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Columnistas

Barba Jacob, el mensajero

opinion

Viaje al centro de los libros.

El poeta modernista de Colombia, Porfirio Barba Jacob, vino a Guatemala huyendo de la combustión del México revolucionario, y se quedó un tiempo en Quetzaltenango, donde cultivó la amistad de nuestro escritor Rafael Arévalo Martínez y Alberto Velásquez. Aquí hizo periodismo, poesía de teatro y salón, así como tomaba notas para su ensayo sobre la filosofía del lujo, sobre los refinamientos de la Edad Antigua, proyecto que nunca concretó. Vino empeñado en lograr fama y gloria, estrenando identidad, porque al pasar el Suchiate borró la de Ricardo Arenales que utilizó en la corte de Porfirio Díaz, y que ya antes había reemplazado al Miguel Ángel Osorio del bautizo.

Su destino era Cuba, pero el puerto de Veracruz estaba controlado por los revolucionarios, así que continuó por tierra, guiado por Carlos Wyld Ospina.Lo primero en lo que se fijó al atravesar el río fue en un zopilote parado sobre una islita en medio del agua, lo que le vaticinó un magro destino en estas tierras.

Impresionó particularmente a Rafael Arévalo Martínez, a quien le confesaba todo tipo de interioridades, como: “Compadézcame.Yo soy un miserable. Mire, mis zapatos están rotos, y mi padre que es avaro, no me dará con qué reponerlos… Mi hijo tiene tres años y aún no le han salido los dientes… Me es imposible escribir”. Cito de la biografía escrita por Fernando Vallejo, Barba Jacob, el mensajero. La amistad fue estrecha, y el impacto tan profundo que después de una pelea que los separó debido a la novela Manuel Aldano que el chapín le había dado a leer sin respuesta, que más adelante estimuló la creación de El hombre que parecía un caballo.

En la biografía explica la génesis del famoso cuento, y no le hace justicia a don Rafael, de quien dice que su vida se agota en su efímero encuentro con Ricardo Arenales. Ni de Guate, como cuando una dama pregunta Poeta, ¿qué es lo que más le gusta de Quetzaltenango?, le contestó señalándole la salida: “Ese caminito para irme a la chingada. Y por dicho camino se marchó hacia Cuba, donde: pude experimentar un sentimiento confortador, nacido precisamente del contraste entre los hábitos libres del pueblo cubano y los hábitos de silenciosa sumisión que acababa de contemplar. Porque yo venía entonces de Guatemala.

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