientos del MP y la CICIG sobre plazas “fantasma” en el Congreso cuando lo presidió.

noticia Rony Ríos
Se inicia proceso por crimen contra investigador


Más en esta sección

360º a vuelo de pájaro

otras-noticias

La portada del día

otras-noticias

Allan Rodríguez es reelecto con el apoyo de 107 diputados

otras-noticias

Publicidad