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Columnistas

Venezuela y el sesgo de confirmación

opinion

Nunca antes, desde que cultivo el hábito ocioso de informarme del mundo (y sus vaivenes) a través de las noticias, he sentido tanta confusión, tantas dudas y recelos como ahora con las pugnas de poder que tienen en vilo a Venezuela.

Todos lucen demasiado convencidos y seguros de sí mismos a la hora de transmitirnos “la verdad”, su verdad. Eso despierta sospechas. ¿Qué está pasando realmente? ¿A quién creerle? ¿Cómo posicionarse al respecto? ¿Cuál debería ser la ruta a seguir? ¿De qué manera rescatar el activo más importante de todos, que no es el petróleo ni el gas ni el oro ni el coltán, sino el interés del pueblo venezolano y su derecho a la autodeterminación?

Las agendas (políticas, ideológicas, mediáticas, corporativas) propias de cada eje de influencia saturan la opinión pública. Para hacerse escuchar, y en su afán de imponerse, los discursos flotando en el ambiente simplifican la realidad comprimiéndola en un tablero burdo y chato donde todo se reduce a dos bandos en disputa: los buenos (que no son tan buenos) por acá, los malos (que no son tan malos) por allá.

Salvo honrosas excepciones, los medios otrora informativos hacen piñata con los hechos peleándose los favs y los likes de sus seguidores, a quienes abordan ya no como seres humanos dotados de conciencia, raciocinio y voluntad sino como meros consumidores dúctiles y acríticos. El periodismo, industria corrompida y desfalleciente, dejó de brindar un servicio a la ciudadanía y desde hace un buen tiempo se dedica nomás a vender su producto en el mercado.

Así, al instrumentalizar ese producto por la vía de la manipulación deliberada, contribuyen a exacerbar aún más los ánimos ya de por sí caldeados, descalifican de tajo las narrativas ajenas y sabotean cualquier posibilidad de entendimiento entre las partes. Todo lo contrario a lo que, se supone, es (o era) su función originaria.

¿O acaso no perciben ustedes, como lo percibo yo, una competencia irresponsable y absurda donde lo que menos importa es despejar la escena limpiándola de rumores y suposiciones? En detrimento mío y suyo, estimado lector, estimada lectora, la evidencia constatada es hoy un factor irrelevante. Dar con el fondo de las cosas pasó a ser algo discrecional y optativo.

La guerra se libra no sólo en las calles de Caracas ni en la frontera con Colombia, sino también en la mente del público espectador y en la sensibilidad de muchedumbres que tienden a tragarse el caramelo más agradable a su paladar. Es ahí, en los cerebros y corazones, donde –pongo por caso– avanzan o retroceden o sucumben las versiones sobre qué país abusa más, qué sistema político engendra más impunidad, qué modelo económico empobrece a más gente, qué ideología limita más libertades, qué gobernante reprime a más disidentes, quién es más tirano, quién es más hipócrita.

Para mayor infortunio, al común de los mortales ya ni siquiera le preocupa aclararse las cosas y, en cambio, cede al morbo felizmente, salivando, frotándose las manos, subsumido en una de tantas burbujas de afinidad que generan los algoritmos de las redes sociales, privándose (aunque no lo sepa) el acceso a formas alternativas de pensar, y prestándose con ello al delicado juego de reproducir únicamente perspectivas similares o idénticas a la suya, en un estéril e infinito bucle autorreferencial.

Un fenómeno conocido como sesgo de confirmación.

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