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Fiestas patrias

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SOBREMESA

En el mes de septiembre, la casa se llevaba con los ritmos de tambores y orquestinas de guerra. El centro se ponía alegre y de fiesta, y que cada vez que sonaba una trompeta o se oía a lo lejos el tronido de un redoblante, salíamos a la esquina a ver a los marchantes con sus gastadores tratándose de mantener en línea recta, marchando zancajada con paso largo estilo alemán, creyéndose la gran cosa, porque abrían con su paso al pelotón. 

En septiembre, no se pedía permiso para salir a la calle. Corríamos al escuchar la primera bulla marcial, al primer trompetazo, y justo cuando los músicos escolares tocaran la comparsa de trompeta, ya estábamos en la calle, buscando a los oficiosos estudiantes, quienes marchando hasta el cansancio, sintiéndose que lo estaban dándolo todo por la patria con altruismo y civismo: “partida de desocupados”, reclamaba mi padre a la hora del almuerzo, mientras degustaba como postre unos duraznos en compota, quien pensaba que aquello de perder tardes enteras afinando instrumentos, logrando pasitos de marcha y dándole de palos a los tambores era desperdiciar el valiosísimo tiempo del aprendizaje, algo extremadamente dañino para el intelecto. 

Llegado septiembre, nos hacíamos de oídos sordos a las réplicas paternas, quien siempre pensó que eso de desfilar a fuerza de tamborazos era una pérdida de tiempo, por lo que optó, con el paso del tiempo, a no externar opinión al respecto y quedarse en casa durante las celebraciones de las fiestas patrias.

El 14 era el día más alegre de todos. El Parque y la Sexta Avenida se abarrotaban de gente para observar los actos dedicados al pabellón nacional. Apostados cerca de un árbol o de pie en el graderío del Portal del Comercio, tratábamos de ver a la distancia los rituales al pabellón patrio. Nos empinábamos de puntillas, dábamos de brinquitos y estirábamos el cuello como jirafa para tratar de ver qué estaba pasando frente al Palacio, pero imposible. Además, a la distancia, el pabellón azul y blanco era demasiado pequeño, demasiado escuálido y muy descolorido, y ondeando en el asta parecía del tamaño de una sobrefunda de almohada, como las que usábamos en casa. 

Permanecíamos en el Parque hasta escuchar la detonación de los cañonazos que conmemoraban la emancipación patria, los que volvían a escucharse a las 6 de la mañana del día 15 de septiembre, los cuales a mí me supieron siempre a fiesta, porque con los pepitazos empezaba mi cumpleaños, los regalos, los helados de vasito, los barquillos y por supuesto, la piñata. 

Muchas veces me preguntan por qué siempre escribo de Guate, por qué Guate aquí y Guate allá… y me he ido creyendo con el tiempo que fue porque nací un 15 de septiembre en medio de desfiles y cañonazos.

 

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