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Columnistas

Apuntes de la cuarentena (III)

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Lado B.

En las últimas semanas, mi muro de Facebook se ha convertido en un pintoresco centro comercial, similar a los mercados de mi infancia. Siempre me fascinaron aquellos “días de plaza” (así se llamaban) cuando acompañaba a mi madre o a mis abuelas a comprar verduras, carnes, granos básicos y yo regresaba a la casa cargado de una serie de baratijas bastante absurdas: peines, figuritas, estampitas, carritos, pitos, relojes de plástico, cadenitas, hondas, tambores, espejitos… A los mercaderes de estas maravillas se les llamaba achimeros, “vendedor de achimes”, según el diccionario abierto y colaborativo del español. A pesar de pertenecer a la escala más baja de los comerciantes ambulantes, eran los últimos representantes de una noble tradición de siglos, la de los “encantadores”, aquellos que habían convertido en arte u oficio el hecho de causar “gratas impresiones en el alma o en los sentidos”. Es decir, no cualquiera te transforma un cortauñas en un objeto precioso, capaz de provocarte el mayor de los asombros.

Los achimeros tenían algo de gitanos, pero a diferencia de estos últimos, siempre caminaban solos. Iban de pueblo en pueblo, de plaza en plaza, de mercado en mercado, de feria en feria, transportando su cargamento de prodigios en grandes mantas cuadriculadas de color azul o rojo. Tenían nombres sonoros y medio enrevesados como Eleuterio, Wenceslao, Robustiano y se relacionaban familiarmente con todo el mundo. “Vas a querer brillantinas, traje de las buenas, puras importadas”, soltaban como gancho, y ahí comenzaba un ingenioso y complicado proceso de negociación digno de la literatura del Siglo de Oro.

Ahora me ofrecen toda una serie de artilugios por redes sociales. Algunos provocan mi curiosidad, aunque ya no tienen la consistencia del asombro. Sin embargo, despertando al niño que vive como rehén en mí, he estado a punto de comprarme un equipo portátil de fumigación, un cargamento de pastillas de cloro para desinfectar piscinas, un par de bandejas para “purificar” zapatos, así como una cortadora de cabello y unas pantuflas “tácticas” y en verdad horrorosas para “quedarse en casa”. Por supuesto, no poseo plantaciones que fumigar ni mi departamento tiene alberca y el calzado puede limpiarse de forma más práctica y económica que con complicados aparatos milagrosos.

Lo que sí, es que estamos viviendo a fondo la época de la “sanitización”, como le dicen. Los productos de limpieza viven un pleno esplendor en este contaminado planeta: limpiarse la cara, las manos, las uñas, el pelo, las orejas… el cuerpo entero…limpiar la ropa, los pisos, los víveres, el dinero, las chapas, los baños, las sillas, las mesas, los teléfonos celulares… “sanitizarse” entero…dejar atrás la mugre, los fluidos, los humores, la infección, todo aquello que, según los filósofos de cantina, te hacía humano. También podemos “sanitizarnos” el alma a base de prédicas, cadenas de oración, ejercicios de yoga, meditaciones y libros de autoayuda…

Por último las mascarillas de protección, como escudos, como armaduras, como muros de contención antivirales. Como requisito para que te dejen caminar por la calle y entrar a bancos y supermercados. La escasez de las mismas pareciera una leyenda urbana. En Facebook las hay de todo tamaño, de todos colores y en cantidades industriales. Lo bueno es que, al contrario de los preservativos, utilizarlas contra la enfermedad no constituye pecado alguno.

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