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Columnistas

La rebelión de los tártaros

opinion

Viaje al centro de los libros.

El genio inglés Thomas De Quincey (1785-1859) publicó pocos libros en vida, pero sus contribuciones en London Magazine y otros medios, lo han convertido con el tiempo en una de las figuras más notables del Reino Unido. Arrogante y vanidoso, reconocía públicamente que sus escritos no aburrían a nadie. Manejó con maestría la frase larga, y tejía todo lo que contaba sometido a una estructura claramente ordenada y medida para generar impacto en los lectores.

Uno de sus textos emblemáticos es la narración de La rebelión de los tártaros, con el subtítulo de La huída del Kan calmuco y de su pueblo desde los territorios rusos hacia las fronteras de China, en donde narra la historia de un pueblo que se traslada por meses a través de los territorios congelados, áridos y peligrosos de Asia, huyendo del dominio de los zares cristianos, para buscar amparo del principal trono pagano de la época, limitado por la Gran Muralla. Así como una multitud de hondureños partieron con sus familias huyendo de la pobreza hacia el imperio del norte, a donde no han logrado llegar, y ya olvidados porque no son más noticia, ocurrió a mediados del siglo XVIII que un pueblo entero optó por huir del dominio ruso, llevando niños, y ganado. Cientos de miles de personas caminaron 4 mil millas huyendo de un ejército que no perdonó su rebeldía. Los calmucos quemaron sus viviendas antes de partir, como Hernán Cortés las naves, para no dejar espacio al retorno, y viajaron en carretas, caminando, a caballo y camello hacia su nuevo destino, perseguidos por un ejército profesional que los masacró, diezmándolos tanto como las inclemencias del clima, frío, hambre y sed.

La historia es brillante, porque plantea como fue manipulado el buen Kan Oubacha por su primo ambicioso Zebek-Dorchi, que intrigaba con la intención de quitarle el reino. La huida recuerda la de Moisés hacia la Tierra Prometida, y duró siete meses. Los sobrevivientes optaron por borrar la memoria o se les detectó locura, la depresión de hoy, por lo vivido. Y como Zebek-Dorchi reanudó su influencia negativa, Kien Long lo invitó a una comida con sus principales secuaces, y a medio convite les cortó la cabeza.

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