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Choque de épocas

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Terrible el accidente de esta semana en Nahualá (departamento de Sololá) cuando, en medio de la noche, un camión de carga apareció de pronto entre las sombras y aplastó a mansalva a no menos de dieciocho personas entre ancianos, mujeres y niños, dejando a otras tantas heridas, todas ellas arremolinadas en la oscuridad tratando de identificar a otra víctima que, paradójicamente, había sido atropellada por un vehículo momentos antes y que yacía a orillas de la carretera.

Uno se pregunta ¿qué pensar, de quién es la culpa? Como en muchas otras tragedias que suceden en nuestro país y a las cuales estamos bastante acostumbrados, pienso que todos tenemos parte de responsabilidad, aunque esta deba repartirse en proporciones desiguales. El hecho nos reenvía a las grandes contradicciones de la realidad social, una de las cuales consiste en que arrastramos -dependiendo del nivel de desarrollo de las regiones, del tipo de actividades que se ejerzan y del grado de educación de los individuos- formas y modos de existencia muy diferentes, es decir, vivimos en contextos yuxtapuestos que corresponden a épocas históricas distintas en el espacio y en el tiempo, y que no se tocan sino raramente, como en esta ocasión trágica, cuando chocaron dos universos absolutamente disímiles: el del racionalismo capitalista del siglo XX, representado por el camión, y el de una población campesina más cercana al modo de vida feudal, con gran ignorancia, al parecer, de los peligros de la circulación motorizada, lo que no les permitió darse cuenta de que se habían colocado en ese momento, con sorprendente ingenuidad, en el punto menos indicado del planeta.

Veamos las cosas desde el lado de la motorización y de la lógica del capital que, sin escrúpulo alguno, contrata a un piloto de dieciocho años carente de la preparación y de la experiencia necesarias para la conducción de ese tipo de vehículos, y que seguramente aceptó el trabajo por urgente necesidad a cambio de un salario menor de lo que habría exigido un piloto con experiencia. La avaricia y la falta de escrúpulos de la empresa que lo contrató tienen una gran parte de responsabilidad en lo sucedido, más que la torpeza del piloto. Quizás con un camión con buenas luces y frenos, y con un piloto profesional, el accidente no habría ocurrido. Por el lado de las víctimas, si alguien hubiera colocado antes del terrible encontronazo señales de alarma (piedras, ramas, conos reflectantes, o luces) para advertir a los automovilistas que se aproximaban a un lugar en el que había que disminuir la velocidad, probablemente este drama habría podido ser evitado. Finalmente, el Estado, que es el gran responsable destinado a garantizar y a supervisar la educación y seguridad global de los ciudadanos, en especial la educación cívica, tanto de los que se mueven entre el siglo XX y XXI, como de los que pernoctan todavía entre el siglo XVI y XIX, debería crear leyes apropiadas y hacerlas aplicar, y normas que permitan construir puentes entre las distintas épocas para superar las contradicciones entre los distintos modos de existencia y sus lógicas de desarrollo a menudo absurdas.

Lo dije ya en un artículo antiguo en el que abordé un problema similar. Entre chapines, sobre todo en zonas desfavorecidas, hay tal carencia de recursos y de actividades creativas y de entretenimientos institucionales, que el único esparcimiento barato que queda, tanto para ancianos como para adultos y niños, es el de ir a contemplar a algún muertico que apareció por allí, para tener así tema de plática, y para de paso sentir quizás ese morboso pero escalofriante placer que produce el privilegio de estar aún con vida, aunque no sea ya por mucho tiempo.

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